Shyamalan marcó su gran regreso con una película que merece el estatuto de culto.

Al reseñar Split, me dejo ganar por una emoción particular: hace mucho tiempo que no iba al cine y encontraba, en un maravilloso final, una sorpresa que me regresara tan brutalmente en el tiempo. Claro, para comentar esta sorpresa, es necesario entrar a detalle en los SPOILERS. Si no han visto esta cinta, quedan advertidos: no sigan leyendo.

Para los que se quedaron, entremos en materia. Al ver a Bruce Willis en ese taburete de restaurante, no nada más cobró una nueva dimensión la cinta de M. Night Shyamalan, sino que el público desprevenido tuvo una regresión de quince años. Para mí fue un golpe, como cuando un olor te recuerda el patio de primaria, que movió mi presente hacia un pasado lejano. De pronto, no era yo, sino el adolescente excitado que alguna vez fui, el que estaba en la butaca.

Este poder debería bastar para justificar, ñoñamente, el estatuto de culto de Split. Pero el asunto va mucho más allá. En esta regresión maravillosa que operó Shyamalan, a través de la sorpresa, encontramos una reflexión temática que retoma las locuras de Unbreakable. Y lo hace con una seguridad autoconsciente única. Superando la dependencia terrible que tenía por los vuelcos banales, Shyamalan dio así, un vuelco importante a una carrera que, por decepción constante, habíamos dejado de seguir.

El cazador y la presa

Cuando se va acabando Split uno recuerda, de pronto, que era una película de Shyamalan. Es más fuerte que él y más fuerte que todos nosotros: en algún momento tiene que venir un giro, alguna sorpresa final, algo. Mientras esperamos ese giro de tuerca típico del director, comenzamos a preguntarnos si no pasó ya la revelación: ¿Será que el último giro es que La Bestia perdona a su presa por entender que es, como él, un ser puro, traumado, marcado por el sufrimiento?

No, no podía ser eso el giro final. Tampoco podía ser una revelación del abuso sexual de Casey a la policía. Esta cinta, con ese final, parecía, de hecho, ser algo bastante poco shyamaliano (si se puede decir así). Porque el final discreto de Casey viendo a la policía sin tener el valor de confesar el abuso y el paneo de la cámara hacia la estatua del león con su presa, era de un simbolismo sutil y cuidado que indicaba más reflexión que espectáculo. Y esa no es la firma del director.

Al pronunciar el nombre de Kevin en voz alta, Casey terminó por confinar al pobre hombre para que La Horda tome el control definitivo del cuerpo. Así, La Bestia se materializa, en todo su poder, en todo su alcance, cuando su víctima trata de conjurarla; porque Casey crea a La Bestia tanto como La Bestia crea a Casey.

Al mismo tiempo, La Bestia es quien, por primera vez, hace sentir a Casey que puede luchar contra su destino de víctima. Al transmitirle una filosofía del sufrimiento humano como pilar evolutivo, el depredador salvaje entiende la empatía y le enseña, a Casey que puede pelear, que esa escopeta que alguna vez no disparó frente a su tío sigue estando en sus manos, que puede hablarlo, denunciar, enfrentarse al viejo trauma imposible.

En un momento paralelamente opuesto, las compañeras de celda de Casey intentan convencerla de rebelarse, de atacar a su secuestrador, unidas. Y la respuesta de Casey es de hartazgo: ella está vencida desde el principio porque siempre se ha asumido como víctima. Desde que no mató a su tío, en el viaje de caza, ella aceptó ser la que siempre será cazada.

Ahora, con La Bestia, su trágico destino se revierte y, de pronto, la víctima queda empoderada, la víctima entiende su fuerza, su poder, su capacidad de venganza. En cierto sentido, La Bestia se crea así, en la fina línea entre el villano y el héroe, como el vengador de las víctimas, como un protector de los débiles.

Un descosido para un roto

De pronto, en la imagen de Casey dudando frente a la policía bajo la estatua del león, nos damos cuenta que esta película es la historia de creación de un villano caricaturesco; que todo el esfuerzo exagerado e histriónico de la cinta tiene un punto; que todo lo que vimos se hizo en la necesidad de crear una historia de origen; que la división entre víctima y victimario, justiciero y villano, se borra, finalmente para llegar a una revelación final.

La Bestia y La Horda, los nombres terroríficos que recita la televisión en ese pequeño café cobran entonces un renovado sentido frente a esa otra historia de creación, quince años atrás, que fue Unbreakable. Mr. Glass y David Dunn se suman sorpresivamente al elenco y, de pronto, todo tiene sentido en la creación de un universo expandido que, dentro de treinta gloriosos segundos, confiere un sentido absolutamente maravilloso a la cinta.

Mr. Glass tenía, justamente, la teoría de que los superhéroes debían enfrentarse a dos tipos de villano: el villano de la mente y el villano del cuerpo. Él mismo, en Unbreakable, era el villano de la mente y ahora, Kevin, La Bestia, La Horda, es el perfecto villano del cuerpo.

Como némesis, como exacto contrario a Dunn, el superhéroe, La Bestia ha sufrido toda su vida del maltrato físico y emocional. Dunn, en cambio, fuera de problemas maritales arreglados, de pequeños incidentes aislados, ha vivido la vida ideal americana: empleo, propósito, familia integrada por su hermosa novia de la prepa… Digo, hasta fue un prodigio del fútbol americano.

Los títulos de la cinta tienen ahora un significado renovado: Unbreakable habla de la absoluta unidad del personaje de Willis comparada con la fragilidad de Mr. Glass. Y Split se opone a lo irrompible como se opone, también, a lo que se despedaza. En la idea de un ser fragmentado las partes no se separan, sino que se dividen. Aquí hay una idea final de unidad y de coherencia. Lo fragmentado es aquello a medio camino entre lo sólido y lo despedazado: es la mezcla perfecta del villano de la mente con el cuerpo indestructible de David Dunn.

Así, La Bestia también reúne todas las otras características necesarias del villano de cómics que tan bien define Mr. Glass en la primera parte de esta historia. Porque, por ejemplo, adopta rasgos de los animales con los que vive: la agilidad de los insectos al trepar muros aprovechando rugosidades, la fiereza depredadora de un gran felino, el gesto asesino de la boa constrictor y, por si fuera poco, vemos cómo ataca una jaula como tiburón enardecido con dientes inyectados de sangre.

De pronto, todas estas locuras que parecían capricho se ven bajo una nueva luz y la cinta cobra sentido con ellas. Porque el aspecto caricaturesco de la psicóloga, del trastorno, de la creación del personaje, de los elementos de ciencia ficción de fisiología dudosa son cosas absolutamente propias a los cómics. Todo en las páginas de la historia de las viñetas es psicología popular, ciencia ficción, antropomorfismos alocados e historias rebuscadamente sencillas de creación de personajes.

La bomba ñoña

Al introducir otro villano mesiánico que, como Magneto, habla de la superioridad de los mutantes y de su lugar en la cadena alimenticia, Shyamalan creó un universo expandido que merece más cintas. En todo caso, se hagan o no se hagan más cosas sobre este sorpresivo y maravilloso delirio geek de superhéroes cotidianos y villanos evolutivos, Shyamalan logró algo sin precedentes.

Esto es un evento de gran magnitud ñoña: en ningún momento se vendió esta película como Unbreakable 2 –cosa que hubiera arruinado completamente el asunto– sino como una cinta aparte, con bondades y errores propios. De pronto, el tono, el balance entre seriedad traumática (en la historia de Casey) y exageración caricaturesca (en la psicóloga, en la actuación de McAvoy, en los elementos trillados del slasher y el drama mental), cobra sentido. Pero esta cinta pudo, muy bien, funcionar sola como un experimento alucinado más de Shyamalan, más cercano a Sixth Sense, Unbreakable y The Visit que a los otros bodrios de su filmografía.

Y, de pronto, con ese final tan inesperado, Split se integra con sutileza a un universo que ya habíamos olvidado. De pronto, ese lugar de nuestra imaginación emocionada, en el principio de los dosmiles, por ver verdaderas locuras de superhéroes, ese momento ahora tan lejano en el que todavía soñábamos con la posibilidad lejana de universos expandidos, vuelve a vivir, redimensionado por quince años de Marvel y DC en pantalla grande.

Al expandir Unbreakable hacia toda clase de posibilidades imaginarias, Shyamalan nos hizo recordar un tiempo más inocente en el que no existían tantas y tan complejas mitologías en el cine de superhéroes. Y, al mismo tiempo, lo hizo creando una nueva mitología con sorpresa y genial paciencia. Este gesto merece un aplauso y se gana, por un movimiento genial de lectura cultural, el estatuto de culto que también mereció Unbreakable.

En un mundo lleno de universos alternativos cada vez más populares, amplios e inagotables, Shyamalan encontró una nueva historia que se siente como algo fresco, único, cariñoso y visceral. Así, soltó sobre nosotros una bomba ñoña que nos hace reflexionar sobre los quince años pasados en la construcción de narrativas complejas, en el trato que hemos dado a los superhéroes, en nuestra cada vez más escasa capacidad de sorpresa.

Y sí, con esta cinta, el polémico director afirma lo que nosotros, los ñoños, nunca hemos dejado de decir: los clichés son hermosos en manos de quien pueda desnudarlos y hacerlos propios para darles, de nuevo, el lustro perdido de la originalidad.

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