TAG CDMX se mostró, en su edición pasada, como el macroevento revoltoso que todos querían que fuera. Revoltoso en sacudida propuesta, voluntad de cambio, consignación de nuevas tendencias, presentación de proyectos antes poco conocidos y reconocimiento a viejas leyendas creativas en todos los ámbitos.

El año pasado Alfonso Cuarón, recientemente vanagloriado por Gravity, entrevistó a una contraparte legendaria en la ciencia ficción, James Cameron; Steve Wozniak habló del futuro y Brian Eno compartió su siempre enriquecedor conocimiento multidisciplinario. Para la edición de este 2014 que se realizará el 7 y 8 de noviembre en el Centro Banamex ya se anunció el primer invitado, un icono en el cine mundial y en la cultura popular estadounidense: Spike Lee. Hoy mismo, entre botaneo de uñas, se reveló que el siguiente invitado será Darren Aronofsky. Este tremendo director, mucho más joven y de un talante completamente distinto a Lee, promete confrontar muchas de las ideas fundamentales que animan al festival. Y es en eso, precisamente, que escribo una invitación para escucharlo.

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Darren Aronofsky y Natalie Portamn en la filmación de Black Swan (2010)

Como creador, Aronofsky ha realizado seis largometrajes que lo han instalado, ciertamente, en la cúspide de Hollywood. Sin embargo, no es su muy atractiva capacidad frente a productores, para revertir presupuestos bajos en enormes ganancias de taquilla la que lo trajo hasta aquí. Aronofsky, desde el inicio de su carrera ha planteado preguntas fundamentales en torno a la forma de filmar y editar películas, a la importancia actual de las imágenes generadas por computadora, a la oscuridad interna del hombre y las problemáticas relaciones interpersonales del mundo contemporáneo.

Como creador que inició con una particular valentía en vanguardia, Aronofsky se estrenó en taquilla con una apuesta echada a familiares y amigos: por cada contribución de 100 dólares que hicieran, les regresaría cincuenta de ganancia a través de los posibles recursos que generaría su primera producción. Apuesta considerable si se toma en cuenta que juntó 60,000 dólares y que produjo en el más puro estilo independiente esa enorme película que se recuerda en crítica comercial y culto como una de sus obras maestras: Pi (1998). Con influencias del cine italiano y del enorme clásico del cyberpunk japonés Tetsuo: The Iron Man, Aronofsky cumplió su apuesta consiguiendo más de tres millones de dólares en taquilla y una aclamación general que le otorgó el premio gordo del festival privilegiado del cine independiente, Sundance.

De ahí, todos conocemos y, en particular, la generación a la que marcó –cierro los ojos y todavía oigo los chelos dementes del Kronos Quartet dirigido por el espectacular Clint Mansell– el cruel clásico de finales de los noventa que fue Requiem for a Dream (2000). Aquí, de nuevo, no es la apariencia moralina de la película –que en verdad no trata sobre drogas sino sobre expresiones de la falta– sino sus innovaciones técnicas las que catapultaron a Aronofsky como uno de los directores jóvenes más prometedores de la industria. El uso de tomas extremadamente cerradas, bodycams y una edición que marearía a todo recortador tradicional, trascendieron en la forma de entregar una historia trágica que marcó tan profundamente el recuerdo de muchos. Como logro técnico adicional, tal vez fue el único director que le sacó una actuación tan seria como convincente a Marlon Wayans. Sí, los noventa habían acabado.

El tercer largometraje que filmó, The Fountain (2006) marcó su estatuto como director de culto y resultó en la única realización concreta de una de sus pasiones: la cultura geek y la ciencia ficción. Aunque Aronofsky quiso aquí revolucionar la ciencia ficción en pantalla como lo había hecho unos años atrás Matrix, su acercamiento místico y trascendental al problema del tiempo y la vida en eternas repeticiones, no fue tan bien acogido. Sin embargo, tanto su innovación visual como su valiente contenido le otorgaron otro escaño más en la apreciación ñoña general que se le tiene.

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Hugh Jackman y Rachel Weisz en un fotograma de The Fountain

Porque claro, el nombre de Aronofsky, se crea o no, estuvo ligado a los más enormes íconos de la cultura comiquera y ciencia ficcionosa: pudo haber dirigido el nuevo Robocop, el nuevo Superman, una versión de Ronin con Frank Miller y, lo que es aún más impresionante, un guión coescrito con este mismo autor mítico, basado en Batman: Year One (para los que tengan curiosidad no dejen de echarle un ojo a Alfred siendo un afroamericano gordo tuneador de naves, a Bruce Wayne pobre y a un Jim Gordon suicida). De alguna forma también considero, a pesar de sus evidentes errores, que su última película –en donde también ganó un reconocimiento por hacer a los miles de animales del arca de Noé con puro CGI– es más un intento, a pesar de todas sus flaquezas, de contar una historia inmemorial de ciencia ficción que un regreso mocho a revisiones bíblicas. Digo, Noah (2014) no es exactamente Moisés en canal 5.

En épocas más recientes, las más aclamadas películas de Aronofsky giran más en torno a la representación artística en dos formas de arte paralelamente alejadas por estereotipos comunes: la lucha libre (The Wrestler, 2008) y el ballet (Black Swan, 2010). Aquí también este tremendo director muestra esa inteligencia puntiaguda de graduado en ciencias sociales por Harvard: no hay mucha distancia en lo que exigen estas dos representaciones para su público; en las dos participan esos manojos de envidias, resentimientos, glorias buscadas a cambio de la vida misma, locuras, oscuridad bajo los reflectores.

Finalmente, nadie lo puede negar, con su innegable capacidad para saltar del realismo más crudo al misticismo más alocado, de la sencillez técnica a construir arcas bíblicas de tamaño real en un estudio, pasando por osadas escenas de taladros y prostitución, Aronofsky no se tienta el corazón, no se reprime, no deja de innovar. Si TAG CDMX es una forma creativa de juntar en un evento, en nuestra ciudad, a tanta gente tan talentosa de tantas disciplinas, el añadido de este todavía muy joven director habla de una elección impecable.

Las múltiples problemáticas que han surgido entre polémicas y tecnicidades en la filmación de sus películas acercan a Aronofsky a la música –en particular con una relación eterna con Clint Mansell–, a innovaciones visuales –con el uso de cinematografías con sello propio y las locuras buscadas de sus imágenes generadas por computadora–, a la novela gráfica –tiene una, de hecho, publicada en Bélgica que precede a Noah–, a la crudeza narrativa de ópticas sociales –sí, en serio, estudios de antropología en Harvard– y a la televisión –pronto dirigirá una serie en HBO, nada más y nada menos. Con todo esto, independientemente del aprecio que cada uno le pueda –o no– tener a sus películas, la visita de Aronofsky representa, sin duda, una opción privilegiada para conversar de cerca con una de las mentes creativas hollywoodenses más agitadoras de nuestro tiempo.

Si quieren asistir a TAG CDMX 2014, recuerden que la preventa de boletos termina este 30 de septiembre. Pueden adquirir su boleto a través de Boletia.

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fuente TAG CDMX 2014

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