El Caballero de la Noche nos permite entender la crisis de la democracia en occidente.

El caballero de la noche, el mismísimo Batman

(Imagen: Warner)

Zygmunt Bauman advertía que nuestra época se distinguía por una condición paradójica: somos la sociedad que más empeño ha puesto en garantizar su seguridad y, sin embargo, en la que más arraigada está la sensación de pánico. A causa de esta contradicción, pareciera que con cada dispositivo de seguridad nuevo, los riesgos se multiplicaran exponencialmente. Al mismo tiempo que aumentan las amenazas, resulta más difícil identificarlas. Los temores, aunque son parte de la vida cotidiana, resultan cada vez más difusos. Esta situación ha producido la extraña sensación de vivir en un caos.

Bajo esta nueva lógica imperante, han sido redefinidas las figuras heroicas. Por ello, no es casualidad que el hilo conductor de la trilogía de Nolan, El caballero de la noche, sea el miedo y la pretensión de dominarlo. Aunque no es un elemento nuevo en el cine, se proyecta de una manera completamente novedosa. La raíz del miedo no es una entidad paranormal, sino la incapacidad de los cuerpos policiales de enfrentar los riesgos que supone una sociedad global. De cierta manera, se podría afirmar que los distintos villanos que se presentan –Ra’s al Ghul, Joker y Bane- adoptan ciertas formas de actuar semejantes al terrorismo, como, por ejemplo, el hecho de que consigan sus adeptos entre los outsiders, aquellos que han sido excluidos, ya sea por razones económicas o, incluso, psico-sociales.

Igualmente sintomático de nuestros tiempos es el modo en la que se pretende solventar las amenazas de estos personajes anómicos. Se trata de la misma lógica que el gobierno norteamericano utilizó para justificar la guerra contra el terrorismo: la exaltación de la decisión soberana. Cuando Alfred le recuerda a Batman que él es el único capaz de tomar la decisión correcta, resuenan las palabras de George W. Bush cuando defendía las medidas excepcionales que adoptó su gobierno tras el ataque de Al Qaeda a las Torres Gemelas: «I’m the decider, and I decide what is best».

Batman, el soberano de Schmitt

(Imagen: Warner)

En las películas se puede encontrar cierto paralelo con la premisa fundamental de la teología política de Carl Schmitt: “El soberano es quien decide sobre el estado de excepción”. La intención de Schmitt al formular esta afirmación es comprender la naturaleza de la soberanía estatal. De principio, se contrapone a dos posturas; por una parte, a quienes asumen que la soberanía radica en el pueblo y, por otra, a quienes sostienen que se encuentra en la Constitución. En ambos casos, Schmitt los acusa de ser excesivamente románticos, pues pierden de vista la práctica real de la soberanía, el modo en que ese poder supremo se materializa mediante una decisión concreta.

A juicio de Schmitt, no hay ninguna norma que pueda aplicarse en el caos. Por ello, la integridad del Derecho está constantemente en riesgo. En consecuencia, se requiere un elemento externo a las leyes que garantice una situación en la que puedan tener vigencia, pues son incapaces de hacerlo por sí mismas.

Esta demanda se debe a la estructura propia del Derecho. Las normas siempre están referidas a lo general, pero siempre existe la posibilidad de que surjan hechos singulares que no hayan sido contemplados por los legisladores. Al no poderse vincular con el caso singular de manera directa, la ley se vuelve inoperante. Schmitt advierte que esta condición no es un error en el diseño de la norma, sino una contradicción en su lógica interna. El Derecho se concibe a sí mismo como un more geométrico, pero trata de regular un mundo que no lo es. Por el contrario, la realidad opera de manera caótica. Por ello, siempre existirán casos no contemplados en la ley, excepciones que excedan la norma.

En consecuencia, la única manera de solventar esta contradicción sería decidir sobre los casos singulares en el momento en que se presenten. Según Schmitt, en esa prerrogativa excepcional reside la soberanía, pues, a su parecer, de esta manera se revela el poder que se encuentra sobre todo lo demás, incluso, las leyes que lo limitan. Así, en las películas Batman aparece en un contexto en el que la ley carece de sentido, pues las instituciones han sido infiltradas por el crimen organizado. La única forma en que podría superarse esta crisis, plantea Nolan, es mediante una figura que este por fuera de la ley, un dictador, tal como sucedía en la Antigua Roma. Así, Batman coincide con la paradoja del soberano.

La paradoja de la soberanía se enuncia así:

“El soberano está, al mismo tiempo, fuera y dentro del ordenamiento jurídico. Cae , pues, fuera del orden jurídico normalmente vigente sin dejar por ello de pertenecer a él, puesto que se tiene competencia para decidir si la Constitución puede ser suspendida in toto… La precisión al mismo tiempo» no es trivial: el soberano, al tener el poder legal de suspender la validez de la ley, se sitúa legalmente fuera de ella”

Y esto significa que la paradoja de la soberanía puede formularse también de esta forma: “La ley está fuera de sí misma”, o bien: “Yo, el soberano, que estoy fuera de la ley, declaro que no hay un afuera de la ley.”

Esta paradoja hace evidente lo que Thomas Hobbes anunciaba en su Leviatán casi cinco siglos antes, es la autoridad y no la verdad la que hacen la ley.

Batman, fuera de la ley

(Imagen: Warner)

Desde la perspectiva institucional, Batman permanece en un umbral de indefinición: es tan necesario para recuperar el estado de Derecho, como incompatible con su vigencia. El caos que reina en Ciudad Gótica ha puesto en tela de juicio sus leyes. Ante la parálisis jurídica de sus instituciones, se requiere de una fuerza externa para superar la crisis que enfrentan. Ya que en esas condiciones el Derecho carece de sentido, la necesidad justifica que se actúe fuera de él, para recuperar su vigencia. Batman es un héroe que debe actuar contrario a la ley para intentar restaurarla, pues no sólo dejó de ser vigente, también perdió su sentido.

El Derecho se funda y se conserva, afirma Benjamin, a partir de la violencia. La ley no condena la violencia en sí misma, sino que sea ajena a sus fines. Para el Derecho, por tanto, no existe nada más pernicioso que la simpatía de la muchedumbre por una violencia distinta a él, pues pone en cuestión su legitimidad y, en consecuencia, su continuidad.

Desde la perspectiva jurídica, quien se encuentra fuera del Derecho y recurre a la violencia debe concebirse, sin importar sus intenciones, como un “gran criminal”. En ese hecho radica el carácter monstruoso de Batman. Las instituciones son incapaces de distinguir entre los héroes y los villanos. Pero, dentro de la lógica excepcional, el héroe no puede operar de otra manera, pues confronta una Ley que se ha convertido en grilletes para la justicia.

El Caballero de la noche y la crisis de occidente

(Imagen: Warner)

La situación que atraviesa Ciudad Gótica en las películas de Nolan se asemeja a la crisis que Agamben ha detectado en los regímenes occidentales. Weber aseguraba que la legitimidad en el mundo moderno devenía de la legalidad. En otras palabras, la legalidad sería suficiente para garantizar la legitimidad estatal. Sin embargo, Agamben sostiene lo contrario. La crisis de legitimidad que atraviesan las democracias representativas no se debe a la ausencia de la ley, sino a su exceso.

Los poderes y las instituciones hoy no se encuentran deslegitimados porque han caído en la ilegalidad; más bien es cierto lo contrario: la ilegalidad está tan difundida y generalizada porque los poderes han perdido toda conciencia de su legitimidad. Una crisis que golpea la legitimidad no puede resolverse exclusivamente en el plano del derecho. La hipertrofia del derecho, que pretende legislar sobre todo, antes bien conlleva, por medio de un exceso de legitimidad formal, la pérdida de legitimidad sustancia.

Schmitt sostenía que la única manera de solventar esta crisis es mediante una violencia, integralmente anómica, que, aunque se considera repugnante, es indispensable para reconstruir el orden.

Esta condición supone, además de una contradicción jurídica, un problema ético y político. En apariencia, lo único que requiere Batman para arrogarse estas facultades dictatoriales es la voluntad de actuar. En el fondo, en esta relación entre la fuerza y la Ley, se encuentra el dilema enunciado por Pascal: la justicia sin la fuerza es imposible y la fuerza sin la justicia es tiranía. Por esa razón, se advierte que estas facultades extraordinarias no pueden recaer en cualquiera, sólo en aquel que sea capaz de realizar el derecho justo mediante la decisión personal.

Por ese motivo, antes de poder encarnar a Batman, era indispensable que Bruce Wayne pasara por un proceso de iniciación. Si el miedo es la fuente de todos los males, debe aprender a controlarlo; debe manipularlo a tal grado que se convierta en una herramienta. Dicho en el sentido más literal, la trilogía de Nolan nos muestra que tanto los héroes como los villanos utilizan el temor a voluntad para quebrar al oponente, revelando el vínculo que subsiste entre el poder soberano y el uso del miedo.

A partir de esto, se podría pensar que los medios son neutros, y que, supuestamente, la diferencia radica en los fines que se persiguen. Si son justos, bajo esta lógica, se asumiría de forma acrítica que los medios están justificados. Por ello, es igualmente importante dominar el miedo como comprender que la ética no puede reducirse a la Ley. En este sentido, de acuerdo a Schmitt, es que la política no podría subordinarse al juicio moral. Este juicio ético, paradójicamente, es aprendido durante la convivencia de Batman con los criminales. Con ellos se da cuenta que las leyes son una versión paródica de la justicia, que no siempre se rompe la ley a causa de la maldad. Durante su viaje iniciático logra trascenderse a sí mismo, se convierte en un ser excepcional, no por su fuerza sino por su actuar ético, capaz de decidir a partir del caso particular.

En este sentido, los villanos de El caballero de la noche corresponden a estas amenazas inconmensurables. Por tanto, son cualitativamente distintos a los criminales comunes, en ellos ya no es posible reconocer ninguna forma de racionalidad. Sin embargo, aunque sean representados como un elemento completamente ajeno, son producto de su propio tiempo. Ra’s al Ghul, por ejemplo, personifica dos de los elementos contradictorios de la modernidad, la mutación de la violencia y el carácter distópico de la utopía.

La modernidad se ha concebido a sí misma como constructora de orden. Sin embargo, su carácter destructivo es el otro lado de la moneda. La tecnología ha permitido, como se muestra en el filme, que se utilice como un arma la sustancia expedida por una flor o, incluso, la economía misma. El potencial destructivo de la racionalidad es tal que, como advierte Lucius Fox, la herramienta en manos de uno puede ser el arma de otro.

Pero, las contradicciones de la racionalidad de Occidente no se refieren, únicamente, a la cuestión técnica, no sólo se trata de los medios a los que recurre Ra’s al Ghul. Su sueño converge con el ideal moderno: construir una sociedad armónica, libre de impurezas. Se ve a sí mismo como un jardinero que debe separar las personas como si se tratase de plantas que vale la pena conservar y mala hierba.

De acuerdo a Foucault, la principal misión del Estado moderno es administrar la vida, lo que no siempre implica protegerla. Por ello, tiene la facultad de decidir qué vidas merecen ser vividas. En esta prerrogativa, el poder de vida y muerte, se funda la soberanía. Tal como se pudiera anticipar, se trata de una lógica excluyente. Al mismo tiempo que se define la normalidad, se señala a los anormales.

La contradicción que esto representa es doble. Por un lado, las tendencias anómicas de los villanos son producto de la propia lógica soberana. Por otro, es incapaz de contener sus productos. Mientras intenta instaurar un orden, simultáneamente, crea el caos, que, por definición, es incontrolable. No importa si se trata del fundamentalismo motivado por la obsesión del orden o la imposibilidad de desterrar el azar, las instituciones son incapaces de enfrentar estas amenazas, pues se encuentran atadas a un estrecho marco jurídico.

Batman y la ley

(Imagen: Warner)

En su versión liberal, la ley tiene el objetivo de limitar la arbitrariedad del Estado soberano. Además, por la ponderación de la técnica, los funcionarios han sido degradados a meros administradores. En ese sentido, Schmitt concebiría a la democracia liberal como una clase discutidora que se concentra más en la discusión que en la toma de decisiones. Si bien esta forma de operar es apropiada cuando la situación es normal, en tiempos de crisis, señala, es inútil. Por ello, Schmitt concebiría a la modernidad como una degeneración de la política.

El Estado es neutro, no porque todos seamos iguales frente a él, sino porque se vuelve indiferente ante cualquier causa. Vistas así las cosas, el Estado sería una enorme maquinaria que, al carecer de fundamentos trascendentales, puede utilizase para cualquier fin. De igual modo puede proteger las actividades de la mafia o permitir el ascenso del fascismo. A su juicio, sería la voluntad identificada con el soberano, la que garantizaría el correcto funcionamiento de las instituciones.

Sin embargo, la figura del dictador emerge como una salida de la crisis que implica grandes peligros. Siempre existe el riesgo de que no reconozca la verdadera situación política, es decir, que decida de forma errónea. Benjamin señaló la imposibilidad de emparentar nuevamente el Derecho con la justicia mediante la decisión personal. De manera bastante irónica, mostró que el carácter excepcional del soberano es, en cierta forma, una ficción. Aunque se tratase del señor de las criaturas, o, en nuestro caso “de la noche”, señala, no dejaba de ser una criatura.

Parte del vaciamiento de la política se debe a la pérdida de sentido de uno de los elementos en los que se insiste a lo largo de la trilogía: la teatralidad. La representación política no sólo implica delegar funciones en una persona. En su origen, estaría emparentada íntimamente con las obras teatrales, implica la ficción de estar en “lugar de”. Parte de esta banalización se debe a que se niega la importancia de lo simbólico en el ámbito político.

De acuerdo a la interpretación de Schmitt, el cuerpo físico del soberano representa el cuerpo político del Estado; literalmente, se encarna en él. El justiciero se distingue del vigilante, no sólo por sus motivaciones, también por la construcción de un carácter simbólico. Sólo así, es posible insinuar la idea de sucesión, es decir, que existe la posibilidad de que lo político trascienda la existencia física. Tal como se advierte, ante la ausencia de Bruce Wayne, el símbolo podría ser encarnado por otro.

Este no es un hecho menor. La posibilidad de deponer a quien ha sido envestido de poderes dictatoriales, aunque sea imposible, es la única garantía para evitar que la dictadura devenga en tiranía. Al advertir que quien encarna al dictador muere como héroe o vive lo suficiente para convertirse en villano, muestran la condición limitada y temporal que supondría el estado de excepción.

Sin embargo, es necesario recordar que durante el siglo XX, los totalitarismos modernos implementaron, a través del «estado de excepción», una «guerra civil legal» que permitió la eliminación física no sólo de los adversarios políticos, también de categorías enteras de ciudadanos que, por alguna razón, eran inasimilable para el régimen. La dislocación de una medida provisoria –que se vuelve una técnica de gobierno- ha modificado la estructura y el sentido de las formas jurídico-políticas, produciendo un umbral de indefinición entre la democracia y el totalitarismo. Así, el estado de excepción tiende a presentarse como el paradigma de gobierno dominante en la política contemporánea.

Desde entonces, la creación voluntaria de un estado de emergencia permanente (aunque eventualmente no declarado en sentido técnico) devino una de las prácticas esenciales de los Estados contemporáneos, aun de aquellos así llamados democráticos.

Conclusiones

(Imagen: Warner)

En esos discursos en los que se exalta la fuerza como el elemento esencial del combate a la delincuencia debe evocarnos la crisis que atraviesa el Derecho y el Estado contemporáneo. Pues la creación voluntaria de un estado de emergencia permanente se convertido en una de las prácticas esenciales del Estado democrático contemporáneo. En consecuencia, la diferenciación entre la democracia liberal y el totalitarismo, que en otros tiempos se asumía como radical, tiende a tornarse equívoca, pues las normas jurídicas que regulaban el proceder del Estado y garantizaban la vida y la integridad del individuo han pasado a un segundo plano, una vez que la seguridad se ha convertido en la principal fuente de legitimidad.

Esto se debe a la contigüidad entre el soberano y la policía. Normalmente suele pensarse que la policía está encargada de hacer cumplir el Derecho y, por tanto, su acción está sujeta a los fines del Derecho; pero, como demuestra Benjamin, en nombre de la seguridad se dota a los agentes del orden de amplias facultades, que rebasan los límites establecidos por la dogmática jurídica, en pos de la seguridad. Esta condición, permitió que el «estado de excepción» se convirtiera en una técnica de gobierno para gestiona el desorden.

Casi a la par de El caballero de la noche, en distintos ámbitos de la cultura popular han surgido otros personajes, identificadas como justicieros, que ponen en cuestión la legitimidad de las instituciones contemporáneas. Esto suscita dos posibles interpretaciones, se exige repensar la justicia más allá de las instituciones jurídicas o se exalta una figura como el dictador. Aunque ambas tendencias son producto de la crisis política que atraviesa Occidente, cada una tendría consecuencias distintas. Así se presenta el dilema de la época, se piensa la política bajo nociones distintas o se refuerza las figuras autoritarias.

PorJorge Rodríguez (@LaNudaVida)

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