Hace varias semanas tuve la suerte de presenciar la primera proyección en América de algunas escenas de la nueva película de Godzilla. Algo tremendamente emocionante: el director Gareth Edwards estuvo ahí presentando las escenas y respondiendo preguntas, los cortes aparecieron recién pasados por el horno –algunos de los efectos especiales y de sonido estaban, incluso, inacabados-, y la publicidad gráfica mostraba ya que las cosas se estaban tomando en serio. ¿Y por qué habría dudas sobre la seriedad del proyecto? Justamente porque hacer una película de Godzilla no son enchiladas.

El monstruo gigante más conocido y reconocido nació hace sesenta años de la mano de la industriosa e icónica productora japonesa Toho. Desde entonces, fundó la estética Kaiju (el asunto de los monstruos gigantes) dentro del género Tokusatsu (películas que utilizaban un considerable esfuerzo en efectos especiales) en Japón y en el mundo. Con los años, pasó de figura de terror hasta amigo de los niños retratado en loncheras, tuvo su estrella en el camino de la fama de Tokio y se han hecho, incluso, algunos estudios mitad serios mitad divertidos por científicos de reconocimiento mundial sobre su anatomía. Godzilla es pues una figura prominente en la cultura popular y no hay persona viva a la que su nombre no resuene en pensamientos de gigantismo destructivo. Pero Godzilla también es mucho más que todo esto. Desde el corazón de Japón hasta el amor de los fanáticos internacionales hay todo un culto alrededor de las casi treinta películas que se han filmado con el entrañable personaje: los fanáticos de Godzilla llegan a mostrar un conocimiento enciclopédico sobre la criatura y sus implicaciones, las líneas de trama y sus transformaciones. Por ellos también, como dije, hacer una película de Godzilla no es cualquier cosa.

Entre las preguntas que tenía en la cabeza y que algunos periodistas hicieron a Edwards, rondaba siempre la incesante cuestión de una rica y vasta tradición que guarda, recelosa, en el corazón de los conocedores, preceptos intocables. En general el problema está en la terrible adaptación de Roland Emmerich en 1998, primera creación americana contemporánea alrededor de la famosa criatura. Las críticas llovieron de todas partes. No nada más porque el guión es deficiente, o porque los esquemas narrativos de Emmerich, que se apoyan demasiado en el suspenso de “ya merito me agarra” –la ola, el rayo destructor alienígena, la onda de frío…-, son previsibles, o porque los pequeños guiños de comedia inocentona con Mathew Broderick y Jean Reno son terribles, sino porque se atrevió a romper algo sagrado. Y me refiero, claro, a la criatura misma.

A este Godzilla se le ha llamado el GINO (Godzilla In Name Only) o, más polémicamente, el Zilla: le quitaron la parte divina (el god) al monstruo y lo convirtieron, con una pincelada, en una lagartija hipertrofiada que pone huevos y come compulsivamente pescaditos. El diseño, anatómicamente más realista, mostraba las terribles deficiencias de la intención del adaptador: Emmerich quiso acercar a Godzilla al público americano de la misma forma en que trató de recrear un ataque alienígena o el fin del mundo, con un realismo superficial que se apoya únicamente en porciones de guión y que intenta apresuradamente reconstruir una situación extrema volviéndola risible. Como ya dije en otra ocasión, no es que tenga algo en contra de las películas apocalípticas de Emmerich que son también icónicas y que nos divirtieron como enanos. Lo que resultó terrible aquí fue la completa falta de respeto a una tradición que alberga a un grupo verdaderamente instruido de fanáticos en el mundo.

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Fotograma de Godzilla (1998)

En una entrevista de 2004, Shogo Tomiyama, el encargado de continuar el legado de Godzilla después de la muerte del mítico director Ishiro Honda, hablaba de la idea divina que Hollywood no respetó: esta criatura se acerca más a un dios de la destrucción que crea el renacimiento de las cenizas que a una simple lagartija gigante. Godzilla llegó a hablar, comunicar, peleó lado a lado con los humanos frente a mayores amenazas, cambió el color de su rayo atómico, fue temible y, finalmente, se convirtió, para bien o para mal, en un personaje entrañable de películas más dirigidas a un público infantil. Frente a esto, las preguntas que asediaban mi curiosidad y, supongo, la de millones de fanáticos, giraban en torno a la necesidad de otra adaptación americana, a la legitimidad de sus intenciones –sí, como si se tratara de pedir la mano de una doncella- y al respeto necesario frente a una tradición enorme que percibe críticamente cualquier adaptación fuera de Japón. Sin embargo, de entrada, sabemos que Toho, después de un silencio de diez años, está involucrado en la producción con Legendary Pictures y Warner, y que la elección de los productores cayó en manos de un director joven y tremendamente prometedor.

Y sí, la elección de Gareth Edwards para esta adaptación daba, de inicio, algo de esperanza. Porque Edwards se forjó como Del Toro. Aficionado primero con lo que él mismo llama “una extraordinaria resistencia receptiva para la ciencia ficción”, este director forjó su camino cinematográfico trabajando en efectos especiales. Pronto ganó un concurso que consistía en filmar una película de un actor, con crew mínimo en 24 horas en su natal Inglaterra y sorprendió al mundo con su tremendo debut filmado en tierras mexicanas: Monsters (2010). Esta película se realizó con menos de 500,000 dólares, en una camioneta, con 5 miembros de filmación y dos actores. No hubo dinero para pagar a los extras y el guión fue creado con una necesaria apertura para improvisar las tomas según un lineamiento general con personas reales, en medios reales, a los que se superpuso una posproducción en efectos especiales creados en el cuarto de Edwards, por el propio director, en una laptop.

El resultado es entrañable. Porque Edwards quería hacer “la película de monstruos gigantes más realista jamás hecha” y es aquí en donde su idea de realismo difiere radicalmente de la de Emmerich. El mundo creado no se vuelve verosímil con tres líneas forzadas en el guión, ni con efectos especiales innecesarios, ni con espectaculares tomas de Manhattan en ruinas. Todo pasa en un mundo que aparece como la extensión recreada del nuestro, con los mismos conflictos políticos, económicos, sociales -un poco como, en otro género, el divertidísimo libro de Brooks World War Z que vino a desgraciar Brad Pitt-, y el elemento extraordinario de la presencia extraterrestre de monstruos gigantes en la frontera con Estados Unidos. Seis años después de la aparición de estas extrañas formas de vida, los trazados fronterizos cambian, las dinámicas sociales se modifican y los problemas políticos se agudizan en torno al evento inesperado. Y todo se da a través de reportajes televisivos, mapas en estaciones de tren, nuevas generaciones de coyotes que se enfrentan no nada más a una migra violenta sino a seres de otro mundo. Todo este ambiente se da por sentado, no se dice, no se explica como en Emmerich. El resultado es, a pesar de algunas necesarias torpezas, increíblemente eficaz y entrañable.

Después de producir Cloverfield en 2008, de la mano del tremendo director Matt Reeves -que ahora dirigió Dawn of the Planet of the Apes– y del también tremendo escritor Drew Goddard –Buffy the Vampire Slayer, Lost, The Cabin in the Woods– (al que sólo no le perdonamos, justamente, la adaptación de World War Z), J. J. Abrams realizó en 2011 su película de fanático abnegado: Super 8. El asunto aquí era retratar –algo insistentemente- la época de su adolescencia y el amor por las películas de Spielberg que –también algo insistentemente- trata de homenajear. El resultado gustó a muchos y tuvo, en general, una buena recepción que ya confirmaba la tremenda posición de Abrams en el mundo de la ciencia ficción hollywoodense (digo, ya para que le den los proyectos de Star Trek y Star Wars). Fuera de que, en lo personal, me parece una película complaciente y aduladora de lo que yo llamaría “ciencia ficción de catre” (sentimentaloide, con el hombre como centro del universo, romántica) el hecho es que Abrams, como Del Toro, tuvo que recorrer un largo camino para poder expresar en película su admiración por un género, una época, una experiencia cultural que siempre vivió íntimamente.

A Edwards el proyecto de Godzilla le cayó intempestivamente y, después de oír sus respuestas y verlo presentando las escenas de su película, puedo decir que está completamente consciente de su fortuna y de los riesgos de esta empresa. Como fanático real que vivió las películas anteriores, el director expresó reiteradamente su amor por el personaje, por el género y la voluntad que guió el proyecto en su relación cercana con los productores: hacerle justicia a este enorme personaje y a los fanáticos que merecen su respeto.

Edwards es humilde pero se da su lugar: trabajó como demente en la conceptualización de la criatura, se encerró durante meses para darle una forma adecuada al guión sin jamás dejar de imprimirle al proyecto su propio sello. De nuevo, tomarse la situación extraordinaria de una criatura gigante en el mundo con toda la seriedad posible, adecuar el realismo que caracterizó su película anterior con una historia centrada en la trama muy humana de una familia íntimamente, trágicamente, involucrada en los acontecimientos. Y su visión va más allá: involucrar la temática política, regresarle a Godzilla algunas de las cualidades que se perdieron en el 98, volverlo una fuerza de la naturaleza, dialogar con Toho, claro, pero buscando la identificación de un amplio público. La tarea suena difícil, ciertamente. Pero después de ver algunas secuencias que no aparecen en los tráilers y pensando la perspectiva de los fanáticos die-hard del género, puedo decirles que la perspectiva es enormemente alentadora.

El director pidió discreción, que no se revelara mucho de lo que vimos ese día. Lo único que les puedo decir es que a diferencia del intimismo romántico y autorreferencial de Abrams y del realismo banal de Emmerich, este joven director quiere regresarle la dignidad a las adaptaciones americanas y el respeto completo a los fanáticos entre los que se incluye. Batallas épicas, meollo político, fuerzas de la naturaleza contra el hombre, realismo delicado y anecdótico, efectos cuidados, oscuridad y revelación de Kaiju(s); todo apunta a una ambiciosa y humilde taquillera que quedará en la memoria. Porque, según sus propias palabras, Edwards creció viendo los logros de Cameron en películas que resisten el paso del tiempo (Aliens, Terminator II) y se propuso la misma prueba de fuego:

“Si no apunto a lograr hacer sentir al espectador el horror y el suspenso, si no quiero lograr una respuesta emocional entonces es completamente inútil intentar hacer esta película (…) si no logro hacer esto bien lo lamentaré toda mi vida”.

Y sí, millones esperamos ansiosos que éste no sea el caso.

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