Ya pasó una semana desde el estreno de la primera alianza entre Marvel y Netflix con Daredevil, y ya no pudimos aguantar más para dar algunas opiniones sobre la primera temporada. De todas formas, para quienes no hayan acabado de ver los 13 episodios, trataremos de comentar todo esto sin echar spoilers, platicando más en lo general con sólo alguna que otra particularidad clavada.

Podemos decir, desde el principio, que este programa ha sido una verdadera revelación en el tratamiento de un superhéroe televisivo, (y más allá: en el tratamiento de un superhéroe entre la pantalla grande y chica). Porque Netflix permitió salirse de los cauces habituales de la película familiar en los que tiene (razones comerciales) que cernir Marvel su universo de superhéroes. No será, en efecto, hasta la llegada de Deadpool que tendremos verdaderamente una película con violencia gráfica real en pantalla grande.

¿Y qué hay del otro lado? Ninguno de los programas de DC, a pesar de tener varios aciertos (sobre todo en Flash), llega a este nivel de complejidad de personajes con realismo crudo y violencia explícita: Arrow ha ido decayendo considerablemente y la moralidad dudosa de Oliver Queen no se compara, en realidad, a los extremos a los que llegan aquí las golpizas de Matt Murdock.

Nos hicieron creer en el diablo

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En esta serie, Murdock no teme infligir una cantidad considerable de daño a sus enemigos: tortura, tira a personas de edificios, noquea a villanos hasta sacarles con la pulpa algún coma durable, y rompe narices como si fueran galletas de la suerte. Toda esta violencia queda bien enmarcada en la construcción de su personaje y es una violencia coreográfica que no llega a ser caricaturesca. Como ya había apuntado, después de los increíbles primeros tres episodios, aquí los golpes se pausan con descansos, dolores reales e imposibilidades de movimiento, aquí cada golpe se siente tanto en los nudillos del héroe como en la cara de los villanos… y viceversa. Así que la libertad que se tomó Netflix para usar violencia gráfica sin tapujos sirve para construir la fragilidad de un superhéroe que, antes de la armadura provista por un futuro Gladiator (¿qué tan tremendo suena la promesa fallida a Melvin Potter para un villano posterior?), acaba apuñalado, fracturado y golpeado innumerables veces. Lo que lo hace heroico no es que no tenga miedo sino que lo vence; lo que lo hace imbatible no es que no sienta los golpes sino que, sangrando y roto, siempre se levanta.

Porque Murdock no deja de ser el abogado católico de Hell’s Kitchen con un profundo trauma infantil de cariño y un orgullo de boxeador experimentado en la derrota. En ningún momento se permite cruzar la línea del asesinato (aunque claro, por momentos esta línea se vuelve borrosa), siempre quiere encausar sus victorias a través del sistema legal –con la necesaria complicidad de su bufete de abogados y de algún amigo honesto en la policía y los periódicos–, y no deja de arrepentirse, en buena culpa mocha, por todo lo que emprende con su cruzada solitaria de justicia.

Y el personaje queda espléndidamente retratado por Charlie Cox. Se siente su amor por el barrio, su arraigo cariñoso frente a los poquísimos amigos que mantiene y, en especial, a través de sentidos y bastante bien logrados flashbacks, con Foggy Nelson. Se entiende también su pendiente religiosa en la formación que tuvo con las monjas –que aparecen poco pero dan a entender su inclinación espiritual. Se entiende su soledad, su arraigo, su lucha constante por parecer más débil de lo que es y encontrarse menos fuerte de lo que se quiere.

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El personaje de Matt Murdock es espléndidamente retratado por Charlie Cox

Y también aparece Murdock en toda su galantería. No nada más es necesariamente rostro el actor que lo interpreta, sino que sabe muy bien jugar el rol de seductor que tanto le envidia su compañero y que causa estragos de culpa y compasión en bellas mujeres que le revelan, desprevenidas, el pulso, la temperatura corporal y las intenciones ocultas. Pero en este aspecto la serie tuvo la suficiente cordura para no involucrar inmediatamente el triángulo amoroso con Karen Page y Foggy, ni tampoco engatusarlo de inmediato con una Claire Temple que, sin dejar de lado la amistad con el demonio, podrá tener una inclinación posterior por un futuro Luke Cage. Y otras pistas también quedan en suspenso: por ahí tenemos la mención furtiva de un amor universitario con una estudiante de intercambio griega que nos indica la historia de Elektra; la de Miller, más bien, y no la cosa horrible de la película dosmilera en donde se conocen en una pelea sensual en un jardín de niños (¡¿?!).

La capacidad de encariñarse, sentir decepción, culpa, de arrepentirse y entregarse es parte de lo que pavimenta en Daredevil una de las grandes virtudes de la serie: la fragilidad de su héroe. Porque este personaje en formación se encarna aquí como ser humano de resistencia inaudita para los golpes. (Se entiende muy bien su comprensión del boxeo: para darlos hay que saber recibirlos). La historia de Murdock toma, por supuesto, el trasfondo necesario en el amor de su padre y la última batalla en que vence a sus fantasmas y es vencido por la realidad criminal. Pero también aparece ahí un Stick increíblemente interpretado por Scott Glenn que toma mucho del cómic de Miller y que señala, justamente, el crecimiento de un héroe que tiene grandes, enormes, capacidades pero que no posee, en sentido estricto, superpoderes. El entrenamiento de Stick queda bien señalado como parte de lo que hace a Daredevil único: es sólo un hombre dotado e increíblemente disciplinado para agudizar sus sentidos. Y es esta comprensión de las artes marciales la que lo salva por completo porque es aquí en donde entiende que la vista siempre fue un estorbo; es aquí en donde aprende que la puntería está en su mente y no en su retina; es aquí en dónde empieza a ver un mundo en llamas.

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Stick y Stone en uno de los guiños que la serie le da a los fans

Pero la ausencia de Stick también le da libertad a Murdock. Para quién se clavó en los detalles, ahí se apunta bien a la presencia probable de Stone –que nada más aparece como una espalda llena de cicatrices– y al clan de guerreros de Stick (The Chaste) al que no pertenece, buena independencia ganada, Murdock. Y en esta cercanía con la creación de Miller y Romita se entrevé la posibilidad de un buen agarrón de guerreros ninjas y la presencia continua de este increíble personaje que parece un Splinter sin nada de lo paternal, sin nada de lo cariñoso.

En este sentido, entendemos también el acercamiento religioso al personaje dentro de la falta de consuelo paterno: sin un Jack que murió idealizado y un Stick que lo abandona decepcionado, queda Dios para escucharlo… o al menos alguno de sus intermediarios. Es por eso que las conversaciones morales que mantiene con el cura de barrio son uno de los elementos más interesantes en la construcción del vigilante: es aquí en dónde se proyectan sus dudas morales, es en discusiones medio teológicas en donde se saca la verdadera pulpa de una guía paterna de comportamiento. Y claro, es también ahí en donde se llega a conclusiones interesantes: preguntarse si existe el diablo es necesariamente preguntarse si Dios no lo creó para cumplir con sus designios. La moral evidente y maniquea del catecismo básico se destruye en las palabras de un cura más sabio y vivido que el usual sermoneador unilateral. Y así nace un héroe en el nicho de su fragilidad, así nosotros podemos creer, plenamente y con goce, en la existencia del diablo.

Un héroe sólo puede ser tan bueno como su némesis

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Ahí quedan todas las alabanzas al personaje de Daredevil en esta serie que logró capturar por completo su alma y que no desperdició en nada sus dotes y su fragilidad. Pero un héroe no puede sostenerse solo y aquí intervienen también los papeles secundarios increíblemente bien escogidos. Desde Urich, que es importantísimo en el cómic y que aquí queda impecablemente retratado, hasta Foggy y Page que son simplemente exactos. Y luego están todos esos pequeños detalles maravillosos en los villanos secundarios: las narices rotas de Turk, la presencia nefasta de Leland Owsley (aunque nunca llega a ser la lechuza de los cómics sesenteros), las alusiones al clan ninja The Hand (al que pudo muy bien pertenecer Nobu) y por último, pero no de menos, la increíble pista dejada en la mochila del francotirador que aparece en el episodio 6 (sí, si se fijan con detenimiento, ahí está un as de espadas bien colocadito que nos indica la posible aparición futura de un Bullseye mucho más interesante que la horrible interpretación que hizo del personaje Colin Farrell).

Pero ninguno de estos personajes llegó a tal caracterización como el cariñoso cuidado que tuvieron en el retrato de Wilson Fisk. Y aquí se polarizó completamente la audiencia. Muchos pensaron que la interpretación de Vincent D’Onofrio fue demasiado frágil para un enorme personaje que no tomaba órdenes de nadie y que aplastaba cráneos con más frecuencia. Pero yo defiendo en un punto sensible esta representación: paciencia digo, éste es nada más el principio. Se trata, en efecto, de una historia de trasfondo, de llegar a conocer todos los traumas de Fisk y por algo, justamente, nunca lo llaman Kingpin en esta primera temporada. Y eso es, simplemente, porque todavía no nace el Kingpin. Si recuerdan, cuando Frank Miller tomó el relevo de los cómics, Fisk anda retirado del crimen en su amor reparador con Vanessa y es sólo en su regreso a las grandes ligas después de creerla muerta que se ejerce su completa venganza y que se apodera, unilateralmente, de todo el crimen en la ciudad de Nueva York. Por eso creo que aquí dejaron todavía a un Fisk muy pero muy frágil y sensible, que acepta órdenes e insubordinaciones, que todavía no domina perfectamente todos los ases que trae guardados en su gruesa manga. Como dijo alguien por ahí, un rey es antes un hombre lleno de miseria.

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En este inicio de la serie Wilson Fisk todavía no es Kingpin

La fragilidad en la interpretación de D’Onofrio, que muestra toda la incomodidad social del trauma infantil, la violencia reprimida, la falta de cariño y la frustración mal controlada, puede ser sólo un paso en la creación del Kingpin futuro que se mostrará, tal vez más cercano a los cómics, como un villano mucho más difícil de vencer. En todo caso, las referencias desde el tercer episodio a la pared blanca, conjugadas en la obra que compra en la galería y con el final de la temporada (que no comento con más detalle) es un asunto bastante interesante. Como las manchas de Rorscharch, cada quien ve sus fantasmas en el lienzo blanco de un pared, o de una obra de arte contemporáneo, o de una prisión… Y lo que vemos de los traumas reflejados de Fisk sirve para construir un personaje mucho más complejo de lo que nadie esperaba: en el lienzo blanco vemos violencias pasadas, amores presentes y venganzas futuras. Con esto, creo que todavía nos queda mucho Kingpin que ver y que toda la fragilidad mostrada por el personaje tendrá sus recompensas en futuras apariciones.

Realismo lleno, corazón contento

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Finalmente, la tensión entre Fisk y Murdock se convierte también, a lo largo de la serie en un increíble desarrollo de realismo detectivesco. Todo aquí se perfila a través de los callejones oscuros de la mafia y de la corrupción, frente a la impotencia de la ley y la necesidad de los vigilantes en un Hell’s Kitchen real, lleno de pobreza, injusticia social y maltrato a migrantes –desde la señora guatemalteca hasta los tremendos mafiosos rusos pasando por alguno que otro chino cegado. Todo esto dotó a la serie de oscuridad y realismo sin dejar de relacionarla con todo el universo cinemático de Marvel. Ahí está la destrucción de Nueva York de la primera película de los Avengers, ahí están las consecuencias reales, a nivel de la gente, de todo lo que los superhéroes cósmicos hacen por salvar al mundo, ahí está finalmente, el universo pequeño de personas normales que habitan en un mundo extraordinario.

Este acercamiento nos muestra cómo un viejo cómic se puedo apropiar, con toda originalidad, de un personaje cercano en concepción a Batman: como amante de su ciudad, ciudadano normal con algún detalle excepcional –extrasensibilidad en uno, millones en el banco para el otro-, que buscan una venganza personal en los callejones oscuros de sus respectivas metrópolis. Y esta adaptación realista del personaje, que toma también el relevo de la representación que hizo Nolan de Batman en cuanto el apego a la realidad, es un tremendo acierto. Por eso podemos decir que Daredevil  nos dejó completamente enganchados, creó un nuevo microuniverso dentro del amplio universo Marvel, infundió vida a un personaje tan querido como maltratado y aseguró un nuevo nicho para el gusto geek en la televisión.

Todo esto se enmarca en una renovación contemporánea del personaje: las discusiones aquí incluyen telefonía celular, la posibilidad de blogs y la dispersión ociosa del periodismo en línea. Y con este detalle, como con muchos otros, esta serie, quiere alcanzar además a un público amplio y no solamente aventarle bolillos a los encarnizados fanáticos. El programa es inteligente en diálogo, realización y concepción: no necesitas haber seguido los cómics, haber sufrido con la primera adaptación del personaje, o haber querido encontrar todas las pistas ñoñas para disfrutar de esta adaptación. Esta trama pensada para trece horas despliega toda la paciencia de construir personajes, fijar historias y agradar al público fanático, pero también encuentra una independencia bien ganada por méritos propios. Y todos pueden gozar de este acierto.

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La trama pensada despliega toda la paciencia de construir personajes, fijar historias y agradar al público fanático

Algo nos dejó en claro el escape de la poderosa dama china (uno de los villanos secundarios mejor interpretados) a algún “lugar muy lejano”; algo que también nos señalan los dibujos en los paquetes de heroína que distribuía: la relación futura de la serie se tiende hacia Iron Fist y su terrible enemigo Davos en K’un L’un. (Y ya estamos impacientes por ver qué nos dará todo esto y que nos dará otra esperada temporada del demonio escarlata antes de The Defenders en 2017). Pero, fuera del desarrollo interno de este mundo que promete mucho, esperemos también que otros medios tomen la pauta de lo que está logrando Netflix y diversifiquen sus intereses para seguir produciendo televisión de tan alta calidad.

Cuando una producción se toma tan en serio sus propios medios, el material de base se convierte en un principio a reinterpretarse, a reencontrarse en todo su esplendor para expresar, como nuevo, un viejo cuento de aventuras caballerescas por la noche oscura de los sentidos. La televisión se ha mudado a otras latitudes. Las series pueden ahora ampliar sus alcances y representar más misterios con mayor sutileza. Y así nos quedamos: sorprendidos y agradecidos; con el olor vivo de la peste de los callejones, el sabor a sangre en la boca y el viento fétido acariciándonos el rostro, acabamos de ver esta serie con los ojos llenos… y el corazón contento.

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