El ajolote, o como lo bautizaron sus primeros descubridores: axolotl (del náhuatl, ‘monstruo marino’), ha sufrido una terrible decaída en los últimos años. De ser la especie insignia de Xochimilco, ha pasado a ser un habitante marginal. La contaminación del lago ha ido detruyendo su hábitat cada día con más vehemencia. Cuando parecía que nunca más íbamos a ver a estas salamandras anfibias en su estado natural, sobrevino un descubrimiento prodigioso.

El año pasado un grupo de científicos de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) realizó una expedición de cuatro meses en búsqueda de ajolotes. El resultado fue deprimente: no encontraron ningún especímen, y lo único que pudieron hacer fue construir una especie de represa con piedras y sacos de arena en un rincón del lago, para crear un ambiente menos adverso.

Aún así, el biólogo Armando Tovar Garza, miembro del equipo investigador, aseguró que aún era muy pronto para declarar a la especie extinta en su ambiente natural. Una expedición reciente que comenzó este mes de febrero le dio la razón. En las primeras semanas en el lago de Xochimilco pudieron ver dos ajolotes vivos. En palabras de Tovar:

“No tuvimos ninguna captura, pero tuvimos dos avistamientos. Esto es importante, porque nos dice que todavía tenemos esperanza.”

Hasta ese momento no se sabía de ningún ajolote vivo en el lago o en los canales de Xochimilco. Existen algunos especímenes en cautiverio, tanto en acuarios como en laboratorios, pero estas condiciones provocan endogamia y eventualmente son nocivas para la especie.

Un alarmente estudio de la Academia Mexicana de Ciencias estimó que en 1998 había alrededor de 6 mil ajolotes por kilómetro cuadrado en el lago y los canales de Xochimilco, cifra que cayó dramáticamente en 2003 a mil especímentes, y en 2008 a tan sólo cien. La ciudad ha ido sumiendo en contaminación la zona, y las invasiones humanas y la introducción de especies ajenas al ecosistema han llevado al ajolote al borde de la extinción. Este anuncio debe considerarse como un señal de esperanza, pero también como una alerta. Probablemente se trata del anuncio que nos da la naturaleza de que es la última oportunidad para los ajolotes.

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La variedad Ambystoma mexicanum sólo existe en estado natural en la Ciudad de México. Su peculiar aspecto la ha hecho proclive a numerosas leyendas y mitos. Según los antiguos mexicanos, el ajolote era la forma física en la Tierra del dios Xólotl, el que se niega a morir. Este animal tiene un aspecto casi larvario, como si nunca hubiera nacido del todo, por eso se decía que el dios Xólotl, que le tenía miedo a la muerte, tomaba la forma de un ajolote para aparentar que no había nacido aún. También ha sido usado por la medicina tradicional mexicana como remedio en contra de enfermedades respiratorias.

El aspecto apacible y la cabeza como emplumada del ajolote lo hace parecer un animal de otros tiempos. Su nombre náhuatl nos habla de una Ciudad que ya se fue y que yace enterrada bajo nuestros pies. Con él se iría no sólo una más de las especies endémicas de nuestro país, sino también un razgo irrecuperable de nuestra cultura, como tantos otros que se han ido para no volver. En 1956 el escritor argentino Julio Cortázar, en un cuento que apareció en su libro Final de juego, apuntó sobre el ajolote:

“Por el lomo le corría una aleta transparente que se fusionaba con la cola, pero lo que me obsesionó fueron las patas, de una finura sutilísima, acabadas en menudos dedos, en uñas minuciosamente humanas. Y entonces descubrí sus ojos, su cara, dos orificios como cabezas de alfiler, enteramente de un oro transparente carentes de toda vida pero mirando, dejándose penetrar por mi mirada que parecía pasar a través del punto áureo y perderse en un diáfano misterio.”

*Foto de portada: Carnifex83

vía Live Science

fuente AP

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