¿Quieres recibir notificaciones de nuestro sitio web?

Reseña: Onward – Pixar siempre sabe hacerte llorar

| 6 de marzo de 2020
Onward (Unidos) no es la mejor película de Pixar, pero si te llega, este viaje fantástico promete lágrimas.

No es por pintarme de cínico, pero son contadas las ocasiones en que salgo verdaderamente conmovido de una película. Hablo de una sensación irreflexiva, que no pasa por la razón, por las ganas de farolear mi gusto cinematográfico como algo ajeno a Disney, con un placer estético mediado por delirios académicos. Nada de eso. Aquí hablo de pura tripa, esa sensación que se te atora en la garganta, las lágrimas a un pestañeo de rodar incómodas. Eso me pasó con Onward.

Onward es la película 22 de Pixar, un estudio que se ha caracterizado por la originalidad de propuestas que exploran la nostalgia millennial y la aspiraciones convulsas de la sociedad americana. Todo, claro, con películas absolutamente entrañables y divertidas que, a pesar de tener un público de todas las edades, nunca fueron infantiles. En la historia de Pixar, Onward llega en un momento peculiar…

Pixar fue comprado por Disney en 2006 y, desde entonces, la mitad de sus producciones han sido secuelas o precuelas de anteriores éxitos. Ante el auge de otros grandes estudios americanos, en particular, de las maravillas recientes de Laika (Paranorman, Kubo and the Two Strings), los últimos años de Pixar se vieron grises.

(Pixar)

Claro, no hay películas verdaderamente malas en el catálogo de Pixar (bueno, tal vez Cars 2… o toda la franquicia de Cars), pero sí hay películas muchísimo menos interesantes que los grandes hitos del estudio. Nada tienen que hacer Finding Dory, The Incredibles 2, The Good Dinosaur, Coco y Monsters University frente a Up, Wall-E, Monsters Inc, Inside Out, Toy Story y The Incredibles.

En este momento gris de Pixar, el gran estudio de la inventividad y la locura mercadológica de Steve Jobs no ha sacado una película verdaderamente memorable desde Inside Out, hace cinco años. Por eso, de entrada, parece importante que este año se estrenan dos películas que no pertenecen a ninguna franquicia: Soul (la continuación de la exploración abstracta de Pete Docter) y Onward de Dan Scanlon. Esta película no entrará en los altos cánones de Pixar, que no será recordada entre las glorias del estudio, que no es la más compleja ni la más lograda, pero que recuerda, sin duda, los momentos de emoción más agudos del estudio de Emeryville.

Por eso, aquí hay dos opciones. O bien encuentran una conexión emocional con esta cinta y viven una experiencia intensa o van a encontrar un pasatiempos anecdótico. En cualquier caso, esta cinta, de manera muy distinta a las obras más reflexivas de Pixar, se vive con la tripa o no se vive. Por decirlo de otra manera, esta película es pura experiencia y, más allá de su forma evidente, requiere de una fuerte entrega emocional.

(Pixar)

La épica de otras épocas

Onward, como habrán notado en los pósters y tráilers, está situada en un universo fantástico. No se trata de un universo absolutamente nuevo, ni siquiera de una reinvención de mitologías históricas, como en Brave, sino de una amalgama de viejos tropos de fantasía. Algo así como el equivalente de lo que Futurama fue para la ciencia ficción, pero en relatos fantásticos. Se trata pues, de un mundo en donde unicornios surcaban los cielos, un universo con gestas épicas y grandes hechiceros, hadas revoloteando entre las flores y dragones amenazantes cuidando tesoros deslumbrantes. Un universo, pues, en donde la magia vivía, un lugar emocionante y aventurero. Hasta que todo cambió.

Con un montaje muy al estilo de la introducción ominosa de Cate Blanchett en Lord of the Rings de Peter Jackson, una voz en off narra aquí la forma en que este mundo terminó. La magia, siempre utilizada para ayudar a los más necesitados, también era difícil de dominar. Sólo ciertas personas con una disposición particular podían usarla… y sólo algunos de ellos llegaban a comprenderla plenamente. Por eso, cuando alguien inventa la electricidad, todo este mundo fantástico se olvida de lo mágico y abraza la comodidad higiénica de la vida moderna. Drenajes por carruajes, camiones por dragones, amenidades burguesas por aventuras y sorpresas.

(Pixar)

Pronto la magia se desvanece y este mundo se parece cada vez más a cualquier imaginario suburbano americano. Los grandes seres majestuosos se convierten en vulgares remedos de estereotipos culturales: una imponente mantícora (Octavia Spencer) es una gerente complaciente de un horrendo Chuck-e-Cheese con manteles coloreables, botargas estúpidas y karaoke para niños; los duendes de jardín son, literalmente, jardineros; una parvada de hadas (¿se dice parvada cuando se habla de hadas?) forma un gang de motociclistas acomplejadas por su talla; los unicornios son perros ferales urbanos que se atragantan de basura con ojos exorbitados; los dragones perdieron la independencia majestuosa de sus ancestros y se han convertido en pequeños perros falderos; las casas siguen siendo hongos, pero ahora se moldean como duplex de interés social… En general, este mundo salpicado de viejos seres fantásticos venidos a menos se parece cada vez más al nuestro: hay escuelas y camiones de basura, gasolineras y comida chatarra, formación familiar, rígidos esquemas de éxito, roles de género y obsesiones deportivas.

En este universo encontramos a los hermanos Lightfoot, dos jóvenes criados por una madre soltera (Julia Louis-Dreyfuss) después de que su padre muriera intempestivamente por una enfermedad. El más chico, Ian (Tom Holland), es un adolescente escuálido e inseguro que cree en solamente en lo que tiene frente a él y que admira, en la figura ausente de su padre, la confianza propia que nunca ha tenido. Ian no es de grandes ambiciones: quiere acabar la escuela, aprender a manejar, tal vez, llegar a tener amigos y vencer la timidez que lo aísla.

(Pixar)

El hermano más grande, Barley (Chris Pratt), es lo que los americanos gustan llamar “un fracasado” o “slacker”; un joven adulto que no tiene trabajo, que se desplaza en una camioneta grafiteada con un unicornio épico a los lados, escucha metal sinfónico, tiene un chaleco de mezclilla, se rebela contra la autoridad, sufre un ligero sobrepeso, y, a pesar de no tener ninguna vergüenza sobre su vida, queda relegado en el desempleo, viviendo en casa de su madre, aficionado a la historia y a un juego ñoñísimo de rol llamado Quests of Yore.

En el cumpleaños 16 de Ian, los hermanos recibirán un regalo inesperado: antes de morir, su padre les dejo un báculo de mago y las instrucciones para realizar un hechizo único. El sortilegio, al ser bien realizado, podrá revivirlo durante 24 horas. Es una oportunidad que Barley celebra con efusión, pero que Ian ve con desconfianza. A pesar de su escepticismo, Ian resulta tener un talento natural para la magia y por poco logra lanzar el complejo encantamiento para revivir a su padre. Por desgracia, la gema usada para el hechizo se rompe a la mitad del proceso y los hermanos se quedan, perplejos, ante la reencarnación de las piernas de su padre.

Ahí empezará una búsqueda por encontrar una nueva gema y completar el encantamiento antes de que sea demasiado tarde. ¿Pero cómo empezar una gesta épica para buscar un artefacto mágico en un mundo que dejó de creer en la magia y la aventura? Ian deberá vencer su timidez y aceptar las locuras ñoñas de su hermano para que, guiados por el informado juego de rol de Barley, descubran los misterios ocultos bajo los pliegues de su normalidad suburbana.

(Pixar)

El riesgo de la nostalgia

En el planteamiento de Onward hay demasiadas cosas que pudieron salir mal. De entrada, ésta es una película que enaltece la nostalgia ñoña ochentera con camionetas pintadas con aerosol de Heavy Metal, una construcción narrativa calcada del Amblin noventero más familiar, chistes bobos y lugares comunes suburbanos de sitcom, el eterno retorno a Dungeons & Dragons para ridiculizar al ñoño prefabricado y demás lugares comunes.

Todo en la época de la repetición mercadológica de esa nostalgia. Es lo que vimos, con descaro de flagrante aparador, en la tercera temporada de Stranger Things. Es lo que vimos también, con un subtexto mucho más inteligente en Summer of 84’. Es lo que vimos, finalmente, con todo cinismo, en Ready Player One y es lo que vamos a ver en Wonder Woman 1984.

Por supuesto, sabemos que Pixar se siente cómodo haciendo reflexionar a los millennials sobre sus nostalgias. Esa es, al menos, la razón de ser de la cuarta parte de Toy Story, por ejemplo; una película sobre los problemas de nostalgia de una generación que no sabe dejar ir un pasado glorificado. Es también parte del argumento de Inside Out; una cinta que interpela a una generación que dejó atrás la capacidad de sorprenderse como niños y que ha cambiado la relación con amigos imaginarios por contactos digitales.

(Pixar)

Aquí, la nostalgia habla menos de una relación abstracta con el pasado y más de una época absolutamente identificable en nuestro mundo. En ese sentido, parecería más un producto de marketing para vender playeras de traumas nostálgicos para adultos -como Stranger Things– que uno de los intrigantes cuestionamientos generacionales de Pixar.

Además, Onward es dirigida por Dan Scanlon, un viejo colaborador de Disney y Pixar en los departamentos de animación, arte y revisión de historia, que no tiene mucha experiencia al frente de largometrajes. De hecho, la única cinta que ha dirigido fue la muy criticada Monsters University. En sí, la precuela de Monsters Inc. no es terrible; pero es una historia demasiado apegada a estructuras narrativas conocidas para lograr un podio en Pixar. Monsters University no toma muchos riesgos y no contribuye en nada a la bella reflexión de la cinta anterior de Pete Docter. Y sí, en efecto, Onward está más cerca de Monsters University que de Monsters Inc.

La estructura de Onward se parece mucho a las aventuras familiares que se reprodujeron como conejos alrededor de los ochenta. Me refiero claro a películas como Escape From Witch Mountain (1975), The Goonies (1985), Flight of the Navigator (1986) y, claro, las locuras de Spielberg como E.T. the Extra-Terrestrial (1982) y Hook (1991). De hecho, los guiños a Amblin y a Spielberg (como el puente del salto de fe) son casi tan frecuentes como las alusiones a Lord of The Rings (como el restaurante que sirve segundos desayunos).

(Pixar)

Más allá de la estructura narrativa familiar, ésta es una historia particularmente sencilla frente a los desarrollos narrativos más elaborados de Pixar (en Wall-E y Up, por ejemplo). Es la historia de una búsqueda épica, pautada en tres diferentes pruebas (como en todo cuento clásico de aventuras), con una resolución y ayudantes en el camino. Hay un fiel corcel, una espada milagrosa, un temible villano final y se centra en dos héroes desprevenidos que, de la nada, fueron elegidos para cambiar al mundo. Esta sencillez predecible, sin embargo, no es fortuita.

Muchos dicen que Onward es una película sobre la pérdida y el duelo. En particular, el duelo frente a un padre ausente. Si ese fuera el caso, no tendría nada que hacer frente a la monumental película animada sobre la necesidad de la muerte que hizo Travis Knight hace algunos años, Kubo and the Two Strings. En cambio, creo firmemente que ésta es, más bien, una película sobre la fraternidad. La elección de este esquema narrativo, junto a la elección de la nostalgia ochentera se justifican así: éste es un homenaje en vida de Dan Scanlon a su hermano mayor.

En ese sentido, ésta es una aventura como la que siempre quiso tener -y tal vez tuvo- con el hermano con el que creció. Aquí, a falta de figura paterna, lo que vemos es un canto de amor fraterno, un pensamiento de aceptación, de gustos similares y de encuentros en una fantasía compartida.

(Pixar)

Amor de hermanos y dolor compartido

Hablar de la calidad de la animación en una película de Pixar resulta superfluo. En esta cinta, el rendereo de los fondos de la animación son una locura alucinante de fotorealismo y las escenas de acción están perfectamente dirigidas. Es una película que entiende muy bien el uso de la luz y explota emocionalmente los claroscuros; es una cinta llena de color y movimiento; una película que, finalmente, sabe aprovechar a los genios detrás de las mejores animaciones computarizadas del mundo. Pero eso no es, ni de lejos, lo que me parece más memorable de la película.

El lujo visual sirve como trasfondo para un viaje emocional y emotivo; un viaje de estructura sencilla que, no por ser efectista y directo, deja de ser interesante. A primera vista, claro, parece que la aventura es una excusa elaborada para hablar de cómo nos aferramos al pasado y cómo necesitamos saber de dónde venimos. Ahí están las muy conmovedoras escenas de Ian hablando con la voz grabada del padre muerto o de los hermanos bailando con sus piernas reencarnadas. Y por eso entendemos también que la búsqueda de la magia en un mundo que la olvidó está en la creencia de un diálogo con los muertos (algo aprendieron en Coco).

Sin embargo, encima de cualquier lectura sobre el legado paterno y el duelo, esta película es, más bien, un homenaje vivo al amor fraternal. Onward es una dedicatoria de amor de un hermano menor a su hermano mayor. Por eso no podía vivir en otro mundo: éste es el universo compartido de los recuerdos de dos hermanos, el lugar en donde jugaban juntos, el reino atesorado de un momento cómplice. La figura del padre es imprecisa y la idea misma de la película es que, al idealizar a los muertos que desconocemos, olvidamos a los vivos que nos habitan.

(Pixar)

Con Onward, Dan Scanlon le está diciendo a su hermano, tanto tiempo después, que está bien ser un fracasado para este mundo, que está bien creer en la magia de los juegos de rol y ser un absoluto ñoño que se dejaba llevar por las emociones ochenteras y el metal sinfónico. La aparente falta de riesgo en la estructura y la nostalgia que constantemente evoca la cinta se convierten, por sí solas, en un riesgo. Scanlon decidió convertir la historia muy personal de su hermano, más allá de la pérdida paterna, para recrear la textura visible del cariño y la tristeza. El riesgo al ridículo, a la repetición, a los lugares comunes es el riesgo asumido de saber que, en esos lugares comunes, vive su común cariño.

En Onward, Scanlon agradece a un hermano mayor que le permitió desarrollarse en una profesión creativa y demente; un hermano que lo cuidó cuando no había nadie más; un hermano mayor incomprendido, vilipendiado por su inocente entrega a la imaginación y querido sobre todas estas cosas. Sin miedo al ridículo, Onward es una carta de amor fraterno que se cuenta con la imaginación caprichosa de niños que juegan a Dungeons & Dragons. Un quest que, al final, se resuelve en la comprensión de un reconocimiento, años después, al vínculo protectivo que tiene un hermano mayor con su hermano chico.

Crecer es también darse cuenta de que el mundo pierde su magia. Ya no puedes creer que todo se transmuta en algo más y que los días se pueden ir soñando en otros mundo. Con la edad, más bien, los días se vuelven áridos y están contados. Frente a la fuerza unificadora de la edad, Scanlon opta por recordar momentos en donde una estructura simple bastaba para llenar los días de aventuras infinitas. En Onward, esta misma estructura simple sirve para hacer una apología de lo que dos hermanos siempre amaron, desde el D&D hasta la creación de películas animadas: contar historias.

(Pixar)

La magia de imaginarse poderosamente en otro mundo es todo lo que importa. Porque en la forma de contar están otras realidades. La narración de nuestra vida transforma a las camionetas en corceles y a un cheeto en una balsa.

Cuando empezó esta cinta, pensé que el título Onward (que se traduce “para adelante”) -al igual que los slogans terribles y repetitivos en la trama como “be bold” (sé osado)- iban a llevar todo esto a un viaje de superación personal barata. Al contrario, creo que Onward no es un imperativo, sino una invitación: de ahora en adelante, podemos contar el mundo que queramos.

Muchas personas no se van a sentir identificadas con ese mensaje y, en eso, la cinta va a ser profundamente divisiva: aquellos que se sientan interpelados, como yo, van a terminar conmovidos; aquellos que no encuentren ninguna resonancia en esto van a ver una película divertida, pero convencional.

Sólo puedo contar mi lectura a través de la experiencia que viví. Y esa experiencia me hizo pensar en que nunca fui Barley, nunca fui un hermano mayor abnegado y, tal vez, no cuidé a mi hermano como hubiera querido. Para adelante, eso me dice que, en otras formas de contar los días, también puedo contarme un futuro distinto.

(Pixar)

Lo bueno
  • La animación, obviamente. En particular, la fotografía.
  • La música choteada épico coral de rock sinfónico como vómito de Mago de Oz.
  • Las voces principales de Tom Holland y Chris Pratt.
  • Julia Louis-Dreyfuss eternamente.
  • La divertida que se da Octavia Spencer.
  • Las voces secundarias, en particular Ali Wong y Lena Waithe.
  • Mel Rodriguez como eterno patrullero.
  • Que la sencillez y los lugares comunes son mecanismos emotivos conscientes.
  • Weekend at Bernie’s.
  • Que tiene valor hacer algo tan obvio.
  • Que me conmovió.
Lo malo
  • Que no a todos los va a conmover.
  • Que puede parecer un gran chiste vacío.
  • Que no todos los chistes funcionan.
  • Que el epílogo puede parecer innecesario.
  • Que D&D, aunque nadie lo juega, parece ya un mito agotado.
  • Que se opaca frente a los grandes logros de Pixar.
Veredicto

Dan Scanlon perdió a su padre cuando tenía un año de edad. Su hermano, entonces, tenía tres años. Cuando eran adolescentes, se dieron cuenta de que nunca habían visto un video de su padre, escuchado su voz y que el único contacto que tenían con él eran viejas fotografías y relatos ajenos. Un día, un tío les regaló un cassette con su voz grabada. Sólo decía “hola” y “adiós”, pero para Scanlon y su hermano fue un descubrimiento de presencia real. Reconstruir un recuerdo a partir de tan poco, de algo tan pequeño y tan monumental, lo llevó a hacer esta película. Y, en el proceso, se dio cuenta de que no estaba escribiendo sobre la imagen ausente de su padre, sino que estaba haciendo una carta de amor a su hermano y a la infancia que vivieron juntos. Onward no es la mejor lograda de Pixar, no es la más inteligente, ni la más metafórica. Pero, sin duda, es un golpe emocional profundo para aquellos que encuentran en ella una resonancia viva. Ustedes juzgarán si este fue sólo un carrusel divertido o si les mueve fibras muchos más profundas, mucho más reales. Hablar de fantasía, en cualquier caso, siempre fue hablarnos.

Más reseñas