Así pinta la serie luego de ver los primeros capítulos.

Hoy se estrenó por fin la nueva encarnación de Daredevil en Netflix. Habíamos estado esperando esta serie por un buen rato y los avances sólo nos dejaban más ansiosos, las entrevistas sólo abrían más apetito y los posters sólo sirvieron para dejar volar más esa imaginación convertida en espera ansiosa.

Antes de spoilerear toda la serie para los que se van a tomar el fin de semana para verla, queríamos aquí comentar al menos los tres primeros capítulos y dar nuestra opinión sobre algo que –hasta donde podemos decir– está cumpliendo, con creces, nuestras impacientes expectativas. 

“Cierra los ojos y deja que la noche te toque. Siente el frío, la lluvia cayendo como martilleo en tu rostro, empapando tu ropa… Oye el rugido estrepitoso del East River hacia un lado; el repique fantasmal de una campana solitaria de iglesia que anuncia la medianoche… Prueba el aire con restos de escape que quedaron de la hora del tráfico hace tiempo terminada… Huele los basureros llenos de gusanos, la peste de otro día de miseria en el bajo East Side de Nueva York. Deja que la noche te toque y sentirás sólo una fracción de su textura completa, una textura que sólo experimenta en pleno un hombre… un hombre ciego.”

Una historia en formación

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El elenco principal de la serie

¿Por qué decidimos comentar los tres primeros capítulos y no sólo el primero o el segundo o hasta el quinto? Varias razones se agrupan aquí, pero sólo una prevalece: es hasta el final del tercer capítulo que se anticipa la tensión que crecerá en el resto de la serie con la primera aparición del imponente Vincent D’Onofrio como Wilson Fisk. Hace un par de semanas, cuando entrevistamos a este gran actor de personajes terriblemente oscuros (nada más acuérdense de él trepado en unos ganchos y masturbándose sobre un cadáver en The Cell) noté que se resistía en nombrar a su personaje “The Kingpin”, siempre refiriéndose a él, con gran cariño, como Fisk o como Wilson. Y todo esto tiene un motivo que ya empezamos a ver dibujado en los primeros episodios de la serie: esta primera temporada es una temporada de aprendizaje, una construcción de personajes, sin prisa, en oposiciones jugosas.

Aquí no nos tiran el traje rojo a la cara, saltándose algunos amarillos o poniendo en manos del vigilante ciego el famoso bastón ultraproducido de entrada en la caricaturesca película que interpretó Ben Affleck. Aquí el Kingpin no es todavía el Kingpin, el nombre no se ha vuelto el mito que representa a su regreso a Nueva York en los episodios que dibujó y escribió Miller en los ochenta. Aquí Wilson Fisk empieza a tejer sus redes de poder –no sin algunos problemas más allá de los vigilantes– y Matt Murdock se empieza a establecer como abogado y como vengador entre primeros tropezones dolorosos.

La serie comienza entonces con todo el agrado de un principio de formación en los personajes que ya todos conocemos tan bien. Un principio que no traiciona todas las historias de antecedentes de Daredevil –desde sus inicios en los sesenta hasta la serie limitada de The Man Without Fear en la que Miller regresó a la escritura del vigilante ciego. Por el contrario, ahí está el tributo en la formación que se va desarrollando con flashbacks: Battlin’ Jack Murdock como boxeador desgastado que arregla sus peleas y que finalmente redime el honor de su nombre en una traición fatal a la mafia; el camión de materiales tóxicos frente al que Matt rescata a un anciano y que, regando su contenido peligroso, ciega al joven héroe; la relación amigable desde la universidad con Foggy Nelson y el triángulo amoroso que comienza a dibujarse con Karen Page; la religiosidad de un personaje que siempre está luchando entre un sentido de justicia terrestre, humana, en ley y en puños, con la justicia divina, más allá de las pequeñeces de alimañas de callejón oscuro,  mucho más allá de él mismo.

Una adaptación realista, independiente y respetuosa

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Este Daredevil es bastante realista y en eso también se apega más al tono oscuro, detectivesco, crudo y violento de Frank Miller

Pero todos estos antecedentes se adaptan aquí a una historia que toma, en los primeros capítulos, una distancia respetuosa. Este Daredevil es bastante realista y en eso también se apega más al tono oscuro, detectivesco, crudo y violento de la renovación que ejerció Frank Miller una vez que desplazó a Roger McKenzie como escritor de una serie que perdía audiencia hace más de treinta años. No se habla aquí de materiales radioactivos que aumentaron los sentidos del joven Matt Murdock, no hay inmediatamente recursos a la idea del sonar o intentos de representación gráfica de la visión-auditiva del abogado-vigilante. No, aquí todo se hace con más sutileza y realismo.

Es por eso que el Kingpin no aparece desde el principio como una caricatura al estilo de Clarke Duncan (q.e.p.d) –onda inmediata de la rosa y el bastón-báculo de poder con un eterno habano en la boca–, sino como un hombre sencillo, enormemente imponente, físicamente extraordinario pero fundamentalmente sensible, vulnerable. Las primeras palabras que intercambia, al final del tercer episodio con la que –suponemos sin derecho a equivocarnos– será Vanessa Marianna, son de entrega hacia una pintura, de vulnerabilidad. Y ahí está una construcción realista interesante del personaje que se anuncia con todo el tono del mito: el hombre poderoso no es invulnerable sino consciente de su vulnerabilidad, el hombre valiente no es temerario porque no conoce el miedo, sino porque aprende a desafiarlo. El amor de Fisk, que se anuncia ya en un intercambio rápido, pone en escena esta vulnerabilidad porque, como bien sabemos, Vanessa es esposa, madre, compañera pero también su única debilidad. Aquiles también era tan fuerte como su talón.

De la misma forma parecen establecerse aquí las habilidades sensoriales exaltadas de Matt Murdock. Como dijimos, no hay representaciones gráficas del poder confuso de radar como en la película de 2003, no hay largos desplazamientos de cámara para rastrear la fuente de un ruido y representarla hasta la oreja de Murdock. No, aquí hay gestos sutiles, como la concentración del foco en la imagen con una ligera inclinación en la cabeza del personaje para señalar su escucha impresionante; o como la ceguera representada imperfectamente en el abogado que voltea a ver a sus interlocutores, que encuentra de espaldas los marcos de las puertas o que –y ahí está el jugo– puede anticipar un golpe artero por detrás antes de que cumpla su cometido.

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El imponente Vincent D’Onofrio como Wilson Fisk

Murdock y Fisk comienzan a aparecer entonces con todo realismo. Como los actores que los representan nos explicaron en una entrevista, lo interesante aquí es ver la confrontación de dos hombres que sienten, sangran y sufren tanto física como emocionalmente. Ninguno es invulnerable y eso los hace atractivos en el prospecto de una futura batalla a muerte. El pequeño ambiente sórdido de Hell’s Kitchen pone esta lucha como en un cuadrilátero: por más que las apuestas inclinen el balance, por más que haya ventajas amañadas, todo puede pasar entre dos hombres que intercambian puños y que pueden acabar tendidos en una lona… o levantarse.

En esto nos parece que está sólidamente fundamentado este principio de serie: el realismo crudo que toma mucho del uso de negros en Miller, de los trajes del principio de Miller y de las tramas mafiosas de Miller, busca crear un personaje mucho menos caricaturesco que la anterior encarnación. Y lo logra sin dejar de establecer vínculos fuertes con el cómic. En esto, algo de lo que me gustó particularmente, fuera de la empatía inmediata que crea un elenco impresionantemente bien escogido –en el que también figura una calurosa interpretación que hace Vondie Curtis-Hall del importantísimo Ben Urich– son los detalles. Por ejemplo, ¿se fijaron que el primer golpe que descarga Murdock en la serie le parte la nariz a Turk Barrett –perfectamente puesto en su altanería pretenciosa y torpe que falla en reconocer incluso el mecanismo de una pistola?

Y también están esos otros detalles que nos muestran ya la voluntad de anexar esta primera empresa de Netflix al universo cinemático de Marvel. ¿Notaron el recorte de periódico en la oficina de Urich que reza “La Batalla de Nueva York”? Toda esta trama puede anexarse entonces después de la destrucción de la ciudad en la primera película de The Avengers, creando un vínculo sólido en continuidad temporal. Además de que todo esto se anexa con completo realismo: las empresas constructoras de Fisk tienen tanto trabajo gracias a la reconstrucción necesaria a cada paso de cataclismo global salvado por superhéroes. Así todo bien engendra un mal y la relación entre Murdock y Fisk se solidifica en estos vínculos en apariencia lejanos: porque hay crimen existen abogados, porque hay vengadores existen oportunidades de ilícita procedencia en el mercado de la construcción.

Los aciertos y la libertad de Netflix

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Esta no es la violencia coreografiada de otras encarnaciones de superhéroes

En todo caso, la cuestión va mucho más allá de nuestras expectativas por ver una recreación justa de un superhéroe tan querido: el streaming permite ahora, en su primer momento de apogeo, la enorme libertad creativa que queremos ver aplicada a personajes tan gloriosos como oscuros. Y eso se refleja bien en estos primeros capítulos. A pesar de que Urich no fuma en pantalla –cosa, por demás, perdonable–, sí podemos ver aquí la sangre salpicando, las narices rotas y las fracturas con hueso expuesto. Vemos a Murdock torturando, vemos asesinatos despiadados con bolas de boliche y presenciamos más de un suicido gráfico hasta el brutal autoempalamiento de un criminal inestable. No parece haber límites en el cuidado cinemático de la serie, en el casting perfecto que hicieron con tiempo y paciencia –y bueno, después viene el genial Scott Glenn como Stick–, en la revisión meticulosa del material de base y en la permisividad oscura de la violencia cruda. Esta no es la violencia coreografiada de otras encarnaciones de superhéroes, aquí nada es pulcro, entre puño y puño hay cansancio, respiros y dolor, los malos de no se vencen de un puñetazo. Y por eso, justamente, tenemos escenas gloriosas como la del segundo capítulo que le hace honor a la secuencia del pasillo y el martillo en la adaptación del manga Oldboy por Park Chan-wook.

Con todo esto, podemos decir que Netflix se tomó en serio la tarea de reconstruir con cariñoso cuidado y despiadado realismo el universo del vengador de Hell’s Kitchen. El streaming permite la desviación de los canales habituales y en eso tenemos la paciencia de Better Call Saul, la desfachatez de Orange is the New Black, o todos los aspectos despiadados y sexualmente ambiguos de Frank Underwood en House of Cards. Desde la primera probada del neo-noir realizado en estos tres episodios quedamos completamente entusiasmados para el resto de la serie.

Aquí hay conexiones emocionantes y prospectos futuros que van mucho más allá de la primera temporada (¿la presencia de Claire Temple no le hizo ya oler algo de Luke Cage y los Defenders?). Aquí se nota la independencia creativa y la producción meticulosa que todo fanático debe agradecer. Aquí hay, por fin, la violencia necesaria y la seriedad oscura que amerita un personaje tan carismático pero tan maltratado como Daredevil. El proyecto de hacer “una larga película en 13 episodios” tiene completo sentido desde esta introducción y las diez partes restantes que aquí no comentamos serán, sin duda, una confirmación de todos estos primeros entusiasmos. Se respira la noche en el East Side y este hedor realista ya nos parece fascinante…

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