The Lost Boys celebra su 30 aniversario

En 1987 Joel Schumacher estrenó The Lost Boys, dándole un oscuro giro a la historia de Peter Pan.

Una de las figuras del imaginario colectivo más enigmáticas y que, al mismo tiempo, causa atracción y repulsión es la del vampiro. Ser construido de apetencias, escatología e inmortalidad, un símbolo como el del amante de la noche, existen pocos.  Incluso más allá de figuras como la de la bruja o el hombre lobo, el vampiro se erige como rey, entre el universo de los monstruos.

¿Por qué? Tal vez porque sus características son las que más han evolucionado acordes a las transformaciones de la historia de la humanidad.  Desde la diosa de la guerra Sekhmet (o Sejmet) –figura dual que otorgaba la curación, pero también bebía la sangre (metáfora de la vida) de los hombres–, pasando por el terrible brucolaco rumano, hasta la lamentable figura de vampiros en la cultura popular como trasunto de ideologías mormonas que no beben sangre, brillan en la luz del sol y al parecer su constitución interior física es la de personas echas de unicel.

A 30 años de The Lost Boys: Drogas, desenfreno y Peter Pan
lustración de D. H. Friston de la primera publicación de Carmilla en la revista The Dark Blue en 1872.

Pero, desde luego, todas las interpretaciones del vampiro –como personaje de la cultura pop– han venido nutriéndose unas a otras. Sobre todo, el cine y la literatura tienen una deuda gigantesca con los bebedores de sangre. La Carmilla de Le Fanu, El Nosferatu de F. W. Murnau, el Drácula de Bela Lugosi, Christopher Lee o Gary Oldman; Miriam Blaylock y John Blaylock; El Lestat de Anne Rice; Blade y Morbius y la tierna y letal Eli de Let the Right One In, son sólo algunas de las representaciones más contundentes del vampiro. Pero para poder llegar al perfeccionado terror infantil que representa Eli en Let the Right One In tuvo que existir otro tipo de vampiros que vio nacer sus colmillos en el cine comercial de los ochentas.

Los degenerados vampiros de los 80

Los sueños de cambio, contracultura, revolución socialista y amor y paz, se venían desmoronando frente a las tensiones en aumento de la Guerra Fría, el terrorismo muestra su rostro más claro cuando Estados Unidos bombardea Libia; Ronald Reagan comienza implementar las medidas económicas del libre mercado (base del neoliberalismo), la hambruna se intensifica en África. Frente a este panorama la vida cultural permea el estilo de vida de jóvenes de todos los estratos sociales. La televisión y el cine hacen su trabajo al dedillo para promocionar una imagen de rebeldía que casa perfectamente con el desazón cyberpunk de la década. Además, nace la cultura de los videojuegos y el cómic vive su transición a la madurez, aunado a la proliferación de historietas independientes. Y, los sintetizadores poblaron la música.

Fue en este ambiente donde se gestó el cine de vampiros que, años más tarde –en los noventa– algunos vimos sentados frente al televisor sábados y domingos enteros.

En la década de los ochenta, en medio de grandes hombreras y el amor a las drogas químicas como la heroína y la cocaína, Tobe Hooper, John Carpenter, Wes Craven y Sean S. Cunningham se erigieron como los maestros del terror en el cine y abrieron la puerta a productos que pronto llegarían a convertirse en rentables franquicias del género, sobre todo para adolescentes.

Jerry Dandrige, el vampiro de Fright Night
Jerry Dandrige, el vampiro de Fright Night.

Películas como Fright Night (conocida en México con el hermoso nombre de La Hora del Espanto), parodian a los viejos vampiros hacinados en sus ataúdes, en medio de castillos lúgubres, y nos muestran en cambio a un tipo de vampiro al que le gusta mostrarse y vive en los suburbios. A partir de aquí –y en la mayoría de las películas de vampiros para adolescentes– los elementos más representativos de la cultura de la época son los que mostrarán a los cazavampiros cómo acabar con los Nosferatu: me refiero, en concreto, al mismo cine y a los cómics.

Podríamos pensar, junto con el artículo El vampirismo como metáfora de la adicción en el cine de los ochenta (1987-1995), que este tipo de corrientes cinematográficas “enriquecen la filmografía del terror con nuevas perspectivas a partir de la confluencia del cine de pandillas (el terror por la subversión), el de psicópatas y los mitos clásicos del monstruo o del vampiro”. Por eso, los vampiros tenían que abandonar los países extraños e instalarse en suburbios, para dar pie a un sinfín de asociaciones, y construcciones acordes a una época donde todo parecía más real y latente. Por eso, los vampiros de aquellos años dejaron de justificar su sed de sangre como la única forma en la que podían mantenerse con vida para convertirla en una metáfora del desenfreno, la degeneración y la adicción a las drogas. Los nosferatu eran al mismo tiempo la figura de todo lo malo, pero también la representación irrefrenable del deseo y de una forma de escapar a la realidad.

Los niños perdidos de Peter Pan

Kiefer Sutherland en la película de The Lost Boys.

Joel Schumacher, quien venía de dirigir The Incredible Shrinking Woman (1981), D.C. Cab (1983) y St. Elmo’s Fire (1985), decidió incursionar en 1987 en el género de vampiros y, aprovechando el éxito de la reinvención de los personajes, decidió implementar su sentido de la comedia para incursionar en el terror firmando un contrato para dirigir una película que hoy es de culto. Así, junto a los productores Mark Damon y Harvey Bernhard, Schumacher llevó a la pantalla grande The Lost Boys. Y antes de que Interview with the Vampire reuniera a lo más trending del momento (Pitt, Cruise, Banderas, Slater), esta película lo hizo con casi todos nuestros héroes juveniles de aquellos años en una misma cinta, empezando por la presencia de “Los dos Coreys”.

Esa fue la primera vez que vimos a Corey Haim hacer mancuerna con Corey Feldman, pero además en el elenco también estaban Jason Patric y un joven Kiefer Sutherland. Lo más interesante es que, bajo la idea de que Peter Pan era un vampiro y por eso no envejecía, los guionistas Janice Fischer y James Jeremias pensaron en una película donde dos jóvenes llegaran a vivir a un pueblo (Santa Carla, California) que fuera la representación del vicio y donde existiera una banda de jóvenes bebedores de sangre, rebeldes que gozan de las alocadas noches dentro de su inmortalidad. En un inicio, la idea era que todos los niños perdidos recordaran a los personajes de Peter Pan y que los vampiros fueran todos infantes, pero, por desgracia, cuando Schumacher firmó el contrato puso como condición que los vampiros fueran un poco más grandes. Como decía líneas arriba, el público de los ochenta no estaba listo para ver una película comercial donde los vampiros fueran menores de edad.

Los íconos ochenteros Corey Haim y Corey Feldman juntos en The Lost Boys.

Aun así, en The Lost Boys, hay una niña vampiro y los otros monstruos son presentados como seres gregarios que viven en pequeñas comunidades y que se comportan como una pequeña familia. Esta pandilla de chupasangres no son del todo seres malvados, vas bien se trata de jóvenes que fueron desviados por un vampiro mayor que los manipula, a pesar de que el líder de la pandilla interpretado por Sutherland (el Peter Pan en The Lost Boys), pareciese tener el control dentro de toda la película. Existe un rasgo de humanidad en la figura de este temerario personaje que sólo se nos presenta hacia el final del filme. Por otro lado, la única forma de combatir a los entes de la noche es a través del aprendizaje que Corey Haim y Corey Feldman adquieren de las historietas sobre vampiros. Aquí, la imagen de la redención viene de la mano de la ingeniudad y la inocencia de los niños.

En este sentido, la película es una película de iniciación. Sam Emerson (Corey Haim) descubre que la vida es distinta a como creía cuando descubre la existencia de los vampiros y su hermano mayor –Michael Emerson (Jason Patric)– nace a la noche y descubre las apetencias de la vida nocturna, la carne y el vicio. Al final la moraleja –tenía que existir una al tratarse de una película de este tipo– es clara: sólo el amor de la familia podrá salvarte de caer en la oscuridad.

Este punto se hace más evidente a medida que avanza el filme y la madre viuda de ambos hermanos, se empieza a enamorar, sin saberlo, del vampiro mayor. Pero al final, vuelve al amor de madre absoluta que debe cuidar a sus hijos. Lo sé, si lo vemos así, parece una película moralina. Sin embargo, todo esto no se percibe de primera mano y la cinta es todo un homenaje a la cultura de los años ochenta: The Doors y Tim Capello son parte de la banda sonora de la película; aparecen los dos Coreys; el mito de la juventud eterna es presentado utilizando la historia de Peter Pan como principio. Pero también, nos demuestra que no existe cura sin redención y en este caso es bueno no redimirse, porque la sangre de Los Muchachos Perdidos ya corre por nuestras venas.

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