Un recuerdo de la obra maestra de Charles Burns a dos décadas de haberse publicado.

El domingo se cumplieron 20 años de la primera aparición de Black Hole. Desde esa mítica fecha de mediados de los noventa, la serie de cómics escritos y dibujados por Charles Burns nos brindó doce años de completa genialidad setentera. Las desventuras cinemáticas, de gráfica precisa y diálogos ricos, de un grupo de adolescentes atacados por sus inseguridades y una terrible enfermedad venérea, quedarán siempre en nuestros recuerdos.

Para aquellos que apreciaron tanto como nosotros esta bellísima y profunda novela gráfica, acá les dejamos una breve reflexión sobre aspectos que nos siguen impactando. Ojalá lo disfruten y regresen a leer esta gran obra del blanco y negro íntimo, que salió de lo momentáneo para volverse memorable.

La intimidad

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Algún lector, tan lúcido como entusiasmado de estos retazos de imágenes, dijo que Black Hole era una historia de negros totales, de negros absorbentes, de claustrofobia justificada; de la vida como una situación inevitable y triste, hecha para sentir que esperamos más de lo que nos toca. Tal vez. Lo que sí es que la belleza y lo torcido de Black Hole está en lo cercano que se siente su mundo.

Aquí no hay relatos transpuestos de viajes creados, de lugares inventados nada más por el capricho de una pluma. No. Aquí la vida se siente, la vida cotidiana, la vida simple, la vida banal, la que es, finalmente, la vida como la conocemos. Volver a leer Black Hole es volver a sentirte vulnerable, pequeño, problemático. Es volver a sentir todas esas dificultades que parecían demasiado grandes para la vida corta que llevabas como adolescente. Es sentir que importa todo de nuevo: el techo que te cobija, los amigos que te mantienen en una pequeña plática, las sensaciones que duran una noche. El logro inmenso de Black Hole es hacerte sentir, en reflejo peculiar, la sensación de un momento en donde la vida se explayaba en absolutos.

Un agujero negro, dijeron algunos entusiastas del principio del mundo, es aquel lugar en donde se chupa toda luz, toda materia, toda circunstancia. El lugar de la singularidad absoluta, única, de la masa concentrada, del centro del universo. Y tiene sentido. Porque hubo un momento en que nuestras esperanzas y nuestras decepciones no tenían límite, en donde el amor y el desamor eran completos, inclasificables, abrumadores. Esa es la dimensión absoluta de Black Hole: la vivencia adolescente del instante en dónde todo parece fundamental, importante y único.

Y de ahí el carácter fatal de la enfermedad que sólo pega a una parte de la población, a la juventud de suburbios, desprotegida, torpe y conflictiva. En todo el cómic no vemos casi a ningún padre, ningún adulto verdadero, si no son paseantes ocasionales, viejos enajenados y alguna fotografía. Todo en Black Hole señala a una edad y a un momento, a ciertas sensaciones que sólo nacen en ese contexto, a ciertos goces y ciertos sufrimientos que sólo son posibles en la intimidad de una edad perdida.

La claustrofobia y la enfermedad

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Hay algo tal vez cercano entre un viaje de LSD y la enfermedad. Como otras drogas psicotrópicas, el ácido es de larga duración, efecto poderoso e inevitable transcurso. Una vez que ingieres la sustancia, ya no hay vuelta atrás, tienes que soportar los efectos hasta sus últimas consecuencias. Y hay algo de eso también en la enfermedad: es una circunstancia inevitable que se tiene que afrontar en toda su duración. La enfermedad es otro viaje que puede acabar bien o que puede acabar mal, es algo que se desprende de nosotros, que llevamos dentro pero que no podemos controlar, que, desde nuestro cuerpo mecánico, nos va cambiando.

Cuando Keith va a ingerir el LSD reflexiona sobre lo diminuto que parece ese insignificante punto negro entre dos láminas de diurex. Y tiene la misma reacción cuando contrae la enfermedad en su primera relación sexual con Liza: “y eso fue todo… no lo podía creer. Estábamos cogiendo.” El bicho se contrae por un instante, en ese momento en que se ingiere lo inevitable de la vida, esa calentura que nos lleva a seguirnos reproduciendo mientras el mundo se derrumba a nuestro alrededor. Es un impulso de las circunstancias: igual que el malviaje de Keith, su  enfermedad es cuestión de inercia. Y de ahí la importancia de este libro en su retrato de una enfermedad sexualmente transmisible que puede tener sus analogías con el SIDA: no hay causa, no hay culpa de nadie, simplemente sucede, la enfermedad es estúpida y sin razón, no tiene moral ni sentido y por eso es inevitable y peligrosa.

Podría decirse que, a diferencia del SIDA, ésta es una enfermedad visible, que marca con su estigma a quienes la portan, que excluye, repugna y causa indignación en los que la ven como el reflejo de una calentura en llagas abiertas. Pero es exactamente ahí en donde resultan parecidas estas enfermedades, en el estigma llegan a lo mismo: cuando Chris se ve en el espejo se dice a sí misma “no me debería ver así. Me veo normal pero no lo soy/ Soy un monstruo.” La culpa y la exclusión se viven en la misma tragedia de las primeras reacciones al SIDA, una enfermedad que, en principio –y todavía– fue causa de un enorme estigma y de una relación inmediata y poco reflexionada entre la enfermedad y un grupo social particularmente afectado: en uno los homosexuales, en otro los adolescentes.

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Chris es el personaje, en este sentido, más completo por su tragedia, más representativo de la voluntad de separarse de un estigma, de sufrir en soledad. Las imágenes recurrentes de las serpientes se emparentan aquí a sus síntomas: ella cambia de piel como reptil. Cada piel que deja es un mapa de su existencia, ahí en donde estuvieron las cicatrices, los granos y los lunares. Una fotografía de su vida que va mudando a otro cuerpo que es el mismo y  que no deja de transformarse. Y ella sigue siendo ella, pero ya se siente otra, se pierde en algunos recuerdos felices y en la permanencia de un cuerpo enfermo que cada vez le pesa más.

Finalmente la piel que se desprende es uno entre tantos síntomas entre otros jóvenes: pústulas, granos, ampollas, deformaciones faciales, etc. Y todo esto nos vuelve a señalar preguntas insistentes sobre la enfermedad: ¿Qué es el adentro y qué es el afuera del cuerpo? ¿Por dónde se entra en contacto con la sangre? ¿Qué superficies son contagiosas? La enfermedad venérea pone los límites del cuerpo en jaque y pronto todo parece sumirse en el hoyo negro de la enfermedad; todo recuerda al sexo en el mundo del cómic: la incisión de clase de anatomía, una rasgadura en la planta del pie, una espina, un gallo, una vara, todo son vaginas y penes, aperturas y salientes. Todo de pronto es claustrofobia, oscuridad y recuerdo sexual en la hostilidad del mundo.

Pero su claustrofobia no es única. Todo en esta novela apunta al aspecto cíclico: la imagen de la serpiente comiéndose su propia cola, los diálogos que regresan, los efectos de espejo, lo inevitable de la reproducción y de nuestros mismos errores una y otra vez perpetuados por nuevas generaciones. La fatalidad de Black Hole está en esta repetición enmarcada por la memoria: recordamos en dónde fallamos y aun así no podemos evitar fallar. La espiral de violencia y exclusión se calca aquí en las escuelas estadounidenses y las masacres de adolescentes por adolescentes; la desigualdad avanza hasta múltiples ejemplos sociales de la enfermedad y sus estigmas, de la violencia que ejercemos hacia lo diferente, de la patente falta de comunicación que mantenemos entre humanos. Black Hole  es un retrato de una circunstancia excepcional y fantástica que encontramos, sin embargo, en cada esquina.

La familia, el recuerdo y la nostalgia fotográfica

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Las vidas pequeñas, entremezcladas, normales, que se narran, silenciosas, en un álbum de fotos, en un anuario, no dicen más que la necesaria conformidad al cuadro impuesto, a los marcos hechos para adornar repisas. Bien lo dice Sean T. Collins, todo en el viaje fantástico de estas páginas concuerda con sensaciones que se vuelven más reales en su recuerdo. Ya no vivimos de la misma manera. Ya no coleccionamos negativos como último remanente frágil de las imágenes que nos constituyen. En el futuro –ese futuro que se acerca tanto– ya no van a existir los monumentos del álbum familiar, de la foto en la repisa que te dice, insistentemente, que fuiste niño, que fuiste feliz, que fuiste inocente en la paz suburbana. Ahora está la cámara en cada mano, los miles de recuerdos almacenados en espacios demasiado pequeños, en medios abstractos, en compresiones anónimas.

La historia de este cómic va para la nostalgia de un tiempo en que no había más recuerdo prospectivo que la pausa de un rollo fotográfico y la memoria menos –y siempre– presente de las caras que se desvanecen. Y lo que digo no es ocioso. El funcionamiento único de esta novela gráfica pasa por crearle un mundo al lector que vuelve íntimo el sufrimiento, tan compartido como callado, del marco fotográfico en extinción.

Black Hole es un ducto impreso para sensaciones familiares, cotidianas, importantes por su inocuidad: el aliento corto en la excitación de una cercanía; una piel que pesa, una erección naturalmente hecha para palparse entre la ropa. Y más, mucho más. La mota y su puesta conforme, el ácido y sus delirios táctiles, vivos, lúcidos de evidencias. Cuando Keith escapa de su casa, viendo a su familia siendo una, junta y pegada, satisfecha y real, frente al televisor, puede ver todo lo que su vida será: la ilusión de un entretenimiento mientras aguantas y piensas, olvidas y lloras, sientes y sufres la irreal realidad del mundo.

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Es extraño eso que Keith le propone a Liza, pensar que todo puede estar bien en los causes discretos de la vida compartida, de la vida conjunta, del amor sensual que brinda el solitario y terrible hueco de la infección. Dijo Sean T. Collins que Black Hole es la fantasía recurrente de la incertidumbre adolescente, la claustrofobia voraz de las vidas tan jóvenes, tan frescas, de esas vidas que esperan siempre algo más de todo: un amor único, una existencia práctica, una casa que es departamento, un departamento que se siente como casa, cuidar a un labrador y ver a los hijos correr en un patio mientras sueñan bicicletas. Pero en esto parece que el círculo se repite: Keith no comprende la enajenación de sus padres pero, cuando logra escapar de su medio, sólo quiere reproducir una misma idea de familia.

En ese sentido, la última rebelión de Chris es en contra de la fotografía. Esa institución obsesiva de la memoria prestada que te obliga a ver un rostro que ya no existe, que mantiene presente un lazo roto en el hueco de la cartera o entre las tapas de un anuario; esa institución de lo enmarcado, de lo consentido, de la familia y de la escuela, de la formación para la vida social. Chris huye a la playa en que recuerda haber sido feliz para internarse en el mar al final del cómic. Ahí, entierra en la arena húmeda un retrato de Rob recortado de un anuario. Ese último recuerdo rompe un ciclo de olvido y memoria que parece obsesivo en la novela. Dave se vuelve loco desde antes de la enfermedad, por el aislamiento de sentirse poco memorable, de que Chris no lo recuerda como él la recuerda. Cuando los amigos de Keith encuentran la tienda del compañero de Dave, destrozan todo y se mofan de su anuario. En todas partes hay recuerdos que perviven en la forma de fotografías familiares y escolares: como los causes recurrentes de un mundo opresivo que te impone el recuerdo de unos y el olvido de otros.

Los jóvenes enfermos sienten que su recuerdo se difumina, que ellos mismos desaparecen en la vergüenza y la persecución de familia y sociedad. En ese sentido ellos son la sombra de una imagen muerta, algo que ya no se puede relacionar, por la deformidad, con las fotografías en los anuarios. Cuando Chris se aleja de la playa y flota viendo las estrellas entendemos finalmente todo esto: la luz que nos llega de esos lejanos astros es sólo la ilusión de una presencia, un simple reflejo de una estrella muerta, el tiempo que recorre la luz para impresionarnos. Igual que los anuarios, igual que ellos mismos, las estrellas son sólo la imagen de algo que ya no está ahí.

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Entre el instante adolescente, la enfermedad excluyente y el recuerdo fotográfico encontramos la fuerza de Black Hole como una historia única. Es una trama de nostalgia por una época –probablemente la de la adolescencia de Burns–, de cierta música entre Bowie, Hendrix y Black Sabbath, de patillas, lentes redondos y cabellos largos. Pero es también una historia terriblemente cercana a lo que vivimos, desde los ochenta, con la más grande calamidad sanitaria contemporánea: el SIDA. Y esto de una forma completamente crítica que muestra bien que la enfermedad es sólo el principio de la tragedia. Entre estos dos instantes de la adolescencia setentera y de la tragedia noventera está el recuerdo siempre vivo de la rebelión en absolutos que se cocina en la cabeza adolescente. La idea de que el tiempo se repite y que regresamos a los mismos patrones, que no somos tan distintos de los humanos de otra época, que la claustrofobia social, el miedo al rechazo y a la soledad son males imperecederos y no crisis de juventud.

En la portada del volumen recopilado de Black Hole –que pierde las increíbles portadas a color pero gana la integridad de la historia– se puede observar una cara anónima de anuario con el título atravesado sobre los ojos. Con todo esto no podemos dejar de interpretar la imagen: el hoyo negro queda como un espacio a rellenar poniendo nuestra propia situación en los ojos de todo adolescente que jamás haya sufrido.

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