La experiencia habitual de ir al cine incluye un refresco y una bolsa jumbo de palomitas como mínimo. De alguna manera, la idea del cine va de la mano con esta golosina. No puede ser de otra forma, la venta de palomitas y otros tipos de comida y bebida constituyen el 85% de las ganancias de las cadenas dedicadas a la proyección de películas. Pero, ¿cómo se entabló esta relación?

Todavía en los años 20 la experiencia de ver una película era más bien “elegante”. Los cines tenían entradas parecidas a los teatros clásicos y de ópera, en las salas había candelabros de cristal y alfombras mullidas. Ocasionalmente, algunos vendedores ambulantes ofrecían cacahuates o palomitas en la calle enfrente de los cines, pero los dueños de las salas, temerosos de que sus alfombraras terminarán manchadas, procuraban que la gente no entrara con comida a sus proyecciones.

La historia de las salas de cine cambió para siempre gracias a Julia Braden, una mujer visionaria de Kansas City, Missouri. Ella convenció a los dueños del Linwood Theater de que le permitieran montar un pequeño puesto de palomitas afuera de las salas. La idea de Julia fructificó de tal manera que para 1931 tenía cuatro locales de palomitas en cines distintos. Sólo con eso, hacía alrededor de 14,400 dólares al año, lo que equivaldría a 336 mil dólares hoy en día. Su negocio incluso floreció en los años de la Gran Depresión estadounidense (que comenzó en 1929).

CineAntiguo

Por su parte, a mitad de la década de los 30, el empresario R. J. McKenna, que tenía varios cines en la costa oeste, se dio cuenta de que el anciano que vendía palomitas afuera de una de sus salas había juntado suficiente dinero como para comprar una casa, una granja y una tienda. Así que decidió instalar máquinas de palomitas en cada uno de sus locales. Hacia finales de la década, ganaba 200 mil dólares sólo por la venta de palomitas.

Así comenzó todo. Para los años 40, casi todas las salas de cine en Estados Unidos tenían máquinas de palomitas. Las alfombras y la elegancia se cambiaron por el olor a mantequilla. Un empresario de la época incluso daba el siguiente consejo:

“Encuentra un buen lugar para vender palomitas, y construye un cine alrededor de eso”

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Si quieres saber más sobre la historia de las palomitas en las salas de cine, puedes consultar el libro de Andrew F. Smith, Popped Culture: A Social History of Popcorn in America.

vía The Ney York Times

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