Un ensayo que se centra en mostrar que a mayor tecnología no necesariamente tenemos personas más inteligentes.

Teléfonos inteligentes al lado de un maiz pozolero

(Stephen Mitchell)

La modernidad, la más avanzada de las modernidades, parte de supuestos elementales; entre la frase hecha, el cliché, que es la parte más básica y sencilla de la expresión escrita. Era el abc de los antiguos epistolarios, unos libros que tenían cartas prefrabicadas para toda ocasión. Si se aproximaba un funeral, proveían de los más probados pésames; si teníamos un amor desairado, nos brindaba apasionadas diatribas capaces de resucitar los ardores más extintos; si teníamos un socio distraido, atacaban con cartas comerciales que instaban y decidían al mismo tiempo.

Esos viejos libritos se extinguieron y con un poco de suerte se les puede encontrar donde el anticuario o en alguna librería de ocasión. Desaparecieron porque dejamos de escribir cartas y ahora los correos electrónicos que las suplantan se parecen —o quieren parecerse— al lenguaje hablado. Pero eso ya no es lo moderno, el correo electrónico va dejando paso a las mensajerías instantáneas capaces de trasladar imágenes, videos o documentos con mayor certeza y garantía de entrega.

Los mensajes han dejado su lugar, por su parte, a los “emoticones” que no son sino ilustraciones aproximadas de emociones y he aquí que la serpiente se ha mordido la cola, queramos o no, la suprema modernidad abandonó la palabra escrita para dar un salto atrás de unos diez mil años, volvimos a la era del ideograma. El teléfono inteligente nos ha llevado, en un salto cuántico, metafísico y metafórico (añada usted el adjetivo y adverbio que mejor le cuadre) a la edad de las cavernas, tanto andar para abandonar las letras y volver a las ilustraciones de los hombres de la tribu persiguiendo a los búfalos de Lascaux.

Desde luego, no es que me queje, qué más da, si cada uno se comunica como puede o como quiere, sólo por exhibir el hecho de que estamos labrando un culto por la modernidad que debiera llamarnos a reflexión y a detenernos un segundo. Les hemos llamado teléfonos inteligentes, edificios inteligentes, tarjetas inteligentes y lo cierto es que no lo son más que el más subnormal de los seres humanos. Venga, la inteligencia artificial es por supuesto otra cosa; lo que llama la atención es el uso de la palabrita.

Cuando era niño y se hablaba de culto a la inteligencia, se trataba del lugar privilegiado que se daba a los intelectuales, al poder que acumulaban y a la potencia que tenían sus opiniones. Hoy la palabra se abarata y es que, en el fondo los seres humanos no hemos salido de nuestra admiración elemental por lo que no comprendemos, al menos no la enorme, inmensa mayoría de los seres humanos. Ese no comprender es la raíz de un doble fruto opuesto, por un lado, de aquella ignorancia reverencial nacen la ciencia y el conocimiento y por el otro, la mitología, el dogma y la sumisión al desconocimiento. El reto está en la manera en que nos asumimos frente al saber y la manera en que lo abordamos y lo manejamos.

Buzón de Cartas de la prehistoria
(Aitor Ortega)

Rimbaud decía hace ya case doscientos años que lo más importante era ser “moderno”, a ultranza y así tenemos esas veinte décadas modernizándonos y empecinados en una carrera sin fin de velocidad y eficiencia, gracias a ello tenemos mejores medicamentos, mayor esperanza de vida, mejores comunicaciones y claro, contenidos más críticos y ambiciosos, pero también una enorme pereza por hacer y pensar. Volvamos al punto inicial, la modernidad, la mayor de ellas, parte de puntos esencialmente básicos.

Una de las cosas que más han llamado mi atención desde la lejana era en que las computadoras debían compartirse en equipos para aprender algo que remotamente llamábamos “computación”, es el hecho de que toda esa riqueza informática, las reproducciones de los cuadros más excelsos, las copias de la música más compleja, todo es una colección de series binarias, 1 y 0, a eso debe resumirse todo… o así era en aquellos días. A ciencia cierta hoy no estoy tan seguro, pero de lo que sí estoy cierto es que no se trata de variables sino de lenguaje y todo lo que antaño eran parrafadas para llegar a un objeto, ese andarse por las ramas como llamaba Alfonso Reyes al ensayo, se transformó en un 1 y 0, en un sí o un no, en un lleno o vacío, blanco o negro. Y aquí es donde comienza a darme la comezón de lo humano, de lo demasiado humano, como diría el viejo Nietszche.

En 1979 William Styron, que había hecho la segunda guerra mundial en el frente asiático y que ya entonces había publicado cuatro novelas de mérito, dio a la imprenta un libro que se convirtió en el epitome del dilema ético: La decisión de Sophie. El libro fue un best seller desde su presentación y luego, en 1982, cuando bajo la dirección de Alan Pakula el libro pasó a la pantalla y Meryl Streep comenzó con ella su colección de Oscares, la historia se volvió un referente obligado. Acompañado de una historia de amor incomprendido, bajo las entretelas del exilio, el destierro y la sobrevivencia del Holocausto, se desarrolla un núcleo anecdótico duro, muy duro; en Auschwitz, una mujer debe decidir a cual de sus hijos sacrifica, ella sufre y elige a la hija pequeña, la entrega a la muerte porque entiende que es la menos dotada para sobrevivir, la más débil y la de menos carácter, salva a su hijo pero debe cargar con esa catástrofe el resto de sus días. Traducido al lenguaje de máquina, era un 1 o un 0, un sí o un no; en términos humanos es un dilema inexpugnable, un misterio sin solución. Me pongo a pensar en esas cosas porque me propongo que indaguemos, largo y tendido las decisiones que las máquinas están tomando por nosotros y la forma en que estamos dejándonos resolver la vida, el azar que descomponemos en minúsculas razones infinitesimales desdiciéndonos del principio poético de Mallarmé que indicaba que “un golpe de dados jamás abolirá el azar”.

En torno a esa reflexión la literatura puede ser un buen abono para comprender la realidad, rápido corre a mi mente Minority Report, que algún maledicente tradujo al español como Sentencia Previa, haciéndole un flaquísimo favor a la lengua inglesa y a la española y menos justicia aún a la historia. El cuento vuelto filme, es una obra de Philip Dick, el que posiblemente —casi seguramente— sea el más grande autor de ciencia ficción de la literatura norteamericana, en el texto, una suerte de inteligencia híbrida, unos videntes y varias computadoras avanzadas, descubren crímenes justo en el instante previo a su comisión, justo cuando ya no se les puede detener y aprenden al asesino justo antes de serlo. Es el mismo autor que concibió otra de las grandes obras de ciencia ficción, Blade Runner, basada en su libro ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, que pone el acento en las emociones como única base —endeble y temporal— para distinguir al “replicante” forma superior del androide, del humano, el simple hecho de plantearnos la pregunta es ya escalofriante y así tantos, hasta desde la órbita soviética con Solaris de Stanislaw Lem.

En 1984 la gente veía con recelo que la novela homónima se hubiera actualizado, la comparaban con el estalinismo y bien mirado, se parecía más a 2014. Antes de entregarnos sin mayor crítica a los hechos: computadoras que toman decisiones para el otorgamiento de créditos —en cualquier momento va a sonar en su teléfono la oferta de su banco para que adquiera un crédito que no han tocado manos humanas— o bien que deciden sobre flujos de producción en plantas de automóviles en Alemania o que incluso imponen infracciones de tránsito en algunos condados de Estados Unidos y comienzan a hacer indagaciones policíacas no son cosas de ficción sino de un cotidiano en el que bien podríamos adentrarnos. De una cosa, por lo pronto, podemos estar seguros, libros como Las uvas de la ira, de John Steinbeck, serán impensables e inverosímiles en la era en que las computadoras y los robots —por ponerles un nombre rupestre— tomen las decisiones.

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