Frank Castle le regresó la seriedad, el glamour y la realidad a las decadentes series de Marvel y Netflix.

En un momento, perdí la fe por las series de Marvel. No me malentiendan, Daredevil fue excelente en la primera temporada y bastante buena en la segunda; Jessica Jones fue una de las más gratas sorpresas de ese año como justo homenaje al trabajo en papel de Brian Bendis; y Luke Cage fue un hermoso regreso de tintes amarillentos a la violencia social del blaxploitation en los años setenta.

Pero, a partir de eso, todo se fue al caño.

De entrada, Iron Fist fue la cosa más insulsa, estúpida y carente de intriga que haya hecho Netflix. Sí, no nada más es mala serie en el reino de los superhéroes, es mala en todas las dimensiones. Y luego The Defenders no pudo separarse, en mi opinión, de la misma decadencia chaqueta de las persecuciones a La Mano y los lloriqueos de Danny Rand. Con esas dos series perdí toda la esperanza y me dio una profunda hueva volver a pensar en esta parte decadente del Universo Cinemático de Marvel.

Por suerte, mis prejuicios no ganaron y me puse a ver The Punisher… ¿Y qué les puedo decir? Netflix lo hizo de nuevo. Con esta serie descubrí que Marvel sigue pataleando en televisión y que, más allá de gustos y referencias, The Punisher es una gran serie que regresa el mundo fantástico de los cómics a la opresiva realidad que nos rodea.

El regreso de Frank Castle

La historia de esta primera temporada empieza después de los eventos que vimos en Daredevil 2: el mundo cree que The Punisher está muerto, Karen Page ya trabaja en el periódico y el crimen en Nueva York sigue rampante como siempre.

Encontramos rápidamente a Frank Castle cazando a los últimos supervivientes de las mafias que participaron en la muerte de su familia. Y, como ya suponen, a los que encuentra en el primer capítulo no les va nada bien.

Esto pone a la serie en una posición extraña: el primer capítulo es también el final de la historia de The Punisherporque nos muestra a Frank Castle después de la venganza tratando de ventilar la frustración en trabajos idiotas de demolición.

Aquí no se trata de una historia de origen sobre la persona de Frank Castle sino sobre la emancipación de The Punisher como símbolo.

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Por supuesto, en un momento de absoluto estupor, algo ocurre que acaba sacando a Frank de su anonimato bohemio. Se trata de Micro, el tan famoso sidekick de los cómics que aparece aquí como un exanalista de seguridad de la NSA que filtró información y que, en su exilio, quiere chantajear a Frank Castle para que sirva sus designios.

La trama es original porque es una historia de formación absolutamente nueva, a pesar de que ya conocemos la historia de Punisher. Sabemos quién es Frank Castle en este universo, sabemos lo que le pasó a su familia, sabemos sus designios y conocemos sus métodos. Pero aquí no se trata de una historia de origen sobre la persona de Frank Castle sino sobre la emancipación de The Punisher como símbolo.

Toda la primera temporada de la serie sirve entonces como un catalizador para que Punisher crezca más allá de Frank Castle. Ya no se trata de una venganza personal, ni del asesinato de su familia, ni de su vida sino de la protección del indefenso frente al abusador, de la justicia a balazos, de lo correcto por la sangre. Ésta es la historia del nacimiento de The Punisher, no como un personaje, sino como vocación.

El gran acierto de esta temporada es emular lo que sucedió en el primer número de la serie individual de The Punisher allá en el lejano 1986. En el cómic, después de madrearse a todo mundo y lograr escapar de la cárcel, Castle firma un acuerdo con un político para poder hacer el trabajo sucio que las instituciones no pueden hacer.

Toda la primera temporada de la serie sirve entonces como un catalizador para que Punisher crezca más allá de Frank Castle.

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De la misma forma, al final de esta temporada, Castle muere como persona –incluso legalmente– y nace el vigilante tolerado por las autoridades, el vengador que está encima de la ley por capricho de la ley misma.

Junto con la introducción de un fenomenal Micro y un villano clásico como Jigsaw –con todo y la hermosa historia de origen con desfiguración grotesca–, The Punisher toma elementos clave de los primeros cómics individuales del personaje para darle un nuevo origen. Este origen actualiza al antihéroe en un marco histórico que lo vuelve contemporáneo: Afganistán en vez de Vietnam, espías en vez de ñoños informáticos inseguros por su peso, soldados traumados en vez de villanos acartonados.

Al actualizar al personaje en este nuevo origen, The Punisher no nada más logra la mejor versión que se ha hecho de los cómics epónimos en pantalla sino que toca fibras políticas sensibles. Esta serie habla de la actualidad estadounidense con una violencia descarnada y una ambición desmedida.

Nuevo Micro, nuevo Punisher

En los cómics de Punisher, el rol de Microchip siempre fue el del tipo en la silla: era una contraparte inteligente a la brutalidad física de Frank Castle; el genio detrás de la bestia; el que colabora con coches, armas y gadgets porque no puede hacer nada más. En cierto sentido, Micro correspondía a un estereotipo clásico del nerd: físicamente acomplejado, amargado, ácido, inteligente, aislado y socialmente torpe.

Para hacer una nueva versión de este personaje era necesario modificar, completamente, un acercamiento al estereotipo del geek que ha cambiado tanto desde los años ochenta. No se podía apelar a la misma imagen del ñoño ahora que lo geek ha conquistado la cultura pop. El nuevo nerd convertido en héroe polémico es, más bien, el que se forjó en la imagen de Edward Snowden, Julian Assange, Aaron Swartz y de Chelsea Manning.

Estas figuras no son exactamente impecables y muestran un nuevo lado del geek en el analista de datos en cuestiones de seguridad. Por eso, en esta serie, Micro es un whistleblower que sacrifica su vida familiar para poder balconear los secretos de un gobierno corrupto en una guerra totalmente imbécil como la de Afganistán.

La relación de Micro con Castle nace así de un vínculo de guerra: el analista de datos y el soldado son dos caras de una misma fuerza. Obviamente, esta relación de guerra sólo es posible actualmente: en Vietnam no había drones ni ese nivel de inteligencia cibernética. Pero la guerra de Vietnam es una contraparte histórica exacta a la guerra en Afganistán.

La violencia de Caste muestra que el Punisher es un síntoma y no el origen del mal.

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Esta guerra en Medio Oriente es la guerra más larga y más costosa en la historia moderna de Estados Unidos; una guerra que nació como catarsis al 11 de septiembre y que terminó causando más traumas que alivios en la psique estadounidense.

De entrada, esta guerra ha cambiado las lealtades de un pueblo profundamente patriótico en la imagen de los whistleblowers como Snowden y Manning. Y estas lealtades se ven todos los días afectadas, además, por la continua amenaza del terrorismo, por el aumento de los atentados domésticos y por el abandono de los veteranos de guerra.

Partiendo de Castle y Micro y sin temer ninguna repercusión, esta serie se sume entonces en los problemas más sensibles de un país que no deja de estar en guerra. Y lo hace en un momento álgido de polémica por el uso público y el control de armas (de hecho, el estreno de The Punisher se retrasó después del tiroteo de Las Vegas que fue el más violento en la historia moderna de Estados Unidos).

La vida americana alimentada de sangre

Con todo lo que dijimos antes, ¿cómo puede una serie de superhéroes hacer un retrato crítico de la cultura que le dio vida? De entrada, lo que hace The Punisher es no esconder la violencia. A diferencia de Iron Fist y The Defenders –en donde la violencia es, más bien, simbólica–, aquí vemos a mucha gente morir… mucha.

Los muertos de esta serie no son, sin embargo, “minions” inocuos como los de La Mano. Aquí vemos a un soldado matando a otros soldados con la tragedia fatal de la guerra: ninguno es superior a otro, todos son los mismos razos, todos portan las mismas botas y sólo sobrevive el más violento de la jungla.

Así, lo que muestra la violencia de la serie es la idea de que la guerra se desborda siempre de su cauce. Los soldados no pueden dejar su entrenamiento en el terreno de combate: viene con ellos a sus hogares, a sus parques, a sus restaurantes. La violencia de Caste muestra que el Punisher es un síntoma y no el origen del mal: en esta jungla el león es Frank Castle y nada puede parar su sendero de muerte. Punisher no nace de una elección moral sino de la imposibilidad de parar las ansias asesinas de un soldado.

Jigsaw, a diferencia del cómic, aparece como un exmarine que se pierde en la frivolidad de su propia belleza.

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Por eso, Frank, como tantos otros personajes de la serie, es un soldado que se enfrenta al terrible silencio de regresar a casa. Cada soldado que aparece en la serie sobrelleva de manera distinta los rezagos de la guerra (Curtis ayuda a otros, Jigsaw se pierde en la frivolidad, Frank deja un rastro macabro de sangre y Lewis se convierte en terrorista) pero ninguno de ellos puede superar completamente la pérdida.

De una forma u otra, todos los marines que salen aquí perdieron mucho más que miembros o amigos: hay un vacío en ellos que solo puede rellenar alguna persecución obsesiva. Algunas de estas obsesiones son benévolas, otras son justas y otras son, finalmente, perversas. Es el caso de Lewis que resulta doblemente interesante: éste es un conservador blanco que se inmola con el modus operandi de un terrorista islámico.

El personaje de Lewis representa perfectamente la era de Trump: una era de desconfianza en donde el miedo a la superioridad académica de los liberales ha creado caminos alternativos de verdad en la derecha. Lewis cree que debe defender a su país contra las mentiras, cree que existe una verdad detrás de las cosas, cree que la guerra no acaba en el extranjero y debe pelearse en el interior.

La guerra de Lewis y la guerra de Karen Page se convierte entonces, por motivos distintos, en la misma guerra.

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Aquí la imagen de la amenaza no está en el invasor extranjero sino en los efectos perversos de una guerra inventada por generales detrás de un escritorio. Aquí la autoridad puede ser perversa pero es, sobretodo, sistemáticamente incompetente: creó una guerra que no puede sostener y de la que no quiere saber las tramas ocultas. La autoridad soporta las peores vejaciones ciegamente para declararse ignorante.

La guerra de Castle, como la guerra de Lewis y la guerra de Karen Page se convierten entonces, por motivos distintos, en guerras mediáticas. Al mostrar la incompetencia de las instituciones, la autoridad ya no pueden negar su complicidad tácita. Con el sendero de violencia de Castle, el terrorismo de Lewis y el periodismo investigativo de Page se muestra el reverso horrendo de una guerra que nadie quiere ver: la libertad americana vive derramando sangre.

Un sistema podrido

Al final de la serie, cuando termina la venganza de Castle y empieza a surgir la figura de Punisher, el sistema no se repara sino que se purga para empezar de nuevo. Al gran villano clásico de Punisher, el perverso William Rawlins, se le pinta aquí como un patriota al que perdonan las autoridades. Si Castle no lo mata (de la manera más violenta posible), Rawlins hubiera podido salir ileso y sin prisión de sus atrocidades.

Rawlins utilizó todos los medios de un aparataje gubernamental complejo para salirse de la ética y cumplir el propósito máximo de los militares americanos: salvaguardar el estilo de vida de su país frente a una amenaza real o imaginaria. El extremo al que llega (vender heroína para pagar las cuentas de su persecución a terroristas) es interesante y contradictorio ahora que la heroína es el máximo problema de salud de Estados Unidos y que se refleja en el comercio de La Mano en las otras series de Marvel para Netflix.

El perverso William Rawlins, se pinta aquí como un patriota al que perdonan las autoridades.

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Pero, más allá de esta ironía, los medios que utiliza Rawlins están disponibles para muchos otros con consecuencias terribles. Porque William nunca deja de ser un patriota: es un hombre que está dispuesto a violentar los principios mismos del estado para defender la estructura de ese estado. Un principio contradictorio pero que representa un extremo profundo del pensamiento americano: curiosamente, los más radicales americanos piensan, como Stalin, que no se pueden hacer omelettes sin romper huevos.

Como una contraparte a los métodos de Rawlins, podemos ver la imagen compleja de Micro. Éste es un hombre que se sacrifica para salvar a su familia, de acuerdo, pero que los observa con cámaras, que los vigila como un padre amoroso para protegerlos a distancia. Algo que parece tierno, en un primer momento, tiene la ironía del whistleblower que vigila sin el consentimiento de los vigilados. Micro hace los mismos errores que el estado paternal que vigila a sus hijos para protegerlos, que les quita privacidad para asegurar su supervivencia, que puede violentar sus derechos para salvaguardar sus privilegios.

Al observar esto, no podemos más que maravillarnos por el gesto ambicioso de una serie que no da un elemento sin contrastarlo con su contrario. La serie funciona como su propio abogado del diablo para mostrarnos que las discusiones de control de armas –incluso entre liberales– son complejas, que las discusiones sobre los beneficios de una guerra son interminables y que la vigilancia estatal es también un impulso humano.

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The Punisher regresó la realidad a los cómics, es el regreso a la tierra, a los hombres, a lo que duele, sangra y llora de las entrañas desgarradas del pueblo estadounidense.

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Con toda su crueldad violenta, esta serie regresa el género de los superhéroes a lo terrenal para mostrarnos la humanidad de estas perversiones culturales. The Punisher regresó la realidad a los cómics, es el regreso a la tierra, a los hombres, a lo que duele, sangra y llora de las entrañas desgarradas del pueblo estadounidense: Frank Castle es el nuevo mártir del contradictorio sueño americano.

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