La experiencia de realidad virtual de Iñárritu y el “Chivo” Lubezki es tan impresionante como conmovedora.

Después de experimentar Carne y Arena, la instalación de realidad virtual de Alejandro González Iñárritu y Emmanuel “El Chivo” Lubezki, puedo decir que es la propuesta audiovisual más ambiciosa que se ha instalado en México. Ambiciosa en un sentido amplio, de recursos gastados, de magnificencia en la producción, de dificultades técnicas y de impacto en su mensaje.

Es difícil describir esta experiencia sin arruinar sus sorpresas. Yo me interné a ese extraño hangar en el CCU Tlatelolco sin saber lo que me esperaba. Y fue esa incertidumbre la que me hizo sentir con tanta fuerza las crueles implicaciones de la instalación. Por eso, optaré por comentar todo lo posible alrededor de esta gran e inesperada obra, esperando que esto baste para intrigarlos.

Y me importa intrigarlos. Porque, sin exagerar, Carne y Arena quedará en la historia como un hito de la producción audiovisual. Después sólo quedará la dificultad de nuevas pretensiones.

Un Oscar para calmar conciencias

Hace unas semanas, la Academia anunció que le otorgaría el Oscar especial (Special Achievement Award) a Iñárritu por esta instalación de realidad virtual. El premio sólo ha sido concedido 18 veces y habían pasado más de veinte años desde que se entregó el último al genial John Lasseter por Toy Story.

Para ganar este premio tienes que haber conseguido un logro tecnológico sustancial en el proceso de hacer cine. Es una categoría dominada por las computadoras y la ciencia ficción que le ha dado Oscars a grandes clásicos como Star Wars, Robocop, Total Recall, Who Framed Roger Rabbit, o Raiders of the Lost Ark.

En muchas ocasiones se ha considerado, a pesar de la enorme calidad de las cintas que citamos, que este Oscar es un galardón puramente técnico. Una forma de reconocer la parte más técnicamente inventiva de las cintas y a los nerds detrás de cada uno de estos inventos.

La instalación es ambiciosa en un sentido amplio, de recursos gastados, de magnificencia en la producción, de dificultades técnicas y de impacto en su mensaje.

En el caso de Iñárritu, la cuestión trasciende también el sentido puramente técnico de su instalación. Porque hay varios saltos lógicos aquí: ésta no es una película sino, como bien dice el mismo director, es todo lo que no es una película. Esta experiencia es individual y no se puede ver en una sala. Carne y Arena te produce sensaciones táctiles fuertes, sientes y ves… escuchas con toda la presencia de tus sentidos.

Así, el Oscar que se le otorga a Iñárritu es por algo que no es exactamente cine. La idea de entregar un galardón cinematográfico a un proyecto como éste sirve para dos cosas. La primera es reconocer su importante impacto de denuncia, cosa que Hollywood siempre ha hecho con el Oscar para exorcizar, a punta de cumplidos, toda política del cine. La segunda, para tratar de hacer sentido de una experiencia hecha por dos creadores cinematográficos que, ciertamente, dista mucho de ser una realización fílmica.

El propio Iñárritu lo explicó así durante la presentación de Carne y Arena en el pasado Festival de Cannes 2017:

“Si bien ambos son audiovisuales, la realidad virtual es todo lo que el cine no es; el marco desaparece y los límites bidimensionales se disuelven… Durante esta experiencia, realísticamente irreal, nuestro cerebro, así como la mayoría de nuestros sentidos fueron puestos a prueba.”

Por más que se le entreguen galardones, la obra de Iñárritu y Lubezki sigue siendo algo profundamente desconcertante. Aquí hay actores pero no hay actores; es una ficción que parece documental, es un documental que se vive y una narración que se deja; es testimonio y creación; es verdad de computadora; es el recurso del trauma, del miedo, del sueño, de la seguridad, de la cercanía, de la terrible distancia. Somos nosotros y los otros en un espacio corto y perdurable.

Carne y Arena te produce sensaciones táctiles fuertes, sientes y ves… escuchas con toda la presencia de tus sentidos.

La experiencia de Iñárritu es un viaje por la frontera norte de México hacia el paraíso de las oportunidades. Es la realidad misma de la migración de la que hablamos todos los días.

Pero es también una nueva forma de retratarla a la distancia: no es un reportaje de noticias sino algo que se vive. Y en la vivencia está una nueva empatía por el sufrimiento del otro; sufrimiento que se diluye, en nuestra distancia, por la costumbre de la miseria mediatizada.

¿Cómo hablar de una experiencia así? ¿Cómo contarla sin reducirla? ¿Cómo dejarla libre sin imponer las definiciones críticas del cine, del museo, de la instalación o la literatura testimonial?

La tragedia común

Desde que Donald Trump asumió la presidencia de Estados Unidos, la preocupación por la criminalización de los migrantes aumentó considerablemente en México. Y sí, gestos como el perdón dado al sheriff Joe Arpaio o la necedad de construir el muro muestran bien que Trump no tiene ninguna simpatía por los migrantes.

Según datos de la Red de Documentación de las Organizaciones Defensoras de Migrantes (Redodem) en 2015, los tres países centroamericanos que producen más migración transitoria en México son Honduras, El Salvador y Guatemala. La razón principal de esta migración es la inseguridad que se vive por la violencia generalizada de las pandillas en estos tres países.

Según datos de la ONU, más del 90% de los hondureños que emigran, atravesando México, para llegar a Estados Unidos, lo hace para huir de la violencia. Y las principales razones son la inseguridad de la comunidad, las amenazas, los asesinatos y las lesiones. En 2015, se registraron más de 6 mil muertes por causas no naturales en Honduras y el 60% fueron homicidios.

La razón principal de esta migración es la inseguridad que se vive por la violencia generalizada de las pandillas en estos tres países. (Foto: Notimex)

El 90% de los asesinados en Honduras son hombres y la inmensa mayoría de estos hombres se encuentra entre la edad de 20 a 24 años. En este sentido, con el aumento de la criminalidad y la violencia de pandillas, con la pobreza y la marginación, Centroamérica ha deportado masivamente a su población más joven y capaz.

Pero México no los ha recibido con los brazos abiertos.

En este año, las autoridades migratorias mexicanas han deportado al 94% de los centroamericanos procesados en nuestro país. Así, los que son arrestados en el territorio nacional deben regresar con las manos vacías al horror del que huyeron. El resto debe sufrir el horror presente de las extorsiones, los secuestros, las vejaciones y los robos.

Los pocos testimonios de migrantes que se han podido clasificar para generar estadísticas, muestran que muchos de ellos sufren terribles vejaciones en nuestro país. Hemos visto masacres, robos, accidentes y mutilaciones en “La Bestia”, violaciones, hambre y miseria.

Los pocos testimonios de migrantes que se han podido clasificar para generar estadísticas, muestran que muchos de ellos sufren terribles vejaciones en nuestro país. (Foto: Rebecca Blackwell/AP Photo)

El camino a Estados Unidos está pavimentado por el sufrimiento de seres humanos. Y, para todos ellos, el infierno de la migración no se compara con lo que tenían que enfrentar antes…

La intrigante obra de Iñárritu nos muestra, a través de su inmersiva violencia, que todas las historias de migración hacia Estados Unidos tienen un horror único. Y que las más escalofriantes, las más dolorosas y las más comunes son las de los migrantes centroamericanos.

Por eso esta instalación no toma atajos, y no pone a los mexicanos en el centro de la tragedia que representa la migración cotidiana. Así, nos hace reflexionar, como nación, sobre el papel que jugamos, cómplices de vetos migratorios y criminalización de aquellos que buscaron otro sueño.

El espejo invisible

En Carne y Arena no reposas, junto a otros espectadores, en una sala para comer palomitas y ver, en el refugio de la oscuridad de un cuarto, el desarrollo de encuadres planeados. No eres un sujeto pasivo que recibe el dictado de un director en encuadres y música.

No, en esta instalación te mueves a voluntad, puedes agacharte, caminar y sentarte. Hay momentos en los que tienes que esperar, hay momentos en los que desesperas. En toda la experiencia te sientes fundamentalmente solo.

Parte de la exacta misma realización que Iñárritu presentó en Cannes está en la forma de aislarte. Porque todos los que trabajan en la obra son fríos, profundamente correctos y respetuosos, irrealmente metidos en sus personajes. Estas personas son los que te reciben, te dan las indicaciones y te instalan el equipo de realidad virtual.

Me encontré con la necesidad de hablar con ellos, de decirles mis inquietudes y, después, mis impresiones. Siempre me hablaron de usted, a pesar de mi esfuerzo por serles familiar. Había aquí una indicación: hacerte sentir bienvenido pero nunca acompañado.

En Carne y Arena no reposas, junto a otros espectadores, en una sala para comer palomitas y ver, en el refugio de la oscuridad de un cuarto, el desarrollo de encuadres planeados.

Al llegar observas que la instalación está bordeada por un muro de acero. Es el mismo acero que antes separaba a México y Estados Unidos, el acero del muro fronterizo que transportaron hasta aquí, antes de ser desechado para construir un mejor muro. Ese acero también es el mismo que alguna vez  se usó para el aterrizaje de helicópteros en Vietnam: el mismo material que dividió dos naciones, también sirvió para invadir otro país.

La sangre derramada en la arena, la carne que se perdió buscándose, no ha disminuido el flujo de migrantes. La migración es necesaria a pesar de que no necesita ser así. Porque, como en Vietnam, esto no se trata de territorios o posibilidades sino, simplemente, de política.

Toda la experiencia está fundamentada en cuatro años que pasó Iñárritu entrevistando a migrantes en diferentes partes de Estados Unidos. Migrantes en su mayoría centroamericanos que escaparon de la violencia en sus países. Migrantes que cruzaron la frontera del paraíso prometido siendo niños, o adultos, madres o hermanos. Migrantes de todas profesiones y condiciones.

Lo que observas en Carne y Arena son las coincidencias de todas estas historias, los puntos en donde se tocan: cruzar la frontera es, para todos, caminar, sufrir, ver morir, humillarse, pasar frío, pasar sed, pasar hambre, resistir y pensar en nunca repetir este limbo entre cielo e infierno.

Toda la experiencia está fundamentada en cuatro años que pasó Iñárritu entrevistando a migrantes en diferentes partes de Estados Unidos.

Iñárritu no logra ponerte en los zapatos de los migrantes, sino que te hace enfrentarte con tu lejanía con ellos. Porque aquí no vives la realidad de cruzar esa terrible frontera sino que estás muy consciente del carácter fetichista, irreal, lejano de la experiencia. Y es, justamente, esta realización de distancia la que causa un impacto simbólico tan certero: eres un espectro viendo el sufrimiento de los otros sin que te toque, sin que te salpique, sin que te moleste.

¿Pero qué tan cerca puedes estar de la más horrenda realidad, por simulada que sea, sin incomodarte por tu pasividad? ¿Cómo puedes hacerlo sin sentirte como un perverso que ve, entre los hoyos de una muralla, el patio de los prisioneros, para disfrutar mejor tu libertad?

Carne y Arena está también cerca de la exhibición de museo. Te muestra las cosas como un rastro de historia, como los testimonios físicos, orales y escritos de una historia repetida mil veces, de la historia de una tragedia común. Observar este dolor en un museo causa un enorme golpe de realidad porque señala la distancia privilegiada de quién puede ver esta instalación y de quién contó su historia para que fuera posible.

La nueva obra de Iñárritu y Lubezki nos obliga a vernos como mexicanos, como seres humanos, como cómplices de los horrores de este mundo. Al mismo tiempo, esta obra no culpa, no señala con el dedo, no denuncia. Aquí, como con el espejo, la superficie reflejante no juzga sino que propone los elementos de un juicio.

Observar este dolor en un museo causa un enorme golpe de realidad porque señala la distancia privilegiada de quién puede ver esta instalación y de quién contó su historia para que fuera posible. (Foto: AP Photo)

Al salir de la instalación no pensaba en la vida de los otros, pensaba en la mía. Pensaba en que no soportaría esos horrores, en que no entiendo esos horrores, en que no puedo concebir en mi inmensa y ególatra pequeñez, el dolor extendido, tan general, tan enorme de los otros.

Frente a mí había un espejo invisible que me dijo, de pronto, lo que pensé que era evidente: el mundo siempre es más horrendo de lo que imaginamos.

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