¿Qué pasa cuando un adulto regresa años después a leer Harry Potter, una de las lecturas que lo marcaron de niño?

La primera vez que escuché sobre Harry Potter fue gracias a mi amigo Pedro. Probablemente teníamos una edad cercana a la del joven mago cuando inicia el primer libro, y recuerdo nítidamente la indignación y el enojo con que se quejaba de los Dursley y la forma en que maltrataban a Harry.

También recuerdo que empecé a leer la saga cuando el tercer libro ya estaba traducido al español, y recuerdo que como regalo anticipado de cumpleaños recibí el quinto libro en cuanto salió. Lo leí en dos días.

En su momento la “magia de Harry Potter” me absorbió completamente y estaba maravillado con el ecléctico folclore que J. K. Rowling dibuja en su saga. Sin embargo, por alguna razón –quizá por la edad, quizá por los recalcitrantes engranes del capitalismo– perdí interés; nunca vi las últimas tres películas ni leí el séptimo y último libro (coitus interruptus, le dicen).

En mi cabeza y en mi corazón siempre he querido cerrar el ciclo y llegar al climático –y naturalmente ya spoileado– final de la saga. Pero para llegar al clímax sentía que debía empezar desde el principio, y hasta ahora lo hice: volví a leer Harry Potter y la Piedra Filosofal.

Harry Potter y la Piedra Filosofal
Harry Potter y la Piedra Filosofal.

La historia empieza en martes

El primer veinte que me cayó como balde de agua fría fue lo pedestre del humor. No lo digo como algo malo, pero literal el humor es muy de niños. Tiene todo el sentido del mundo si consideran que el libro es protagonizado por mocosos de 11 años.

Definitivamente no es un humor burdo que insulta mi poca inteligencia de adulto, pero tampoco la estimula. Entendería perfectamente si otro adulto empezará a leer el libro por primera vez y no justificara todo el fenómeno que inició.

Aunque de niño fui aún menos brillante, parece que la ternura y las atolondradas emociones juveniles enriquecieron mi primera lectura de una manera que la perspicacia adulta no puede. Al igual que los protagonistas, la falta de madurez me hizo ver con visión de túnel los eventos que ocurrían, además de sentir las angustias y alegrías de Harry tan nítidamente. ¡Claro, eran tan cercanas! ¡Era un niño entendiendo a otro niño!

Slavoj Žižek acostado en la cama
Así se ven los adultos que no leyeron Harry Potter de niños.

Por poner dos ejemplos: los Dursley son personas groseras pero no los monstruos que recordaba, y cuando el tío Vernon le esconde las cartas a Harry no sentí el arranque de ira de mi primera lectura. Lo que de adulto leí como “Harry está emberrinchado porque no lo dejaron leer su carta”, de niño ME EM-PU-TABA. Ya lo superé (disque), pero aún recuerdo el torbellino de miseria y lo violentado que me sentí (léase el berrinche interno que hice) cuando uno de mis hermanos mayores me quitó un libro vaquero que me topé en la calle y sobre el cual posé mi infantil curiosidad.

Mierda, cómo dolían los berrinches pueriles.

Y dejen ustedes los berrinches, las inseguridades. Ahora veo tan claramente cómo Rowling moldeó a su protagonista como el envase de inseguridades y narcisismo que parece marcar nuestra generación del “somos especiales aún en la mediocridad”.

El peso del destino, o “Estar en Hufflepuff no es tan malo”

Pero independientemente de mi adultez cínica y desconfiada, disfruté la lectura. Quizá las pasiones de Harry ya no me son tan cercanas (ya alcanzo el timbre), pero el libro tiene muchos más encantos.

Los banquetes y las golosinas descritas en el libro me siguen despertando el hambre. La mirada tan muggle con la que Harry describe sus primeras clases me hacen considerar la posibilidad de que la magia está a un poco de práctica de distancia.

Y claro, también está la nostalgia. Por supuesto que esos rosados y dulces lentes me lamieron los globos oculares mientras leía y me dejaron una infección que estaba bien rico rascarme. Sí, se pierde cierta curiosidad poderosa cuando ya sabes –a grosso modo– lo que está por pasar en la historia, pero simultáneamente es satisfactorio encontrar aquellos detalles dispersos que tendrán sentido e importancia más adelante. Por ejemplo: la casa de la señora Figg huele a repollo, cosa que no es importante, pero ¿quién hubiera previsto que esa señora era más que una incómoda niñera?

Emblema del Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería
Emblema del Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería.

Durante gran parte del libro Hermione, Harry y Ron no se enfrentan a ningún juego mental particularmente complicado, ni para ellos, ni para el lector (fuera del acertijo de las botellas con veneno y vino de Snape, que no se puede resolver sin saber dónde está la botella más grande y la más pequeña; y sí, ya lo intenté). No tenía ningún problema con que el primer libro –y el más corto– fuera el más sencillo; sabía que más adelante todo se volvería más complejo. Pero me sorprendí cuando entrando al Bosque Prohibido, la historia adquirió un peso ominoso.

La astrología de los centauros (el sino) y el severo dolor de la cicatriz (el estigma) son recursos clásicos, pero resultan un tanto apabullantes contra un niño de 11 años. De repente este cuento sencillo y de humor pedestre era “claramente” el cimiento de una historia más grande y más sombría de lo que aparentaba.

Aún no lo sabíamos, pero Harry Potter es la historia del derrocamiento de un tirano. “No hay ni mal ni bien, sólo hay poder y personas demasiado débiles para buscarlo” fue la enseñanza que dio Voldemort al profesor Quirrell. Quizá no todos entendimos lo peligroso de ese mensaje, pero no podemos decir que J. K. Rowling no nos advirtió, ¡porque se nos advirtió, señores!

Por cierto, dato curioso: la primera instancia de bullying contra los Hufflepuff fue de parte de Draco Malfloy, y cito: “¿Te imaginas estar en Hufflepuff? Yo creo que me iría, ¿no te parece?”. Así que piensen en la clase de persona en la que se convierten cada que arremeten contra los protegidos del tejón (y sí, en Pottermore me asignaron a Hufflepuff).

Un tejón enojado en la nieve
En serio, no se metan con los tejones.

 ¿Fue mágico volver a leer a Harry Potter después de tantos años?

Sí, definitivamente lo fue.

Durante mi lectura cerré el libro en las noches para ponerme a pensar cómo dibujaría mi horario de clases, me ponía a pensar cuál sería mi clase favorita (Encantamientos), en cuál destacaría (Pociones, porque retentivo anal de la exactitud) y sobre todo, me puse a pensar cómo hubiera reaccionado hace 18 años al recibir mi carta de ingreso a Hogwarts (“¡Sabía que sí era especial!”).

Hoy en día Pedro vive en un país aún más tercermundista que México y trabaja en una ONG que ve por los derechos humanos de minorías. Yo me entretengo escribiendo cosas. Ninguno de los dos recibió su carta de Hogwarts a tiempo. Pero los dos seguimos al pendiente de no darle más poder a los tiranos.

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