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Summer of ’84 es una película más interesante de lo que parece: detrás de la nostalgia hay una aguda crítica a nuestros miedos.

Stranger Things, It, Super Dark Times, Everybody Wants Some!!, Dark, Sing Street, Captain Marvel… nuestra época está llena de regresos nostálgicos, obsesivos, recurrentes, a las décadas de la infancia. Y sí, con “infancia” me refiero a lo que esa enorme generación, comprendida por el horrendo y desgastado mote de “Millennials”, entiende como infancia.

La glorificación del pasado no es nada nuevo, claro. Hemos visto en Hollywood, a lo largo de los años, muchos regresos nostálgicos. Para no ir más lejos, es evidente la influencia estética de los años 20 y 30 (por Our Gang, claro) en The Little Rascals (1994). Y, como mostró esta pandilla infantil, los regresos nostálgicos de Hollywood no son siempre al pasado inmediato. Por eso, vimos la glorificación de los años dorados de los estudios hollywoodenses en The Artist (2012), Hail, Caesar! (2016) y La la Land (2017); vimos la añoranza de los 50 y 60 en Back to the Future (1985) y American Graffiti (1973); y vimos la nostalgia de los 70 en That Seventies Show (1998), Dazed and Confused (1993) y Almost Famous (2000).

Ahora, parece que llegó el tiempo de confrontar nuestra propia nostalgia millennial por los 80 y los 90. Lo queramos o no, Hollywood se ha encargado de convertir nuestros recuerdos en millones de dólares: por un lado de la máquina entran nuestras esperanzas frustradas, por el otro salen superhéroes, galaxias lejanas y dinosaurios.

Este modelo de negocios cínico no es malo o bueno… simplemente es eficiente. Genera dinero y lo seguirá haciendo. Lo que resulta interesante no es, entonces, criticarlo en el vacío, sino pensarlo desde adentro. Y eso es lo que, sorpresivamente, logra hacer Summer of ’84 con un gran giro reflexivo. Esta cinta es una divertida crítica a la nostalgia, aunque no lo aparente.

Por eso, quisimos tomarnos un tiempo para escribir esta reseña y reflexionar sobre las propuestas de esta insospechada joya con lujo de spoilers. Esperemos que esta reflexión les haga reconsiderar quiénes sobre la torcida realidad de los regresos obsesivos al pasado.

Hasta aquí todo bien

Summer of ’84 es una historia absolutamente predecible, superflua y con guiños reconocibles. La historia comienza con un recorrido en bicicleta protagonizado por Davey. Davey es un adolescente que sigue una ruta de entrega de periódicos mientras narra, en voiceover, su desconfianza de la plasticidad acomodada de los suburbios que habita.

Hasta aquí, todo está calcado de otras partes, como una mezcla diluida de Stranger Things con American Beauty. Y la cosa se pone más choteada en el argumento. Davey y su grupo de amigos piensan que han descubierto un secreto enterrado (The Goonies) en el jardín de un vecino solitario (Rear Window) que, según ellos, está asesinando adolescentes (IT). Los jóvenes se adentran cada vez más en la persecución del supuesto asesino hasta que, de pronto, no pueden evitar verse inmiscuidos (The Faculty, Scream, Fright Night).

En el aspecto ominoso del thriller, el suspenso está perfectamente controlado por tropos conocidos, entre música y algunos jumpscares ruidosos. El espectador va descubriendo las pistas con los adolescentes y siempre está verdaderamente convencido del mal que acecha. Digo, el policía (magistralmente interpretado por ese reconocible rostro de Mad Men, Rich Sommer) es francamente malvibroso desde el principio de la cinta.

En la primera secuencia que aparece, le pide a Davey que lo ayude a mover un mueble hacia su sótano; un sótano espantosamente truculento en el que el policía Wayne Mackey tiene un cuarto oscuro para revelar fotografías. Fijación con la fotografía, sótano truculento, gusto por la jardinería obsesiva, cuartos cerrados con candados… todo apunta, desde los primeros cinco minutos, a que este hombre de ley es un asesino serial.

Y, por si no te queda claro como espectador, los realizadores te empiezan a dar pistas. No se trata de pistas discretas, sino de pistas visuales precisas tomadas de otras películas. Fuera de los encuadres cercanos à-la-Hitchcock, fuera de los sustos tradicionales, hay un uso del color rojo para marcar el crimen que recuerda demasiado a lo que hizo Shyamalan con Sixth Sense.

En la primera media hora vemos el rojo enfocado en el candado con el que Mackey cierra su killroom, rojo en el cuarto oscuro, rojo en el suéter que utiliza el policía cuando está a punto de matar al niño del empaque de leche… Luego, claro, el rojo de la patrulla enmarcará la cara de Mackey en la última maldición que le pone a Devey. El rojo aquí es una pista evidente sobre la verdadera culpabilidad del policía.

En ese sentido, la película tira piedras con las que pulgarcito construiría una supercarretera. Te lleva de la mano hacia la resolución del misterio. Y la resolución no solo es predecible sino terriblemente tranquilizadora: la chica hermosa e inalcanzable acaba con el niño nerdo pero finalmente guapo y encantador (Freaks and Geeks, Stranger Things); el asesino va a ser capturado, el orden se restaura en la comunidad, los amigos acaban más unidos que nunca, los castigos se olvidan y los padres están orgullosos.

Si la cinta hubiera acabado así me hubiera parecido una basura absolutamente complaciente, estúpida e innecesaria… pero hay un giro. Y en ese giro la cinta regresa a reflexionar sobre sí misma para llegar a algo tan inesperado como críticamente glorioso. Lo expresó mejor Kassovitz:

“Es la historia de un hombre que cae desde una ventana en el piso cincuenta. Y a cada piso que pasa, dice: “Hasta aquí todo bien, hasta aquí todo bien”. Pero lo que importa no es la caída, sino el aterrizaje.”

Estrellarse contra el pavimento

Cuando salió Summer of ’84 en Estados Unidos, la prestigiosa página de crítica de Roger Ebert destruyó la película. La describió como una estupidez pasajera que se acumulaba a todas las otras expresiones burdas de nostalgia en nuestra era. En cualquier caso, no puedo estar más de acuerdo con su primera descripción de la cinta -aunque después el reseñador se quede corto-:

“Es fácil hacer un thriller: sólo agrega una amenaza, música ominosa, pistas falsas, jumpscares. También es fácil evocar la nostalgia: agrega unas cuantas canciones, camisas retro, referencias a políticos, programas de televisión o titulares de la era.”

Claro, lo mencionamos sin especificar, pero esta película tiene también un soundtrack ochentero, muchísimas referencias a Spielberg -unas más sutiles que otras-, un atasque de guiños culturales y un morro punk que utiliza un candado como Sid Vicious y escucha a Bad Religion.

En general, lo que dice el crítico de Roger Ebert es acertado: la cinta es una amalgama evidente de otros thrillers; una trama sencilla que busca proyectar fácilmente la nostalgia de una era.

Sin embargo, este paseo por la nostalgia no es mera mercadotecnia: aquí, a diferencia de Stranger Things y tantas otras recreaciones del estilo, hay una reflexión escondida.

El asunto está en el giro final de la película: cuando crees que todo se va a resolver, que todo terminará bien y que no queda más que concluir lo predecible, Mackey mata al pobre de Curtis y maldice a Davey. El asesino escapa y, como un último logro de maldad, destruye todo lo que se iba a acomodar en suburbia: la chica hermosa se cambia de ciudad sin despedirse, los amigos se separan y, por cómo los vemos al final, podemos suponer que los padres de Tommy “Eats” Eaton acaban por matarse.

El orden que vuelve a establecerse es un engaño, como fueron engañosas todas las pistas que nos dio la cinta. El suburbio sigue siendo este lugar en donde se ocultan los horrores, pero ya no hay más vecinos amigables que saludan parsimoniosos. La maldad, ahora, es evidente. Y todas las pistas que nos dieron los directores sirvieron para sentirnos a gusto, confortables y tranquilos como la vida misma del suburbio; nos hacen sentir que prevemos la trama, que la entendemos de antemano, que se nos reconfortará. Pero, en realidad, todo es una trampa para que no esquivemos con incredulidad el golpe final.

Y el golpe final es un golpe de realidad cuando entendemos el modus operandi del asesino. Al principio de la cinta, Mackey le dice al pobre Davey después de enterarse de su edad: “¿Quince? Esa es la edad perfecta… me gustaría congelar ese momento para ti, hacer que vivas eternamente en él”. La idea es bastante truculenta… pero luego se vuelve francamente espantosa.

Cuando confirmamos que Mackey es el asesino en serie de adolescentes, entendemos la lógica de sus asesinatos meticulosos: quiere ofrendarle, a cada uno de estos niños, lo que él no tiene; es decir, la posibilidad de cristalizar el tiempo, de quedarse para siempre en los quince años. Los mata en una reconstrucción perfecta de su cuarto de infancia como un símbolo de generosidad: les está regalando la posibilidad de nunca verse viejos y añorar. Así, Mackey quiere, simplemente, salvarlos de los peligros de la nostalgia.

La idea aquí es poderosa: cuando Mackey está observando a niños jugar y les ofrece un refresco, no está fantaseando con matarlos, sino considerando que nunca podrá regresar a su hermosa edad y ser parte de esos juegos. Su única interacción posible es un soborno de gaseosas frías para un momento mínimo.

Al final de la película, cuando Mackey condena a Davey a recordarlo por siempre, le impone una maldición terrible. Davey interrumpió la obra de Mackey, una obra con la que salvaba a otros a través del asesinato para que no vivieran la añoranza que él experimenta. Ahora, Davey deberá pensar constantemente en un momento pasado; y ese pasado se convertirá en una tortura presente.

Tanto Davey como Mackey comparten ahora una condena: nunca podrán escaparse del regreso obsesivo al pasado. Esa nostalgia por un lado, ese recuerdo por el otro, llegan a un extremo obsesivo tan intenso que se convierten en una prisión dolorosa. La cinta termina entonces, a través de este giro, como un cuento de horror sobre las condenas del pasado y los peligros que oculta el querer  detener el tiempo.

La locura del asesino es la nostalgia, la misma nostalgia con la que nos obsesionamos matando el presente para glorificar el pasado; la misma nostalgia que Hollywood nos vende una y otra vez; la misma nostalgia que nos atrapó al principio de la cinta y nos hizo creer que todo iba a estar bien. Pero nada va a estar bien, porque ese regreso eterno al pasado es peligroso, porque el pasado familiar y reconfortante puede convertirse en horror ominoso, porque no todo lo que dejamos atrás fue mejor. Summer of ’84 es una joya incomprendida porque, utilizando la gramática de la nostalgia para mostrarnos sus peligros, se convierte en algo mucho más interesante que cualquier imitación ciega de Carpenter.

Lo bueno
  • Las actuaciones convincentes.
  • La dirección segura.
  • Que es una ópera prima.
  • La fotografía poco original pero lograda.
  • Que toda la película te atrapa en la complacencia.
  • El giro final que es espectacular.
  • La oscuridad y el vacío que deja.
  • Que, finalmente, es una crítica contundente a la nostalgia.
Lo malo
  • Que muchos la leyeron a la ligera.
  • Que tal vez la estoy sobreinterpretando.
  • Que pudo haber sido una completa basura.
  • Que su elegante final puede pasar desapercibido.
  • Que pocos la vieron.
Veredicto

La enseñanza de Summer of ’84 es completamente contraria a lo que parecía proponer. Por eso creo que muchas críticas se han equivocado al catalogarla, rápidamente, como otro producto banal de la nostalgia imperante. Los tres directores canadienses François Simard, Anouk Whissell, Yoann-Karl Whissell hicieron, queriéndolo o no, un manifiesto en contra de la nostalgia; una cinta que utiliza nuestras propias expectativas y necesidades para revertirlas y señalar la dependencia que tenemos por lo repetido, lo previsible y lo familiar en el pasado. Por eso, al terminar la cinta, todos quedamos como Davey: apresados entre el deseo de recordar tiempos mejores y el miedo de perder nuestra vida en ellos.

Título: Summer of ‘84.

Duración: 105 min.

Director: François Simard, Anouk Whissell, Yoann-Karl Whissell.

Elenco: Graham Verchere, Judah Lewis, Tiera Skovbye, Rich Sommer, Caleb Emery, Cory Gruter-Andrew.

País: Canadá.

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