Mnemosine era la personificación de la memoria en la Grecia Antigua. Durante nueve días se unió a Zeus y en un parto múltiple dio nacimiento a las nueve musas. Esta titánide se dejaba poseer por reyes y poetas y les otorgaba el don de hablar con autoridad. En el inframundo había un río con su nombre que compartía sendero con el río Letos. Aquellos que bebieran de este último perdían la memoria de su vida pasada y estaban listos para reencarnar, mientras que los que bebieran de Mnemosine serían los iniciados que guardarán una memoria eterna.

Mnemosine era una pieza clave para los antiguos oradores, y uno podía ejercitarse para poseerla. Tiempo después, algunos filósofos y literatos la elevaron a alturas insospechadas y se convirtió en la forma de conocimiento por excelencia. La “mnemotecnia” (o arte de la memoria) fue una técnica de perfeccionamiento de la inteligencia para los antiguos, y una forma de magia para los modernos.

La oratoria para los griegos y los romanos antiguos era el arte de construir discursos para convencer. Primordialmente se usaba en los procesos legales, pero también era una pieza clave para la construcción de la democracia y la república. Se trataba de un arte fundamental, los sabios pasaban la vida entera ejercitándose para dominar la oratoria e incluso había personas que vivían de enseñarla o de escribir discursos para los tribunales.
 

En la versión más concocida, las musas son nueve hijas de Zeus y Mnemosine: Calíope (poesía épica), Clío (historia), Erato (lírica amorosa), Euterpe (música), Melpómene (tragedia), Polimnia (himos religiosos), Talía (comedia), Terpsícore (danza) y Urania (astronomía).
En la versión más conocida, las musas son nueve hijas de Zeus y Mnemosine: Calíope (poesía épica), Clío (historia), Erato (lírica amorosa), Euterpe (música), Melpómene (tragedia), Polimnia (himos religiosos), Talía (comedia), Terpsícore (danza) y Urania (astronomía).

A su vez, una parte imprescindible para la oratoria era la memoria. La capacidad de memorizar discursos para hablar en los tribunales, o de memorizar los argumentos de la parte contraria para refutarlos era una habilidad básica. La forma natural de la memoria era un don para algunos privilegiados, pero para quien no había nacido con esa virtud existían diversas técnicas para construir una memoria artificial.

Una de las técnicas más famosas pedía que el memorizador imaginara un edificio con múltiples puertas y ventanas. Preferiblemente debía ser un edificio simétrico, bien proporcionado y placentero a la vista. Una vez que se memorizaba el edificio, debían “colgarse” en sus distintas partes imágenes que simbolizaran lo que se quería memorizar. De manera que si se trataba de un caso de asesinato, debía colocarse una imagen de la víctima, otra del victimario con el arma homicida, etc.; en la medida en que las imágenes fueran raras, extravagantes u obscenas, eran  más fáciles de recordar. En resumidas cuentas, se trataba de un ejercicio de imaginación, pues se suponía que la imagen tenía un  poder mucho más evocador que el discurso.
 

"Mnemosine" pintda por Dante Gabriel Rosseti. En el rostro se puede notar la peculiar inclinación de este pintor por la androginia.
Mnemosine pintda por Dante Gabriel Rosseti. En el rostro se puede notar la peculiar inclinación de este pintor por la androginia.

En el Renacimiento estas mnemotecnias dieron un salto espectacular: pasaron de ser una herramienta para el discurso para convertirse en formas de conocimiento e incluso de la manipulación de la realidad. El gran estudioso Ioan Culianu sugiere que detrás de la práctica supuestamente mágica de autores como Marsilio Ficino, Pico della Mirándola o Giordano Bruno se encontraba una noción de lo mágico fuertemente relacionada con el discurso y la imaginación.

Entendámoslo primero con un ejemplo: cuando una persona ve por primera vez al que será objeto de su amor, una imagen de él o de ella se le introduce por los ojos. De manera que estar enamorado puede entenderse como encontrarse habitado por una imagen de nuestra amada o amado. Así pues, aunque nos encontremos lejos de la persona amada, llevamos siempre una fantasía en la cabeza que constantemente nos hace acordarnos de ella. Tan poderosa es esta imagen, que puede obligarnos a hacer cosas o a dejar de hacerlas. Más o menos ésta es la concepción del amor que tiene Ficino, como ya lo habíamos mencionado en otra ocasión.

Pues bien, el amor no es la única fantasía que puede meterse en nuestra mente. Para Giordano Bruno, por ejemplo, se puede introducir una fantasía poderosa a un grupo indeterminado de personas para manipularnos con fines políticos o religiosos. Sin embargo, aquí nos referiremos a fantasías que introducimos en nuestra mente de manera voluntaria y con fines específicos.
 

"La persistencia de la memoria" de Salvador Dalí (1931). Esta pintura es escéptica respecto a la capacidad mimética de la memoria
La persistencia de la memoria de Salvador Dalí (1931). Esta pintura es escéptica respecto a la capacidad mimética de la memoria

Para estos filósofos, escritores y magos, la mnemotecnia no es sino el arte de introducir en nuestra mente imágenes o fantasías del mundo. Ellos suponían, por ejemplo, que es imposible conocer el universo si no tenemos en la mente una imagen de él. Más aún, si lo hacemos apropiadamente incluso seremos capaces de manipularlo. En principio, la técnica es la misma que en la mnemotecnia clásica: tendríamos que esforzarnos por generar una idea del universo, pero en lugar de “colgar” imágenes de un crimen, pensaríamos en fantasías que relacionen a cada planeta con sus correspondientes elementos.

Recordemos que en el pensamiento antiguo la analogía es un elemento fundamental porque se asumía que el cosmos entero estaba interconectado, desde la estrella más incandescente hasta la más insignificante piedra. Lo que ocurre con los planetas, se pensaba, tiene una resonancia en la Tierra (como en los horóscopos). Así que la tarea era colocar los elementos apropiados en la imagen de los planetas para tener una compresión total del universo. Un mago, por lo tanto, era aquel que conocía las relaciones invisibles que se dibujan en el universo y podía dibujar una imagen de ello en su mente.

Como podrá imaginarse, la memoria jugaba un papel trascendental. Pongámoslo así: para aprender la forma de las cosas y su comportamiento, era imprescindible introducir en nuestra cabeza la imagen exacta de ellas, hacer de esa imagen parte de nosotros. Para conocer el Sistema Solar, por ejemplo, no basta con saberse los nombres de los planetas y sus movimientos; sino que se requiere crear una imagen precisa de él en la mente.
 

Estatua de Giordano Bruno en Campo de Fiori, Roma
Estatua de Giordano Bruno en Campo de Fiori, Roma

Aquel que tuviera la disciplina mental como para memorizar estas fantasías sería capaz de conocer el universo y por lo tanto podría manipularlo. Al mismo tiempo, un mago que pudiera hacer esto también era inmune a las pretensiones de los otros por manipularlo e introducir fantasías involuntarias en su cabeza. La mnemotecnia, pues, no sólo nos enseñaba a memorizar, sino que era una técnica para aprender a pensar y ser libres.

Quien más insistió en la capacidad de la memoria en ese tiempo fue Giordano Bruno. Este famosos pensador murió quemado por la Inquisición en el año de 1600 por sus osadas ideas. En ese momento, el hombre que comenzó la revolución de la ciencia, René Descartes, tenía cuatro años. Treinta y siete años después publicaría el hito de la filosofía que delimitaría para los siglos venideros el campo del pensamiento científico: El discurso del método. Este escrito representa una búsqueda de la verdad a partir de la disciplina mental, en este caso en torno a la duda.
 

Monumento de Giordano Bruno en Roma, obra de Ettori Ferrari
Monumento de Giordano Bruno en Roma, obra de Ettori Ferrari

Finalmente, la disciplina que plantea la mnemotecnia y la técnica de Descartes (de la que derivaría el método científico) no son tan diferentes. Ciertamente que la historia ha separado a la magia de la ciencia y las ha vuelto antagonistas, pero en ese momento, en los albores del siglo XVII, se puede ver una continuidad en cuanto a la forma de conocer. Tanto para los científicos como para los magos de aquellos años de transición, el conocimiento ante todo exigía una disciplina mental.

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