Hace un par de días, Umberto Eco declaró:

“Las redes sociales le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas que primero hablaban sólo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad. Ellos eran silenciados rápidamente y ahora tienen el mismo derecho a hablar que un premio Nobel. Es la invasión de los necios. La televisión ha promovido al tonto del pueblo, con respecto al cual el espectador se siente superior. El drama de internet es que ha promovido al tonto del pueblo al nivel de portador de la verdad”, sentenció Eco.

Más conocido en su faceta como novelista (el éxito de ventas El nombre de la rosa nació bajo su pluma), Eco de hecho es un reconocido académico y ha producido numerosos escritos muy relevantes para el mundo de la teoría y la crítica literaria. En otras palabras, se trata de un autor que de hecho podría ganar el Nobel de Literatura (la idea no es enteramente nueva, ha sido propuesto varias veces).

Uno tiene que conocer muy bien a Umberto Eco para no alarmarse de más a la hora de leer las declaraciones que hace con respecto a temas polémicos. En el 2013 por ejemplo, afirmó (al recibir un grado de Honoris Causa) que las universidades deberían ser para las élites. Sobra decir que muchos sectores se escandalizaron de más.

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Umberto Eco

Eco no se refería a que los menos privilegiados no deben acceder a la universidad sino a que la matrícula es tan alta que la educación tropieza necesariamente. El autor prefiere tener 20 genios que 100 personas medio preparadas sin trabajo o con trabajos muy por debajo de sus capacidades. Ahora bien, puede que su solución sea algo radical, pero no deja de tener un punto válido.

Lo mismo pasa con las declaraciones que hizo hace unos días, hay que aprender a leerlo dentro de un contexto específico para entender lo que dice. El amarillismo, como siempre, está a la mano, pero hay mucho más de lo que parece detrás de lo que Eco afirmó.

El periódico y el borracho del pueblo

Foto: *k59
Foto: *k59

Cuando los periódicos aparecieron por primera vez, causaron un impacto que hoy es difícil de imaginar. Llevamos tanto tiempo conviviendo con la prensa cotidiana, que cuesta concebir un mundo sin periódicos. Pero en el momento en que la prensa se convirtió en un fenómeno extendido y regular, numerosas voces supuestamente acreditadas se sintieron profundamente amenazadas, y con razón.

Aquellos letrados que habían fincado su sabiduría en los libros y en los exclusivos círculos de lectores no concebían que la letra escrita pudiera andar de mano en mano totalmente impune. Después de todo, cualquiera podría escribir lo que sea y distribuirlo de manera más rápida y sencilla que cualquier libro, tratado o estudio. Cualquiera podría imprimir lo que sea, mentiras u “opiniones torpes”, incluso el borracho o el tonto del pueblo.

Sin lugar a dudas, el mundo de los letrados cambio después de la popularización de la prensa y la alfabetización masiva que permitía un nutrido grupo de consumidores. Intelectuales de clase media y emergentes tuvieron la oportunidad de poner sus ideas a competir junto a las de los escritores consagrados. La “sacralidad” del libro tuvo que ponerse en duda junto a la inmediatez de los periódicos.

Por un lado, a través de los siglos la mayoría de lo que se ha escrito en los periódicos fue olvidado, tal como si lo hubiera escrito el borracho del pueblo. Pero por otro, algunos de esos textos permanecieron y consagraron a una legión de intelectuales que hoy son universalmente reconocidos (sin contar que en ocasiones el borracho del pueblo y el intelectual consagrado eran la misma persona).

Las redes y el borracho del pueblo

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Tal como sucedió con la prensa, la emergencia de una web altamente participativa y opinante (como la de las redes sociales), conmociona el mundo de los pensadores profesionales. No sólo porque haya nuevas plataformas, sino porque una nueva manera de poner por escrito lo que se piensa implica una nueva forma de pensar las cosas.

El periódico permitió la emergencia de debates públicos, hizo posible que un grupo de pensadores entraran a la palestra de lo que se dice e inauguró toda una nueva forma de escribir. En suma, hizo posible todo un régimen del pensar.

Es entendible que Umberto Eco se preocupe por la emergencia de las redes sociales como plaza pública. De manera concreta, amenaza el régimen de pensamiento y opinión en el que él se hizo grande y con la que llevó a cabo sus increíbles aportaciones.

Tal como se hizo con el periódico, llegará un momento (tal vez ya está aquí, de cierta forma) en la que podremos distinguir los opinantes borrachos de los serios (o aprender que, como en el pasado, el borracho podría tener algo interesante qué decir).

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Todo se trata de los lectores y su creciente capacidad de distinguir lo valioso de lo superfluo. Así como hace unos años citar Wikipedia era un pecado de negligencia y hoy es una de las herramientas más valiosas de la red, estamos en un momento en que es posible distinguir las opiniones valiosas de las de los “borrachos” en las redes.

Ahora bien, ciertamente el borracho que escribe no trata de decir que Eco es incapaz de hacer la diferencia entre lo valioso y lo superfluo. Simplemente debemos reconocer que en su campo es uno de los intelectuales más notables; pero su campo no iba a durar para siempre, y encuentra problemático este nuevo campo en el que nos movemos. Sin duda podría adaptarse mejor que cualquiera de nosotros, pero eso implicaría sacrificar todo el régimen de pensamiento en el que tan bien se mueve.

El periódico fue un régimen de verdad que nos exigió una participación diferente, que, entre sus bondades, nos empujó a contrastar, a indagar, a dudar. Finalmente, las redes sociales hacen algo bastante parecido, y piden a los lectores una capacidad más sutil y ágil de pensamiento crítico. Ese es el nuevo régimen del pensar. No uno en el que los necios dominan, sino en el que nuevos tipos de intelectuales llegan a nuestros ojos todos los días.

Y, ¿quién sabe?, tal vez el borracho actual del pueblo un día será capaz de aportar una opinión valiosa. Digo, no sería la primera vez que pasa, ¿cierto?

*Este artículo se publicó originalmente en Medium.

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