Toy Story 4 es el final perfecto para una saga que nos ha acompañado los últimos 25 años: una oda a la inteligencia y a la necesidad de trascender la nostalgia.

Hace casi 25 años se estrenó Toy Story, una película que impactó profundamente a toda una generación y que cambió, para siempre, la historia del cine. Fue la primera película hecha, enteramente, sin cámaras; la primera película generada por computadora; la primera película de un estudio que nos regalaría incontables maravillas; la primera película de un nuevo siglo que apenas se anunciaba. Esta cinta se estrenó cuando yo tenía ocho años y recuerdo, vívidamente, verla y recortar anuncios en el periódico, para guardarlos, sabiendo que algún día serían historia. Toy Story me dio conciencia de un transcurrir del tiempo en el cine; un transcurrir que me atravesaba y que me formaba. Toy Story, a mí como a muchos, me dio mucho más que el pasajero sueño de dos horas hermosamente animadas.

Tanto tiempo después, esta saga llega a un final inesperado. Inesperado porque, en realidad, la saga tuvo un fin cíclico, perfectamente satisfactorio, emocional, inteligente, en la tercera entrega. No era necesario hacer otra película de Toy Story… pero lo hermoso rara vez es necesario. Toy Story 4 cierra verdaderamente la saga porque, más allá de los valores de compasión, perdón y aceptación que vimos en la película anterior, encontramos aquí una reflexión madura sobre vida, muerte, trascendencia y una imperativa necesidad de independencia.

(Pixar)

25 años después, Pixar manda un misil teledirigido a una generación que creció viendo estas películas. El mensaje es claro: es difícil dejar atrás el calor familiar, lo que nos causa nostalgia, lo que nos hace sentir acompañados… pero hay que forjar caminos propios, comúnmente solitarios, fuera de lo que nos reclama una sociedad prescriptiva. No tenemos que tener hijos, no tenemos que vivir acompañados, no tenemos que cumplir nuestro propósito. La ansiedad millennial se retrata aquí con una profunda comprensión del vacío existencial de una generación que necesita sentirse útil en un mundo que la rechaza. Y hace todo esto con un enorme sentido del humor y un esplendor visual pocas veces igualado.

Sí, amigos, Pixar lo volvió a hacer. Ésta puede ser la película menos interesante de la saga y aún así es una conclusión perfecta y una obra maestra de entretenimiento que golpea hondo en la locura de una generación que sufre y pelea por entender su verdadero lugar en el mundo.

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A manera de epílogo

Toy Story 4 comienza una noche lluviosa. Nuestros amados personajes se encuentran, antes de la aventura de la tercera película, en casa de Andy y observan, con absoluta impotencia, cómo se deshacen de algunos juguetes de Molly. Entre estos juguetes está Bo Peep, la adorable pastora con la que Woody siempre ha tenido una peculiar atracción. Bo acepta su destino con inusual estoicismo: sabe que ya no sirve el mismo propósito y acepta seguir adelante. Woody, por su parte, se aferra, como siempre, al deber que tienen con su dueño; un deber incrustado en lo más hondo de su alma.

Nueve años después, los juguetes viven todos en otra casa y son ahora los personajes de las invenciones de Bonnie. La imaginación de Bonnie es tan espléndida como la de Andy y los juguetes tienen aventuras increíbles, pero Woody parece ya no formar parte de ellas. Relegado, en la mayoría de los juegos, al fondo de un clóset, el vaquero no puede admitir no ser el protagonista de nuevas aventuras. De hecho, con un gesto que corresponde mucho a nuestra era, Bonnie le quita la estrella de Sheriff y se la da a Jessie.

Relegado, resentido y maltratado, Woody comienza a sentirse responsable del bienestar de Bonnie como un abuelo que se vuelve paternalista al sentirse inútil. Por eso, cuando ve que Bonnie sufre por ir a su primera clase en el jardín de niños, se infiltra en su mochila para acompañarla. Los niños la maltratan y la dejan sin materiales para hacer manualidades y Woody, improvisando, avienta algunas cosas sobre su mesa: un tenedor-cuchara, unos googly eyes, un poco de plastilina, un limpiador de pipas y un abatelenguas. Sin saberlo, acaba de crear a un extraño engendro mitad basura, mitad juguete que le traerá considerables problemas. Forky, el nuevo juguete favorito de Bonnie, la creación del primer día de kinder, llevará a Woody y a la pandilla en un extraño road trip en el que tendrán que cuestionar sus lealtades y admitir, finalmente, su lugar en un mundo cambiante.

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La diversión quinética de Pixar

Con esta trama, la cuarta película de la saga de Toy Story es una cinta de comedia y de acción que, sin embargo, termina en notas de romance. Ésta es la película de Bo Peep y de Woody y del encuentro tan esperado de dos personajes que dejaron de verse hace más de una década. El final de Toy Story 3 había dejado completamente de lado a la pastora y se había enfocado más en la relación de Jessie y Buzz y, de alguna forma, de Andy y Woody. Por eso, esa tercera entrega era una conclusión perfecta para el niño humano y el vaquero, pero nos dejaba en una idea cíclica, de renacer constante, que puede ser algo decepcionante.

Tal vez no había necesidad de continuar esta saga. Pero esto no es un robo elaborado; esto no es Netflix quitándonos morlacos o Disney aprovechándose de nuestra nostalgia. Ésta es una reflexión verdadera sobre las ansiedades de una generación y nuestros sueños de trascendencia; la historia que necesitábamos de un ser inmortal que nos enseña, con amor y paciencia, qué significa ser libre. Pero, mucho antes de las sesudas reflexiones que siempre ha amado Pixar (salvo en The Good Dinosaur, una verdadera estupidez), tenemos en Toy Story la película más divertida de la saga. De hecho, es una película que se admite como una carta de amor a la comedia hollywoodense clásica.

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Debí sospechar de esta idea cuando vi la lista de reparto, es una cosa fenomenal la cantidad de cameos que escuchamos en Toy Story 4. Cameos que van desde el escuadrón de veteranos que componen el grupo de juguetes olvidados (Mel Brooks como Melephant Brooks, Betty White como Bitey White, Carol Burnett como Chairol Burnett y el gran Carl Reiner como Carl Reineroceros) hasta excelentes apariciones cómicas de Tony Hale, Keanu Reeves, Carl Weathers, Keegan-Michael Key, Jordan Peele, y Bill Hader. Claro, todas estas leyendas de ayer y hoy se juntan con la excelente química del reparto original liderado por Tom Hanks siendo Tom Hanks y Tim Allen repitiendo la grandilocuente ternura de Buzz.

El equipo de Keegan-Michael Key y Jordan Peele es maravilloso, aquí, como dos peluches entrelazados por costuras que sueñan con tener un niño para jugar o, si no, ser gigantes y disparar rayos por los ojos. Una dupla genial que, desde los sketches en sus programas de televisión hasta su brillante aparición en Fargo, ha marcado el rumbo de la comedia contemporánea. Por otra parte, Tony Hale como Sporky es una cosa de otro mundo. No es que Hale haga personajes muy distintos, de hecho, Gary en Veep es una extensión trágica de Buster en Arrested Development. Pero aquí, Hale lleva el humor autodespreciativo a otro nivel. Y encontrar su voz detrás de una cuchara-tenedor que quiere tirarse, obsesivamente, a la basura, es un comentario meta demasiado genial para ignorarse.

Claro, entre todo esto, está Keanu Reeves, el nuevo dios de internet, que vuelve a conquistar la pantalla grande con una enorme presencia vocal para el personaje de Duke Caboom. La idea detrás de este personaje es que Reeves no ha parado de reafirmar sus orígenes en 2019: primero con Let me be your Maybe de Netflix (mostrando su herencia china, por parte de la abuela paterna) y luego con esta hermosa reinvención de un Evel Knievel canadiense que tiene un severo trauma por no cumplir las expectativas de un irreal comercial de televisión. Más aún, el personaje de Caboom está en el centro de la comedia kinética de esta cuarta entrega.

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A diferencia de las anteriores cintas y, sobre todo, inspirándose en los movimientos de cámara simulados de Ratatouille, ésta es una de las películas con mayor acción y movimiento que jamás haya hecho Pixar. Tenemos, claro, todos los elementos que hacen una película de Toy Story: un juguete perdido que debe ser rescatado entre posibilidades imposibles; un viaje en el que el desplazamiento se convierte en un recorrido espiritual; una reflexión final sobre niñez y edad adulta, sobre mortalidad y trascendencia, que permanece mucho tiempo después de los créditos. Pero también tenemos excelentes persecuciones, largos desplazamientos, juegos entre alturas, pasillos y las bambalinas de una feria infantil. Todo, claro, pautado con un brillante soundtrack de Randy Newman que recuerda a los viejos scores quinéticos de las animaciones mudas sin nunca perder los motivos que hicieron de sus tres anteriores soundtracks joyas perdurables.

Entre toda esta acción y todo este movimiento, Toy Story 4 no deja que te distraigas un solo segundo. De nuevo, la animación es espectacular, pero, encima de los logros visuales habituales de Pixar, esta película tiene un enorme cuidado en el diseño, en la profundidad de campo, en la construcción paciente del más mínimo personaje. Todos los fondos que vemos son hermosos, todo lo que recibimos es rápido y dinámico, todo lo que escuchamos es tremendamente hilarante. Esta película puede parecer la menos profunda de Pixar porque es, también, la más divertida. Pero, encima de la hermosa animación, de los personajes hilarantes y del constante movimiento hay una hermosa reflexión sobre nuestra necesidad, como generación abandonada, de libertad.

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La belleza de lo innecesario

Toy Story 3 es una película enorme que no le pide nada a las dos primeras entregas de la saga. Al mismo tiempo, concluye perfectamente una trilogía con el coche de Andy dejando atrás a un vaquero para cabalgar hacia el sol. Es una película sobre el desapego, sobre la compasión, el resentimiento, la muerte y la trascendencia; una película que nos mostró, finalmente, que los juguetes plásticos tienen la condena de los inmortales.

En los años cincuenta, el semiótico francés, Roland Barthes, hablaba de los juguetes plásticos como juguetes que quitan a los niños algo de imaginación libre. Juguetes que ya tienen una función, que tienen un instructivo, que señalan las profesiones de los adultos, sus miedos y su orden. No son juguetes que permiten que los niños creen libremente sus propios significados (como la locura de Lego, por ejemplo), sino juguetes que preparan a los niños para ser adultos. Woody y Buzz son dos casos paradigmáticos porque representan dos íconos de la idiosincrasia estadounidense: los vaqueros que conquistaron el viejo oeste y los astronautas que conquistaron el imposible espacio. Íconos de progreso, de cierta idea de masculinidad, del heroísmo americano. Pero estos íconos, pretendidamente inmortales, se desplazan y se pierden.

Otros iconos llegan, cambian los personajes principales y Woody, un juguete viejo de los años cincuenta, ha sentido, una y otra vez, cómo pasa de moda, como muere en vida, como acaba relegado. Es un ser inmortal que corre el riesgo de vivir en una vitrina, en el fondo de un clóset o amarrado al frente de un camión; es un ser inmortal que puede sufrir el castigo de Prometeo si pierde su propósito. Y el propósito de Woody siempre ha sido que alguien juegue con él. Ahora, en una época que ya no creen en los vaqueros, en los mitos del viejo oeste y en la glorificación de ciertos ídolos, este propósito está cada vez más lejos… ¿Qué le queda entonces? ¿Qué le queda a un ser inmortal que pierde el propósito?

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Cuando Woody se encarga de Forky está buscando este propósito. Hace 25 años convenció a un juguete nuevo y espectacular de su valor como juguete, de un propósito que, en vez de ser cósmico era común. Ahora le toca convencer de un propósito superior a un ser que cree haber cumplido su propósito y que merece ser tirado a la basura. Buzz pensaba que valía más, Forky piensa que ya no vale y, entre los dos, está Woody: el juguete que defiende el valor de uso de todos los demás juguetes. Forky no quiere tirarse a la basura por autodesprecio, sino porque ya fue todo lo que debió ser. En espejo, Woody se niega a ser tirado a la basura, porque cree que todavía puede ser útil. Y, al final, ambos están equivocados.

Forky tiene una vida más allá de la evidencia de su uso primario como utensilio de cocina desechable. Porque existe una magia única en este universo: en cuanto Bonnie resignifica a la basura con un acto de imaginación, en cuanto la bautiza con su propio nombre, nace un ser pensante con una misión específica en el mundo. En Toy Story, el amor de un niño hacia un juguete y el uso que le da en historias propias crea, literalmente, vida. Y eso es algo poderoso que amplía lo que dijo alguna vez Barthes: no importa la función que impongan los adultos a los juguetes, un niño siempre puede convertirlos en otra cosa. Un cerdo alcancía puede significar mucho más que los valores transmitidos de un capitalismo perverso: un cerdo alcancía puede ser, también, un científico malvado del viejo oeste con un zepellin.

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Con Bonnie esto llega al extremo de resignificar los desechos de los adultos para dar vida a juguetes creados, propios, llenos de imaginación alquímica, creativa al extremo, amorosa. Y esa es la enseñanza que le da Woody a Forky y que el vaquero toma de regreso. La imaginación de un niño les dio vida, pero ellos pueden, también, elegir sobre sus propias existencias. Es decir, que no se tienen que aferrar a los vestigios del pasado y pueden ejercer el libre albedrío que mágicamente les fue dado.

Esta película nos da una lección a través de la inmortalidad de Woody al mostrar que la felicidad también es una responsabilidad. Es difícil dejar atrás el calor familiar, lo que nos causa nostalgia, lo que nos hace sentir acompañados, pero hay que forjar caminos propios, comúnmente solitarios, fuera de lo que nos reclama una sociedad prescriptiva. No tenemos que tener hijos, no tenemos que vivir acompañados, no tenemos que cumplir nuestro propósito. La ansiedad millennial se ve aquí reflejada en la búsqueda de propósito de Woody, una búsqueda que termina por cambiar completamente la forma en que piensa el personaje.

Al abandonar todo un sistema de creencias, Woody, tal vez, puede aceptar ser feliz fuera de sus dependencias. Al final, éste es el verdadero final de la saga porque muestra que estos juguetes pueden ser independientes, pueden romper lazos con el pasado y pueden salirse de los papeles que les asignaron. De paso, como reflejo de este desprendimiento, Pixar descarta la nostalgia y busca cortar lazos con nosotros, los que crecimos a su lado. La idea es que no necesitamos repetir para siempre los ciclos del pasado para sentirnos parte de algo, que podemos acabar con las interminables secuelas y que podemos aventurarnos en el terrorífico futuro… una idea poderosa para nuestra ansiedades.

Más allá de pasar 100 minutos de puro deleite en el cine, Toy Story 4 le dio un cierre diferente a esta saga; un cierre inesperado; un cierre que cala hondo y que propone reflexionar, con profunda inquietud, sobre la facilidad de la nostalgia. Por eso, a pesar de ser una película en apariencia innecesaria, Toy Story 4 es el final más adecuado para una saga que nos vio crecer y que, de muchas maneras, nos mostró nuestro mundo con una perspectiva única, cándida y amorosamente lúcida. Este mundo puede ser terriblemente hostil y, tal vez, no tengamos hasta el final a un amigo fiel; tal vez todos nos abandonen y, tal vez, no nos quede más que el recuerdo. Aún así, vale la pena aventurarse más allá de lo que conocemos, vale la pena cambiar la forma en que pensamos, vale la pena romper las cadenas que nos impuso nuestro propio, pequeño e inútil, miedo. Porque, allá afuera, en el riesgo del mundo horrendo que nos espera, todos merecemos ser amados de nuevo.

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Lo bueno
  • Los hermosos cameos de viejos cómicos legendarios.
  • Los hermosos cameos de nuevos cómicos legendarios.
  • El trabajo del genio Tony Hale como Forky.
  • La idea misma de Forky como un contrario cíclico de Buzz.
  • El camino recorrido por Woody.
  • La enorme nostalgia y el enorme desprendimiento.
  • El genial mensaje que transmite la película a nuestra generación.
  • Que no deja de ser sumamente divertida.
  • Que, en 25 años, la animación de Pixar se ha refinado de una manera impresionante sin perder nada de su esencia.
  • Los nuevos personajes.
  • Que no hay un verdadero villano, como en la primera cinta.
  • Que, como buena cinta de animación, tiene elementos muy sórdidos.
  • Combat Carl y la escena post-créditos.
  • Bo Beep modo Mad Max.
  • Duke Caboom, claro… y Rejean.
  • La reflexión de Buzz sobre la voz interna, la consciencia y la reflexión.
  • Que todo aquí es pura magia y pensamiento mágico.
  • Que cierra con una nota genial la más genial saga de este genial estudio.
  • Que, de repente, me encontré desconsolado viendo esto.
  • Que ya no veremos más de estas cintas.
Lo malo
  • Que, de repente, me encontré desconsolado viendo esto.
  • Que ya no veremos más de estas cintas.
  • Que, tal vez, muchos niños no entenderán el enorme contexto y la enorme importancia que esta película tiene para algunos de nosotros.
  • Que pocas cosas podrán superar esta saga en Pixar.
  • Que muchos juzgan, todavía, el valor artístico como utilidad.
Veredicto

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El primer momento en el que sentí un nudo en la garganta al ver Toy Story 4 fue en la primera imagen. Ver de nuevo a estos personajes me pegó como un leño en la cara. De pronto recordé a mi hermano disfrazado de Buzz Lightyear en una fiesta de cumpleaños, recordé mis viejos juguetes, recordé que, en el momento de la primera película, era una persona que todavía no había decidido, para bien o para mal, lo que sería su vida. Ahora soy alguien muy distinto, han pasado 25 años y la pantalla me golpea con un viaje que me hace ver el pasado sin regresármelo. Al final de la cinta, sin embargo, siento que se cumple un propósito y hay una liberación. Porque esta película es un ensayo sobre el abandono de la nostalgia y la trascendencia en la independencia personal. Es una cinta sobre el valor de pensar distinto y cambiar los pequeños hábitos anquilosados que nos mantienen en una falsa comodidad, lejos de la reflexión. Es una cinta que, finalmente, nos regaña con amor para empujarnos a dejar ese pasado nostálgico que, por momentos, pareció ser nuestro único presente. Tal vez, como Gabby Gabby, como Buzz y como Woody, todos debemos encontrar nuestra propia voz para ser queridos, para volver a pensar, para encontrarnos.

Título: Toy Story 4.

Duración: 100 min.

Director: Josh Cooley.

Elenco: Tom Hanks, Tony Hale, Tim Allen, Annie Potts, Keegan-Michael Key, Jordan Peele, Madeleine McGraw, Ally Maki, Jay Hernandez, Christina Hendricks, Keanu Reeves, Lori Alan, Joan Cusack.

País: Estados Unidos.

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