Sucedió algo que parecía imposible: Shyamalan regresó con la mejor ñoñada que ha hecho en 15 años. Y el resultado es Split, una locura de suspenso consciente.  

Era difícil esperar algo de una nueva cinta de Shyamalan. Pero, después de tantas decepciones, el regreso de este director que alimentó nuestra más pirada imaginación a finales de los noventa, es algo particularmente atinado. Split es una cinta que logra balancear sus elementos genéricos con una exageración histriónica que se justifica por la consciencia del director y un final francamente maravilloso. Así, el desenlace ñoño de la película le da absoluto sentido a todos los clichés que enarbola sin mucha vergüenza. Claro, no puedo hablar de ese final sin arruinarles la película. Así que, manteniendo intactos ciertos cariños y ciertas sorpresas, esta reseña no tendrá todos los spoilers (aún así, tengan cuidado porque, como ya me comentaron, algunas cosas se queman en el camino).

El caso Shyamalan

Shyamalan cayó hace mucho mucho tiempo del pedestal en donde alguna vez lo pusimos. Sixth Sense no fue nada más una excelente película de horror con momentos francamente horripilantes, grandes actuaciones –Toni Collette en todo su esplendor– y una simbología curada de manera hábil. No, esa primera cinta de Shyamalan fue, en realidad, un parteaguas generacional. Digo, al menos en mi rango de edad, dudo que alguien no haya ido al cine, como adolescente descarriado, para sorprenderse con esa joya rara del horror psicológico.

Después de esa gran primera cinta, Shyamalan parecía consolidarse en el gusto más ñoño. Así, su segunda película, Unbreakable, se convirtió en un clásico de culto que también tuvo una profunda pervivencia generacional. Unbreakable vino –mucho antes de las adaptaciones de Netflix al universo Marvel– a traernos el espíritu oscuro y crudo que Michael Bendis imprimió a Alias: los superhéroes también pueden ser humanos, tener deseos, necesidades, caminar por las calles y pasear a sus perros; se puede, también, crear un universo de superhéroes sin necesidad de exageraciones grotescas, disfraces elaborados y colores saltones. La idea de Unbreakable era de una ñoñez única y cariñosa. Pero, desgraciadamente, la genialidad impaciente de Shyamalan pareció agotarse ahí.

Toda la sarta de locuras posteriores nada más mostraron que el talento narrativo de Shyamalan era desigual y dependía demasiado de rebuscados giros finales para rescatar, dentro de tramas rápidas y banales, algo emocionante. Sin embargo, hace un año, el director nos volvió a sorprender. Una pequeña cinta de bajo presupuesto mostró que no necesitaba de giros sobrenaturales o locuras convulsas para hacer una historia de eficiente suspenso. Así, The Visit se convirtió en la primera cosa observable que haya hecho este director en 15 años.

Y ahora, enrachado, Shyamalan nos entrega una deliciosa mezcla de suspenso y humor con un giro final tan hermosamente ñoño que, cosa que nunca me ocurre, solté un grito de emoción en una sala de cine incrédula. Split es, verdaderamente, el regreso consciente de un director a sus raíces, un gran retorno a la época de Sixth Sense y Unbreakable que nadie esperaba ya. En esta época de anticipaciones sin sorpresa, este gesto valiente de reivindicación geek es, sencillamente, hermoso. Por algo lo digo, esta cinta, mezcla única de Sixth Sense y Unbreakable, nos regresa el Shyamalan de la diversión básica pero honesta que tanto extrañábamos.

Shyamalan, un hijo del cliché

Split comienza como una típica cinta slasher: tres chicas adolescentes, hermosas y despistadas, son secuestradas por un loco con una exagerada condición mental. El trastorno de personalidad múltiple de Kevin es, más que un trastorno real, un principio de psicología popular desarrollado para crear un villano caricaturesco. Y la película se crea, a partir de ese momento, como un thriller interno sobre las personalidades que controlan a Kevin y los viejos traumas de Casey, una de las secuestradas.

Finalmente, entenderemos, a través del infinitamente conocido papel de la psicóloga estereotípica que sirve como engranaje explicativo con líneas acartonadas en el guión, que la enfermedad de Kevin es mucho más compleja de lo que aparenta. Al parecer, influenciado por las teorías de su terapeuta y la presencia de animales en el zoológico para el que trabaja, Kevin ha desarrollado una personalidad terrible llamada “La Bestia”.

La Bestia es una exaltación de todo lo que Kevin cree que debe ser para lograr el respeto de sus congéneres: un ser fuerte, musculoso, brutal y terrible con poderes casi sobrehumanos y una filosofía peculiar del sufrimiento. Porque La Bestia considera que la comodidad pervierte a una humanidad que necesita del dolor –tanto emocional como físico– para evolucionar. Al crear esta personalidad, Kevin cambia su química corporal por completo, comprobando lo que su psicóloga siempre intuyó: una persona con este trastorno no es un ser inferior sino, más bien, un eslabón superior de la humanidad que muestra las capacidades somáticas infinitas de nuestro cerebro.

Hasta ahora, todos pueden apreciar que ésta parece ser otra de las típicas películas de Shyamalan: una historia creada al vapor, con una idea bastante previsible –y hasta banal– que se desarrolla de manera eficiente para llegar a un final algo decepcionante. Y sí, cuando comienza uno a ver Split, salen a la luz todos los clichés de su construcción. Porque ésta es una cinta que explota, hasta el cansancio, los más viejos tropos de terror gastado en Hollywood.

Esta amalgama de tropos gastados y medios técnicos previsibles funciona de una manera inesperada.

Como dijimos, aquí están algunos elementos del slasher clásico mezclados con la influencia de cintas sobre asesinos seriales: tenemos a las jóvenes impuras que, en algún momento, tienen que desnudarse parcialmente para mostrar con más filo su belleza; está el potencial asesino con problemas psicológicos exagerados; está la explotación de ambientes claustrofóbicos y el diseño de arte que ilustra el trastorno del antagonista (dibujos en la pared, grabaciones desconcertantes, una sordidez en el ambiente general); está la idea del horror corporal más viejo en el que la sensualidad de las jóvenes se explota con la idea sexual de una bestia masculina que se alimenta de carne femenina; y está la ya mencionada psicóloga caricaturesca que explica la condición mental con una vulgarización médica predecible (un papel que se parece aquí al papel del “experto” Malcolm McDowell en la genial Halloween de Rob Zombie).

Todos estos elementos, además, se conjuntan con el uso de distintos elementos técnicos que Shyamalan explota sin la misma lucidez elegante de, por ejemplo, James Wan. Vemos muchas tomas de POV (punto de vista), travelings largos en las persecuciones, el uso de claroscuros en la foto (que crean la tensión entre lo que no puede ver la víctima y lo que ve el victimario), ángulos picados que muestran el hacinamiento de las adolescentes, la recurrencia de los close ups faciales para mostrar el miedo de las perseguidas y la locura del perseguidor…

Y todo esto podría sonar como la receta perfecta para otro fracaso. Sin embargo, esta amalgama de tropos gastados y medios técnicos previsibles funciona de una manera inesperada. Porque la autoconsciencia que muestra Shyamalan en la dirección de Split es el síntoma de un director en paz con sus bodrios. Aquí no se siente la pesada solemnidad de The Village o, peor aún, de The Lady in the Water, sino que hay un tono juguetón que nos recuerda, todo el tiempo, que el realizador de la cinta, de hecho, se divirtió haciéndola. Así, como dijo Shyamalan en varias entrevistas, en esta cinta se logra amalgamar, con un tono entretenido, seguro y desenvuelto, una dosis bien mezclada de suspenso y humor con la absoluta seguridad de quien tocó fondo para levantarse renovado.

El tono lo es todo

Una de las más apremiantes críticas que se le hizo a Split fue que caricaturizaba de manera negativa un trastorno psicológico real. En este sentido, como en muchas películas de Hollywood, la representación de padecimientos mentales aparece bajo el signo del peligro; como si, necesariamente, la enfermedad psicológica llevara a la violencia. Y sí, es cierto, ésta es una exageración bastante libre del trastorno de personalidades múltiples.

Pero, fuera de la caricatura que se hace, la enfermedad que aquí muestra Shyamalan –con tanta desfachatez ficcional– sirve un propósito. De alguna manera, es esta misma representación del trastorno de personalidad múltiple la que crea un marco peculiar de ciencia ficción en la historia. La idea es que, si el cerebro puede ser engañado, por medio del placebo, por ejemplo, para curar al cuerpo, ¿qué no podría hacer si, empujado por el trauma, se convenciera de que tiene superpoderes? ¿Existiría un límite, entonces, para las mutaciones del humano?

Aquí la premisa, absolutamente ficticia, de que una personalidad en el cuerpo del enfermo puede ser tan convincente para la mente que llega a transformar la química corporal sirve, entonces, para crear progresivamente la amenaza de esta Bestia como un estado supremo de la evolución humana. Esta idea se apoya, además, en una desconfianza generalizada hacia los psicólogos: cuando un terapeuta experimenta con un paciente puede terminar creando la condición que se sugirió, primero, como teoría o diagnóstico prematuro.

La mezcla bizarra de Shyamalan adquiere una personalidad propia que es extrañamente fascinante de presenciar.

Con esto, Shyamalan regresa, de alguna manera, a las locuras de Sixth Sense y Unbreakable: los hombres pueden desarrollar sentidos sobrenaturales por circunstancias excepcionales. Y estos sentidos los convierten, de alguna manera, en superhéroes o supervillanos. Así, de la misma manera que en Unbreakable, ésta es la historia de creación de un supervillano a través de la misma idea del hombre superdotado: David Dunn (Bruce Willis) nace por una necesidad social, La Bestia nace por las circunstancias excepcionales de su mente; y ambos muestran, en un gesto muy X-Men, que el cuerpo humano no es el límite final de la evolución.

Además, como decía, toda en Split funciona porque muestra lo absolutamente ridículo de todas sus premisas. Por un lado, la excelente actuación de James McAvoy retrata tan bien el sentido de la cinta por la exageración histriónica que, sin el tono divertido y autoconsciente de la cinta, sería simplemente molesta. Así, el desplante de las personalidades múltiples (en particular de Patricia y Hedwig) sirve como un trasfondo de horror que resulta particularmente gracioso. Los tics de la personalidad femenina y la personalidad infantil –con un número desquiciado de baile en medio– son de un humor voluntario, exagerado y bien llevado.

Al mismo tiempo, los flashbacks que construyen la tragedia de una de las secuestradas, con sus matices coloridos, en todos amarillos, en espacios abiertos, muestran una realidad aún más claustrofóbica que la que vive en el secuestro presente. Y se trata de una historia terriblemente cruda de abuso sexual infantil que hiela la sangre. Con este tema espantoso entre momentos de horror trillado, suspenso entretenido y humor histriónico, la mezcla bizarra de Shyamalan adquiere una personalidad propia que es extrañamente fascinante de presenciar.

Cada elemento dramático, técnico, histriónico que utiliza Shyamalan –incluyendo su propio cameo– son plenamente conscientes del efecto que quieren lograr.

En todo momento de la película se siente que el director comprende los elementos que maneja, explota y abusa. Es por eso que el humor de la cinta funciona tan certeramente y que las partes de drama familiar horrendo nunca son solemnes: cada elemento dramático, técnico, histriónico que utiliza Shyamalan –incluyendo su propio cameo– son plenamente conscientes del efecto que quieren lograr. Y el director se abalanza sobre ellos con hambre de velocidad y rápida satisfacción palomitera.

Conforme se acercaba el final de la cinta sentía, cada vez más, que el último giro, tan típico de Shyamalan todavía faltaba; había algo que todavía tenía que realizarse. A pesar de sentir, en todo momento, la importancia de la exageración y la caricatura en la creación de personajes nunca esperé que el giro final fuera a justificar tan perfectamente el tono de la cinta. Y esta máxima sorpresa que aguarda, paciente, escondida, sutil y maravillosa, en los últimos treinta segundos de la trama reunió, en un solo gesto, todas las críticas y las bondades de Split para llevarla a otro nivel. Y sí, la película alcanza el culto instantáneo que justifica, absolutamente, todos los excesos y enaltece todos los logros que se disfrutaron, extraños, durante este desigual recorrido.

Lo bueno
  • La mezcla maravillosa de suspenso y humor
  • La gran actuación caricaturesca y autoconsciente de James Mcavoy
  • El enorme talento, ya demostrado en The VVitch, de la bellísima Anya Taylor-Joy
  • La cruda mezcla de los detalles histriónicos y cómicos con el trasfondo crudo del abuso sexual infantil
  • La gran representación, al borde del cómic, de las fronteras móviles entre el victimario y la víctima, el justiciero y el villano
  • El final que no nada más justifica toda la película sino que la redimensiona con una enorme sorpresa
Lo malo
  • Que los poco pacientes pueden desesperar antes de ver el grandioso final
  • Que los aspectos más caricaturescos de la cinta pueden parecer ridículos sin ese final
  • Que no esté asegurada la siguiente cinta
Veredicto

En esta película Shyamalan no nada más sabe lo que hace sino que sabe lo que se espera de él. Es por eso que resguardó el final de Split con tanto celo. Si yo, escribiendo una nota sin spoilers, no me podía aguantar para ñoñear con la última escena, no me imagino lo que él sintió al mostrar, por primera vez, su engañoso truco de ampliación narrativa. En todo caso, lo que aquí logró un director que había caído, deplorablemente, de nuestra gracia, fue volver a darle sentido a una carrera que se tornaba hacia el desastre. Y lo hizo con melancolía bien emplazada, mezcla genérica, dirección segura y explotación original de una cantidad considerable de clichés. Esto, amigos míos, es lo mejor que ha hecho Shyamalan en quince años y es, sin duda alguna, la mejor sorpresa geek en lo que va del año. Una cinta imperdible que, sin duda, se ganará un intrigante estatuto de culto por despertar, en nuestra generación, las ganas de volver jugar con muñecos y soñar con superhéroes y villanos.


Título: Split.

Duración: 117 min.

Director: M. Night Shyamalan.

Elenco: James McAvoy, Anya Taylor-Joy, Betty Buckley.

País: Estados Unidos.

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