Este hombre es el mejor ejemplo del dicho: afortunado en el (video)juego y desafortunado en el amor.

Chris Kooluris, el vicepresidente de una firma global de relaciones públicas de 37 años, había decidido que era tiempo de madurar y dar el siguiente paso con su novia de varios años, por lo que puso a la venta su departamento de soltero y se mudó a vivir con ella. Mientras se acostumbraba a su nueva vida en pareja,  el hombre se encontró con una novela que le abrió los ojos: Ready Player One. 

“El libro me impactó, despertó algo en mí que creía olvidado y empecé a pensar que no podía creer que no estuviera rodeado de todos esos juegos con las que crecí y ame”, declaró Kooluris.

La novela, un canto de amor a los viejos videojuegos de los ochenta, le revivió el interés que tanto lo divirtió durante su infancia. Por ello comenzó a comprar toda la memorabilia que encontraba sobre el tema. Poco a poco este hobby se convirtió en una obsesión, por lo que en un arrebato decidió olvidar su idea de vender el departamento para comenzar a recrear en ese lugar el que fuera su sueño de la infancia: tener su propia sala de arcade.

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Invirtiendo cerca de 26,000 dólares, consiguió comprar y restaurar maquinitas de Pac-Man, Donkey Kong, Tron, Teenage Mutant Ninja Turtles, Punch-Out, Street Fighter II, y varias más. Pronto su viejo departamento se convirtió en un centro de reunión, con lo que se volvió sumamente popular entre sus amigos chavorrucos.

Pero, siempre hay un pero, su novia estaba furiosa con el poco tiempo que le dedicaba a su nuevo pasatiempo, por lo que en un arrebato lo obligó a decidir entre deshacerse de sus juegos o mantener la relación.  Ese fue el game over de su noviazgo.

Ya sin la presión de su novia volvió aún más geek su departamento, comprando las figuras de acción originales de los Transformers y un sofá-cama con un juego de sabanas de las Tortugas Ninja. Además las fiestas y reuniones con sus amigos se volvieron más habituales.

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Actualmente, Kooluris es percibido por sus amigos como uno de los seres más felices que conocen, pero él por su parte afirma que extraña a su novia:

“Ahora que mi novia y yo ya no estamos juntos, es difícil disfrutar de mi sala de Arcade tanto como me gustaría. Siempre termino pensando en ella.”

El caso de Kooluris contrasta con el de Michael Thommason, quien tenía la colección de videojuegos más grande del mundo, pero que decidió ponerla a la venta para brindarle una mejor calidad de vida a su familia.

fuente The New York Daily News

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