Foucault en cuarentena: nadie nos preparó para el miedo primitivo de morir por una pandemia

Nuestro colaborador Jorge Ringenbach explora los miedos que nos surgen en las épocas de pandemia y lo poco preparados que estábamos para enfrentarla.

Curioso es el mundo que nos correspondió vivir. Crecimos con la memoria de los abuelos que habían hecho, sufrido o testificado la Segunda Guerra Mundial; con la de nuestros padres que describían el miedo y la tensión constante de la guerra fría y de nuestra propia infancia y adolescencia cuando cayó el Muro de Berlín y vino la internet y la globalización; vimos nacer y morir términos y palabras: posmodernidad, globalización, ideología… todo un arsenal que se nos fue deshaciendo entre las manos, así, como los castillos de arena, porque nadie nunca nos preparó para estar en medio de un caos colectivo a nivel mundial; casi me da miedo usar ya palabras como global.

Nadie nos preparó para el miedo primitivo, cerval, de morir de una enfermedad cuando pensábamos que ya todas estaban domadas porque no nos había matado el SIDA no la influenza, porque esas cosas ya no pasaban en nuestro siglo; porque los americanos habían ganado la guerra fría y los hórridos comunistas habían sido borrados de la faz de la tierra y una temporada de relativa bonanza nos había hecho creer que todo iba para bien, que como decimos en México, “ya estuvo”.

Pero nos vemos como en cuevas de nuevo, temerosos de salir, desinformados de tanto que oímos que, de verdad, ya no sabe uno a quién creerle. Y entonces, una vez que nos tiraron en nuestras cuevas, frente al enemigo más primitivo que podemos enfrentar, el miedo, me puse a rescatar viejas lecturas, esas que se usaban en la Universidad y que luego se fueron dejando, porque lo que necesitaba era no tranquilidad sino al menos claridad.

Vuelvo a Michel Foucault, no es que ande todos los días con mi Foucault bajo el brazo, pero me puse a pensar en términos de una vieja lectura, Vigilar y castigar y es que de verdad, esto de estar encerrado, de no hacer, de cuidarse so pena de recibir un castigo ya no civil ni penal, sino providencial, casi divino, me tiene pensando que el fondo, estamos viviendo una especie de regresión frente al poder, un abandono de los espacios que durante décadas habíamos ido conquistando a través de la sociedad, los medios de comunicación y la cultura.

Y en efecto, me encuentro cosas como “cada uno se aferra a su hogar, se mueve lo menos que puede”, la clásica cita “un espacio cerrado, delimitado, vigilado en todos sus lados, donde los individuos están insertados en un lugar fijo y donde se controla hasta el menor de los movimientos…”, cada individuo está siendo observado todo el tiempo, analizado y distribuido entre los vivos, los contagiados y los muertos” y está que me parece profética si pensamos que el dichoso libro se escribió en 1975: “tras las medidas disciplinarias se esconde el miedo a los contagios”.

Es verdad que no parece que esta epidemia sea la peste negra y que vaya morir un tercio de la humanidad; pero que preocupa es cómo vamos a salir, quiénes seremos entonces y a qué mundo vamos a enfrentarnos; en la medida que hemos desdibujado las diferencias entre derecha e izquierda, en que nos conformamos con la indefinición a base de buscar sólo la idea del crecimiento económico, nos desdibujamos también nosotros respecto de la sociedad que queremos, es doloroso pensar que el cansancio y el hartazgo que movía a los cambios se va convirtiendo en sutil sometimiento; estamos a punto de volver al estadio primitivo de los observadores, de nuestros ancestros que veían las estrellas y se imaginaban mitos pero que no interpretaban, que no buscaban; el rompimiento del cotidiano es tal, frente a la inepcia generalizada de los gobiernos, no de nuestro país sino como otra pandemia generalizada, que nos escondemos en nosotros mismos, miramos a nuestro interior y es nuestro vecino, nuestro amigo, el contacto, el colaborador, nuestra red de referencia y nuestra tabla de salvación.

Foucault sabía que la vigilancia, el aislamiento y el castigo tienden a la deshumanización y son el recurso supremo del control político; pero es que para eso se requiere la colaboración de quien debe ser controlado y estamos pidiendo a gritos que nos controlen, que nos digan qué banquetas son las que están libres de virus y de qué hora a qué hora se puede andar por ahí; queremos que nos digan como vamos a salir de este problema monumental cuando bien sabemos que los gobiernos parecen tan desorientados como los ciudadanos de a pie que estamos esperando una luz.

De la posverdad hemos pasado a la posindiferencia, no importa si lo que se nos dice es verdad o es mentira, y pasamos de esas afirmaciones para conjurarlas y cuidar el entorno inmediato, eso es volver a lo más primitivo, como si la Patria, la Nación y todo eso se fuera diluyendo en unidades más próximas como familia, barrio, comunidad.

Son más las dudas que las afirmaciones con las que contamos y quisiera ofrecer, para mi y para quienes amablemente me leen, alguna especie de luz; pero es fundamental hacer las preguntas correctas; para escapar de la vigilancia y el castigo, para recuperar el sentido de la humanidad y de la libertad lo que tenemos son nuestros semejantes, la forma de mantener la cordura es abrirnos al otro en la red solidaria, el tiempo de los grandes discursos está muerto, muerto y enterrado, porque tan cansados quedamos que escuchamos todo ello como de lejos, como si no se tratara de nosotros; el punto ahora es no someternos al control, evitarlo en la medida que mantenemos ideas críticas e independientes, que nos mantenemos unidos a la cultura y al arte, a la expresión y a la creatividad; rendirnos como sociedad no parece la opción más adecuada y sobre todo, la razón que, ya se sabe, es lo único que nos hace libres.

Nos leeremos pronto, y nos evocaremos ya no a Foucault, que nos ha servido de base para saber dónde estamos parados para al menos, darnos una idea de saber para dónde caminaremos cuando las rutas queden, una vez más, abiertas.