Tal vez sea la cosa más trillada del mundo empezar cualquier tipo de discurso con una cita del diccionario. Recuerda a la sarna de todo padrino de bodas en las repetidas y repetitivas comedias románticas norteamericanas. Y sin embargo, para hablar de la nueva película de Cuarón, tenemos que empezar por ahí. Digo, Sandra Bullock está en la película y, siendo la chica ruda de las comedias románticas, nos puede permitir este tan choteado brinco.

La tomemos del Webster o de la R.A.E., la definición de “gravedad” o gravity tiene diferentes acepciones que van de la física más conocida –Newton con su manzana- al uso cotidiano como lo grave, lo solemne, lo serio, enorme, importante. En cualquier caso, estas dos definiciones comunes no pueden quedar de lado si nos proponemos reflexionar algo de pasada sobre la más reciente producción de Cuarón.

Como prodigio técnico la película es, de entrada, impresionante: astronautas la han descrito como la experiencia cinematográfica más cercana a la sensación de gravedad cero, el maestro de la ciencia ficción (bueno, y de la cursilería, las películas interminables y los submarinos) James Cameron la alabó como la mejor película sobre el espacio exterior –levantando los puños indignados de más de un fanático del género espacial-, y hasta tuvimos la gracia de un reportero nacional sinceramente creyendo que, en efecto, el Chivo y Cuarón y toda la tropa de actores y vestuaristas estuvieron flotando sobre nuestras cabezas para realizar la proeza. De todas formas, estas reacciones demuestran bien lo que ustedes mismos pueden confirmar: la película es majestuosa en el retrato realista de la ingravidez.

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El elemento del vacío, la ausencia de la tierra siempre presente, a cada momento más amenazante: la deriva es terrorífica, la añoranza del asidero al piso se refleja en el sueño de hincharse y volar como en novela de García Márquez, perderse en la nada, la oscuridad, el silencio, la ausencia de todo. La ingravidez es una amenaza peculiar, desconocida, que nos toma, desde el principio de la película, en sus advertencias descriptivas, fuera de nuestro contexto. No pertenecemos allá arriba, años de evolución nos plantaron los pies a la tierra… y los ojos al cielo. La ingravidez no nos corresponde, la gravedad es lo nuestro.

Así se pude entender entonces la segunda acepción de la palabra, retorciendo un poco el hilo interpretativo, pensando en la gravedad de la trama, de la imagen, de la idea. Cuarón plantea en secuencias largas pensadas con paciencia y neurótica precisión, temáticas alrededor de la vida, el nacimiento, la muerte y la resurrección. Cerca de la muerte, el personaje de Bullock regresa a un estado fetal para después, en epifanía, realizar su deseo profundo de supervivencia. La supervivencia que sólo es posible cuando se enajena la gravedad del peligro, lo profundamente amolado de la situación.

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Es ahí donde entra el personaje de George Clooney, como la ligereza de la experiencia, la ausencia de pánico, la toma de decisiones consciente que se abstrae de la más grave de las situaciones… y la música country. La resurrección del personaje de Clooney en un sueño de dióxido de carbono representa la resurrección interna de la astronauta que interpreta Bullock: ella regresa a la vida, a la voluntad de luchar por vivir al menos. Y cuando lo logra, cuando pesadamente emerge de las aguas para arrastrarse por el fango, abrazar la tierra y erguirse en un paraje salvaje del mundo, la resurrección completa, el regreso a la vida, a la gravedad, a la Tierra, imita el nacimiento de toda vida, la cuestión central, enorme, solemne de la evolución. Finalmente, la imagen de resurrección que se representa, por la gravedad reencontrada en el planeta, calca la salida del primer eslabón del agua, a rastras, a cuatro patas, de pie y, en última instancia, mirando al cielo. Porque aquí Cuarón retoma una vieja preocupación de la ciencia ficción que se mezcla con las tensiones de la guerra fría, los traumas apocalípticos nucleares y las invasiones estelares: ¿los avances tecnológicos nos llevan a progresar? ¿Estamos mejor ahora que antes? ¿Cuáles son los peligros de nuestras aventuras de orgullo humano más allá de nuestro medio?

El director mexicano no trata directamente estos cuestionamientos pero sí deja en claro una reflexión grave: no importa qué tan “avanzada”, “civilizada” y colonizadora de horizontes se crea la raza humana, siempre será ese pequeño saco de huesos y carne frágil, pequeño frente a la inmensidad de todo lo que lo precede y excede. Parece, en un principio que la película se va a anclar a la ya muy aburrida temática de la guerra fría con la culpa soviética sobre este drama estadounidense. Sin embargo, esto es un espejismo, son los chinos y los rusos y las estaciones de cooperación internacional las que salvan a la protagonista. Se trata aquí no de un pequeño asunto entre naciones sino de cuestiones humanas más generales, más profundas, de mayor gravedad: a pesar de la cooperación, de la no-beligerancia en cuestiones de avance científico humano (recordemos que todo ocurre cuando se destruye un satélite espía arcaico ruso), la humanidad se tropieza con las mismas piedras, con los pequeños errores, las malas coincidencias, el azar que no logran domesticar nuestros muy avanzados cálculos, las fallas que no pueden planear nuestro más brillantes esfuerzos en ingeniería. El error, finalmente, humano.

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Tal vez les pueda parecer que sólo es un éxito dominguero con tremendo realismo. Puede ser. Aunque no podemos dejar de considerar que la gravedad atrae todo hacia el centro de la Tierra y que, posados ahí, atraemos todo hacia nosotros; que aunque estemos desmentidos, nos sentimos el centro del universo; y que si se habla de cualquier gravedad es siempre la nuestra, la que nos pertenece, en la planta de los pies posados, o en la interpretación, en la imaginación, en la mente flotando a la deriva. La película tal vez diga más de lo que aparenta, algo sencillo pero esencial, grave y ligero: somos los mismos, nos reconocemos, salimos del fango y, ahora, no podemos dejar de mirar al cielo.

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