Nunca está mal un poco de cursilería geek.

El cine de ciencia ficción nos ha dejado romances que nos sugieren algo más allá del corazón cortado en cartulina roja; romances que nos parecen verdaderas joyas en pantalla que llevan a soñar otros mundos, otros cuerpos y otras, sublimadas, cachondeces.

Aquí, elegimos 14 de nuestros romances favoritos de la ciencia ficción en pantalla grande. Por lo demás, esperemos que sobrevivan todos a la locura de restaurantes y roces y rosas, y que siempre, siempre, siempre, la sensualidad los acompañe.

1. Leeloo y Korben Dallas, Fifth Element (1997)

Uno de esos romances que se recuerdan. Multipass. En las viejas regiones extrañas de Luc Besson entrando a la ciencia ficción: espectacular, visualmente poderoso, algo cursi y totalmente sexy. Rescates en la altura, paseos en brazos, embelesamiento de ópera, The Fifth Element tiene un poco de todo para los románticos. Igual, entre tanta destrucción y una suegra insistente, entre el presidente y las cámaras de recuperación, empezamos nuestra lista con uno de esos romances de ópera espacial dignos de recuerdo.

2. Doug Quaid y Melina, Total Recall (1990)

Nunca sabremos en dónde existió Melina, y ahí está lo fascinante. ¿Era una rebelde en Marte, la compañera de la prostituta de tres senos, la defensora de los mutantes? ¿Era ese viejo amor de Doug Quaid, la engatusada morena en el Planeta Rojo? ¿O era nada  más un fragmento de imaginación, algo creado por compuestos químicos, un sueño húmedo más y la continuación de una pesadilla? En realidad la última frase de Total Recall  lo dice todo: no importa qué consideremos como lo “real”, mientras se acaba el sueño siempre quedará la ilusión de besarse bajo los azules cielos de Marte.

3. Ripley y el Alien, Tetralogía de Alien (1979-1997)

Ésta es una relación conflictiva. Mucho amor-odio fluye entre Ripley y el más temido Xenomorfo de la historia del cine. El alien, como sugirió bien la locura de H. R. Giger, es, de entrada, un elemento totalmente sexual. Pero no será hasta que Jean-Pierre Jeunet, con todo su descaro imaginativo, vuelva a poner al personaje sobre la mesa, clonado, trastocado, abiertamente cachondo, que descubriremos algo que siempre estuvo ahí: la tensión de terror absoluto entre el cariño recurrente y los encantos de la repulsión. Éste es un romance que Ripley nunca quiso: los espectadores fuimos relacionado al héroe y al antagonista, fuimos convirtiéndolos en seres inseparables, antagónicas figuras creativas. Ésta es una historia de amor espontáneo que se creó por la recurrencia en pantalla de una supervivencia imposible: pase el metal fundido que pase, la relación conflictiva de Ripley seguirá repitiéndose en nuestra imaginación. Historia de muertes consecutivas y cariños renacidos, de genes y salas de cine, Ripley y el alien son, definitivamente, un motivo de necedad amorosa suavemente autodestructiva.

4. Neo y Trinity, Trilogía de The Matrix (1999-2003)

No puede haber elegidos sin romance. J. K. Rowling se arrepintió en algún momento de no concretar el amor de Harry con Hermione. Y vaya motivos: el héroe tiene que llevarse a la chica; el héroe más excepcional, entre este común de mortales, tiene que llevarse a la heroína más inesperada, inalcanzable, ideal. Y esa es Trinity: una figura de violencia acrobática, valor gallardo y convicciones absolutas. A este amor no lo prueban las balas extraídas ni los oráculos. El amor de Trinity y Neo se forjó en los viejos cuentos de caballería, en las épicas de la antigüedad, en toda tradición que recibimos, en el placer de perderse, con química gustosa, en el hoyo de algún conejo. Cuando Neo abre los ojos a la verdad hostil de un mundo con cielos quemados, ésta es su repuesta, su compás, la consiguiente esperanza: no todo es feo en la realidad, no todo está perdido, vale la pena luchar por algo. Y Neo es entonces la figura de la conciencia mayor, bellamente acompañada y despabilada entre ideales. Todavía caminará entre nubes el soñador despierto.

5. King Kong y Ann Darrow, King Kong (1933)

¿Cómo no consignar a la pareja más dispareja de la historia del cine? No hablamos nada más de inconmensurabilidad, de tallas y especies, sino de la locura a la que nos puede llevar el amor no correspondido. King Kong es una figura de la ternura absoluta, de la comunicación fallida; el eslabón perdido y el hombre fundamental; la tosquedad torpe, la incapacidad de comunicar sentimientos; lo destructivo y velludo, la violencia y la ternura.  King Kong es un elegido diferente, es el eterno desplazado, ese ente de un mundo distante, de una vida increíble, que no corresponde a nuestras escalas. El cariño de Kong por la gritona de Ann, siempre será la imagen predilecta del amor que se desborda, del cariño imposible y de la destrucción natural de la entrega. Este amor fue grande, siempre, como el Empire State.

6. WALL-E y EVE, WALL-E (2008)

WALL-E logró cosas impensables. ¿Quién hubiera sospechado que una cinta de animación masiva, taquillera como pocas, pudiera sostener 20 minutos de apertura sin un solo diálogo? Locura completa en el amor silencioso que se entreteje entre público y personaje, entre público y ese mundo que desprecia, entre público y la belleza pura de un romance inocente. Eve y Wall-e son los nuevos pobladores del planeta, la nueva fuente de amor ahí en dónde se extinguió la vida, las figuras que recuerdan al paraíso perdido, el nuevo Adán, la nueva Eva. Son los nuevos prototipos de nuestro mundo, de la creatividad humana: forjados en una computadora para un mundo de basura. Y entre todos los desperdicios que habitamos hay esperanza para los puros; entre carnaladas con cucarachas amistosas, encontramos, por atisbos, el ideal tierno de Eve en toda sonrisa amorosa puesta frente a este mundo que se desmorona.

7. Kyle Reese y Sarah Connor, Terminator (1988)

Desde ese futuro sin historia nació la esperanza. El autogénesis completo, la autoprocreación, John Connor mandando a su padre al pasado para que él exista. Y en esto está la dimensión absoluta de un romance forjado como destino que va más allá de la dinámica de la damisela en peligro y el caballero andante. Reese no conoce ninguna felicidad como habitante de un futuro desgarrado. Connor no conoce lo excepcional de su destino, anclada entre ochenterismos y rutina de discoteca. Y de ahí surge un amor épico, trágico y desgarrado que forma a la mujer brutal y rebelde, de fortaleza incomparable y mirada fija, de Terminator 2: The  Judgement Day. El futuro de la humanidad reposa en un motel barato, un cariño furtivo, en la historia más trágica de un sueño increíble. Reese y Connor son lo que vence, desde un principio, a las máquinas, por cariño desbordado y sensualidad entre vendajes.

8. Biff y el estiércol, trilogía de Back to the Future (1985-1990)

Podríamos poner varios apuntes románticos en la saga de Back to the Future: desde la incomodidad de Marty con su propia madre a ese romance eterno con Jennifer (chamarra de futbolista y hombro descubierto en el porche). Pero ninguno tiene ese impacto recurrente, esa atracción constante a través de las eras, como el de Biff y una buena pila de estiércol fertilizante. Biff odia al estiércol y siempre acaba en él; lo detesta pero siempre se comporta como el bully esencial, el puro desecho vengativo. Biff siempre terminará recibiendo su merecido en lo que le corresponde: por portarse como basura acaba siempre entre basura. Y en eso está la fatalidad de Back to the Future, la recurrencia de los mismos errores en el tiempo, en el presente, el pasado y el futuro, la idea de que acabaremos en romance con quién nos destinó la vida. El camión de fertilizante y Biff son una buena analogía de lo que Hollywood quiere en todo romance: lo recíproco, lo mismo, lo recurrente, nuestro propio merecido.

9. Theodore y Samantha, Her (2013)

Aquí tenemos otro amor imposible. El romance que pinta Spike Jonze no tiene mucho sentido, pura ficción realizada y, al mismo tiempo, tiene toda la naturalidad del mundo. Es un romance que nace del puro vacío, de la pura necesidad, de la soledad absoluta de un hombre desilusionado. ¿Y por qué no sería posible enamorarse de una máquina? ¿Por qué no podría existir este amor trascendente entre una voz y un cuerpo? Justamente porque no hay dos cuerpos, porque se pierde el romance en lo etéreo. Lo que acaba diciendo Jonze es que no puede sostenerse un amor puramente plátonico, a distancia y sin contacto. Porque el hombre sigue necesitando del cuerpo en esta época en que crea súper procesadores: la vida humana sigue pedaleando, para reproducirse, entre atracciones químicas y cariñitos en la espalda.

10. Rick Deckard y Rachael, Blade Runner (1982)

Siguiendo la idea del amor entre hombre y máquina está el romance frustrado de Rachael y Deckard en la obra maestra de Ridley Scott. Y la duda siempre va a acechar, en una película tan compleja y transparente como el doblez de un origami: ¿será verdaderamente un cariño entre máquina y hombre o éste es el principio del amor entre robots? Ninguna prueba lo puede decidir completamente, porque, como Roy Batty bien demostró, un androide pude tener recuerdos y nostalgias y cariños en la moralidad. El amor de Deckard y Rachael es una delicia sutil, frágil y terrible. En eso nos representa un poco a todos; a todos con todos nuestros recuerdos y las vidas que se pierden en cariño como lágrimas bajo la lluvia.

11. Max y Jessie, Mad Max (1979)

Otro romance doloroso y trascendente. Porque el cariño de Max por su esposa es mucho más que un romance típico de salvación. La muerte de la esposa de Max bajo las llantas desquiciadas de un motociclista, marca el fin de una historia; de la Historia como la entendíamos antes del apocalipsis y de la interminable arena australiana. Es lo que justifica la enorme Mad Max 2: The Road Warrior en la sequedad del desierto y la búsqueda por algo a lo que asirse. Porque la insistencia interminable por encontrar petróleo, por hallar el combustible que hace avanzar a la máquina, se opaca siempre, en la construcción de personaje, por el vacío de estar sólo, de ser un último guerrero, de las esperanzas caídas en la compañía, el amor y la salvación compartida.

12. La cabeza del Dr. Hill y Megan, Re-Animator (1985)

En tono de completo chascarrillo, teníamos que poner en esta lista un detalle antiromántico, grotesco, terriblemente corporal, como la escena típica de Re-Animator. Ésta fue una de esas secuencias que marcaron época, de la serie B tremenda al boca en boca. Y el amor zombi como fuerza descontrolada de cachondés que no se extingue en la reproducción estúpida de la especie; que vive más allá en el puro placer corporal, sin fin preciso y sin fin último, desplegado en lo gratuito del sexo oral. Igual, la cabeza decapitada sigue siendo la extensión más tremenda y masturbatoria de nuestras esperanzas románticas: quisiéramos siempre estar ahí en donde no podemos, desprendernos de un cuerpo para extendernos, en la cabeza, en la ficción, a lo que deseamos. Si ese no es el punto de la ciencia ficción, sin pena, que me decapiten cualquier día.

13. Sam y Jill, Brazil (1985)

Un último romance trágico. Tal vez el mayor amor trágico y torturado de los que hemos considerado. Porque aquí el impedimento no es la diferencia de frecuencias, la muerte o la especie, sino el puro peso opresivo de una sociedad que niega el romance, el sueño y la esperanza de la ficción. Las ensoñaciones de Sam son lo que le dan esa tremenda dimensión al inconmensurable final de la obra maestra de Terry Gilliam: porque sin esperanza, sin amor absoluto, la tortura sigue siendo tortura y la vida, vida. Sam se escapa a esas regiones recónditas de la libertad y del rescate caballeresco, del amor desentrañado y de las ilusiones perdidas. Esa es la canción de nuestra desesperación por las normas que rigen e impiden el cielo romántico que siempre será Brasil. En el romance de Sam y Jill sigue viva la esperanza por esa ficción romántica, la ilusión de una mañana que nos agarra millas lejos con todavía millones de cosas por decir.

14. Leia y Han Solo, primera trilogía de Star Wars (1977-83)

Y bueno, ¿qué se puede comentar del romance más difícil, más tenso, más tremendamente conclusivo y esperado de la ciencia ficción en pantalla? Lo de Leia y Han es la pura esperanza, fuera de la salvación rebelde, de un cariño que no iba a coronar al protagonista sino a la pareja que siempre tuvo la química increíble en pantalla. La tensión sexual entre Carrie Fisher y Harrison Ford se puede cortar, desde el Episodio IV, con cuchillo. El maravilloso triángulo amoroso entre los dos personajes que representan y Luke es una tensión más allá de la trama, paralela pero constitutiva.

La revelación de Darth Vader permite este romance inesperado en la celebración con los Ewooks. Y, más allá de la satisfacción que causa, sirve para elevar al plano de monje Jedi a Luke: éste es un héroe que, lejos del esquema sencillo del elegido, trasciende el cuerpo por la pura disciplina de una religión perdida. Con la Fuerza, Luke tiene su verdadero romance, su cariño trascendente: ese que parte del cuerpo y que inunda el alma. El amor de Solo y Leia es la contraparte del aprendizaje de Luke: es el legado de lo físico, de los que podrán vivir pegados al mundo, sin responsabilidades más allá de su cariño. La contraparte de la Fuerza es ese amor terrenal y sensual, vivo y triunfante: la concepción se hace aquí a la vieja usanza, lejos del nacimiento etéreo de los puros midiclorianos.

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