Los datos que aportamos día con día en nuestras redes sociales parece frívola cuando la vemos de manera aislada. Pero si reunimos esos datos podemos obtener conocimiento clave para comprender nuestra realidad, de la misma manera, también es posible usar esta información para hacernos daño.

Tuits, post, comments, incluso likes, favs, estrellas o retuits son datos que constantemente subimos a la red. Como todos los datos, no significan nada por sí mismos y poco nos pueden decir acerca de nuestros gustos o formas de ser. Pero si combinamos esos datos podemos conseguir información relevante. Veámoslo así: los likes son datos aislados no nos dicen nada, pero si los contamos, reunimos y discriminamos podríamos obtener información relevante. Imaginen lo que podríamos saber si reunimos todos los likes que se dan en un país o en el mundo entero.

Sabríamos, por ejemplo, qué tan efectivas son las campañas publicitarias en Facebook, qué tipo de productos se posicionan mejor, qué páginas son las más populares, a qué hora hay mayor tráfico en la red social, qué les gusta más a los adolescentes o a los jóvenes, etc. Pero no todo queda ahí, cuando interpretamos y reunimos esa información podemos obtener “conocimiento”, como puede ser en qué momento, en qué página y a qué sector dirigimos una campaña. No es poca cosa, si consideramos que las campañas electorales son publicidad que en gran medida decide a los próximos gobernantes, o que lo que vemos anunciado influye en nuestros hábitos de consumo y en la manera en que nos comportamos.

¿Pero realmente las redes sociales nos pueden decir cosas fundamentales del mundo actual, o todo se queda en frivolidades y publicidad?

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Lo que nos dicen las redes

Las redes arrojan a velocidades antes inconcebibles y en cantidades inconmensurables datos sobre la vida de las personas. Estos datos son susceptibles de convertirse en información importante política, comercial y socialmente; pero su manejo es más complejo de lo que parece. Nunca habíamos tenido un mapa con tanta información sobre lo que hace la gente día a día. Las fotos de las vacaciones, las opiniones más efímeras (que caben en 140 caracteres) y las cosas que nos gustan están a disposición de cualquiera en cualquier momento, ¿cómo aprovechar esos datos?

Al momento no existe una herramienta capaz de medir el sentimiento de los usuarios sobre un tema en específico, o su comportamiento, o sus opiniones. No hay algoritmo suficientemente bueno como para lograrlo. Las herramientas para el estudio sociológico siguen siendo arcaicas y desperdician el enorme flujo de datos de las redes sociales. El asunto es que tampoco existen metodologías absolutamente confiables para el caso.

Es decir, ¿a qué conclusiones podemos llegar con las actitudes de las personas en las redes? ¿Un troll en redes es un troll en la vida, por ejemplo?, ¿somos igual de sinceros, agresivos, amigables o vulnerables en nuestro perfil de Facebook que en nuestro trabajo o escuela?, ¿y si hay diferencias, qué significan? El problema es más difícil de lo que parece, pero no imposible. Ya se trabaja en algoritmos y súper computadoras capaces de leer nuestras redes de manera productiva e inteligente.

Datos masivos

Cada vez que publicamos un tuit, que posteamos la foto de nuestras vacaciones en Facebook, que hacemos check-in en Foursquare, que utilizamos el GPS o subimos contenido audiovisual producimos datos que se suman a la red. Estos datos cobran dimensiones masivas cuando cientos de miles de personas hacen lo mismo todos los días.

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Existen diferentes tipos de datos, pero quizá los más importantes son los que se producen gracias a las redes sociales. El sueño de todo amante del conocimiento humano (o dictador furioso, también hay que decirlo) es tener todo el tiempo disponibles datos de naturaleza personal. El problema es que la información es tan amplia e impredecible, que hasta ahora no se ha podido manejar de manera productiva, al menos no lo suficiente.

Lo que llamamos “minería de datos” es la combinación de datos para producir información y eventualmente conocimiento. Por ejemplo, podríamos saber mucho sobre las opiniones y prácticas políticas de los jóvenes universitarios si sabemos a dónde van, qué bromas se permiten, que comentarios se autocensuran, a quién insultan, de quién se ríen (por los memes que publican) y a quién no conocen. Toda esa información puede ser extraída de los datos de las redes sociales, pero no es tan sencillo como suena.

Un estudio en el Reino Unido concluyó que los países desarrollados piensan más a futuro que los no desarrollados. Para llegar a tal aseveración, estudiaron las búsquedas en Google por país. Sin ánimo de descrédito, el estudio tiene sus limitaciones. Por ejemplo, bien podríamos preguntar, ¿las búsquedas en Google representan un insumo confiable en cuanto a la planeación a futuro de los usuarios de la red?, ¿es un lugar en que se expresan esas ideas?, ¿quiénes son esos usuarios? En los países de tercer mundo suele haber menos usuarios de internet y hay grandes grupos sociales que no están representados en la red, ¿entonces los resultados pueden ser confiables?

Adicionalmente, no se puede tratar la información de búsquedas en Google igual a lo que posteamos en Facebook, o en Twitter. Sin duda, los datos en cada caso deberían tener un nivel diferente de confianza. Por otro lado, ¿todos usamos de la misma manera las redes?, o peor aún, ¿las usamos de la misma forma a lo largo del tiempo? La respuesta es no, entonces ¿cómo podríamos aprovechar esos datos si son mutables, complejos e irregulares?

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Para resolver estas difíciles cuestiones la biomimética tiene mucho qué decir. Este campo se esfuerza por emular en el mundo electrónico los recursos, comportamientos y relaciones que se establecen en el cerebro. Al fin y al cabo, no conocemos una herramienta analítica tan eficiente y bien constituida como el cerebro. Aún estamos muy lejos de construir una máquina que haga lo que hace un cerebro humano, aún las computadoras tardan varias horas en procesar lo que la mente humana hace en pocos instantes. La construcción de esa máquina, no obstante, no es imposible y seguramente en algún punto del futuro lo podremos ver, para bien o para mal.

Inteligencia colectiva

Para no irnos tan lejos y perdernos (nosotros también) en un mar de datos, consideremos por el momento sólo la información que publicamos en Twitter. Como todos los usuarios de la red sabrán, cada vez que ocurre un desastre natural, un crimen de proporciones considerables o un encuentro de futbol; la red se llena de TT relativos a ello. Esto es lo que algunos han dado en llamar “twitcident”, o “tuitcitente”.

En teoría, por ejemplo, se podrían medir estos tuitcidentes y extraer información valiosa de ellos. Por ejemplo, se podría crear una aplicación capaz de identificar zonas afectadas por un sismo o que de manera instantánea verifique si las diferentes zonas de las ciudades fueron afectadas (¿quién, después de un sismo, no ha publicado un tuit que diga, por ejemplo: “en el centro, todo bien”?). Los que vivimos en una zona sísmica sabemos lo importante que es contar con esa información. Todo esto usando sólo tuits. Imaginen lo que podría hacer para la investigación policiaca, con todo el contenido multimedia que se encuentra ahí.

El lado oscuro

A partir de las revelaciones del espionaje masivo llevado a cabo por los EEUU y las leyes que pretenden limitar nuestras libertades en internet (como la ley #Telecom); somos más conscientes de lo que publicamos y de nuestra privacidad. Pero eso no nos libra de las paradojas que implica la privacidad en tiempos de redes sociales.

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Queremos publicar nuestras fotos, pero no queremos que todo el mundo las vea, sólo ciertas personas. Queremos hablar de nuestras opiniones en línea, pero no queremos que lo que decimos en un segundo defina nuestra personalidad virtual. Queremos libertad absoluta en línea, pero al mismo tiempo queremos limitar la libertad de los que podrían usar nuestra información de mala manera.

Si una investigación policíaca en Facebook permite que se rescate a un pequeño o pequeña secuestrados no hay duda de que los datos están siendo usados de manera responsable. Pero si el mismo centro policiaco (o algún gobierno) abusa de lo que publicamos en la red para perseguir disidentes políticos o acosar a quienes expresan ciertas opiniones, entonces está abusando. No se trata de abrirle la puerta a la policía para que indague en nuestra vida privada libremente, tenemos razones para esperar que lo que publicamos diariamente no será usado en nuestra contra.

El think-tank británico Demos publicó un trabajo de Sir David Oman, Jamie Barlett y Carl Miller sobre estos asuntos. Ellos proponen que se pueden pensar criterios para que la acción policíaca no resulte abusiva y al mismo tiempo sea eficiente con la información de las redes sociales. Para ello proponen seis rutas de acción con el fin de garantizar una investigación ética. Aunque implica un compromiso entre usuarios, prestadores de servicio, policía y autoridades judiciales; es un propuesta viable. Échale un ojo, vale la pena en estos tiempos de incertidumbre en cuanto al espionaje en internet.

El extraño caso de Eliot Higgins: el lado brillante

Eliot Higgins vive en Leicester, Inglaterra, a 3,700 kilómetros de Siria. 37 años, casado, una hija de dos años. Puede seguir canales de YouTube de interés general para el conflicto en Siria, puede seguir cuentas de Facebook, Google+ y Twitter, puede contactar con periodistas y expertos en temas armamentísticos y militares. No puede leer informes oficiales, no habla ni escribe en árabe, y no puede visitar la zona de conflicto. En suma, básicamente puede hacer lo mismo que cualquiera de nosotros, y aun así su blog, Brown Moses, es una de las referencias fundamentales para entender el conflicto bélico en este país de Medio Oriente, ¿cómo puede ser?

Imagen: webtreats
Imagen: webtreats

Con tan sólo su laptop y un buen arsenal de tiempo libre, Higgins fue uno de los primeros en descubrir que las fuerzas armadas Sirias estaban detonando bombas ilegales, y que había un tráfico intenso de armas entre Irán y Siria. Además, su trabajo para identificar los cohetes lanzados el 21 de agosto en la zona de conflicto ayudó a que la opinión internacional se enterara de que el ejército sirio usaba armas químicas. Su trabajo ha sido citado por medios como The Guardian y The New York Times, y por organizaciones como Human Rights Watch.

¿Cómo lo hizo? Desempleo, obsesión, y trabajo sostenido, pero sobre todo inteligencia. Sus fuentes de información son exactamente las mismas que tienes abiertas en tu explorador o cargas en tu smartphone: las redes sociales. En suma: Blogger, Facebook, Twitter, YouTube y Google+. Higgins revisa diariamente diversas cuentas en redes que publican contenido multimedia como imágenes, videos o audios del conflicto; revisa cuidadosamente ese contenido y establece relaciones. Si tiene dudas, escribe correos a los expertos, consulta Wikipedia o discute en foros. Con estas herramientas ha hecho descubrimientos imprescindibles para nuestra comprensión de lo que pasó y está pasando en Siria.

La información que circula en internet, al menos en teoría, nos permite ser expertos en prácticamente cualquier tema si nos esforzamos lo suficiente. Pero Higgins además demostró el valor que pueden tener las redes si se les aplica un poco de inteligencia. Imaginen lo que hubiéramos podido saber de las guerras del pasado si hubiéramos tenido un arsenal audiovisual como el que hoy se comparte diariamente. Requeriríamos sólo una pequeña dosis de inteligencia para construir conocimiento y probar hipótesis que nos darían una mejor comprensión de lo que ocurre en nuestro mundo.

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Los datos en línea que aportan las redes sociales son, en efecto, frívolos. Pero si los combinamos, podemos construir información. Claro que dicha información no tiene ética, puede ser manipulada en contra de usuarios como nosotros o usada para resolver conflictos o denunciar injusticias. El estado actual de la red no tiene límites en ese sentido.

Todos sabemos que empresas como Facebook, Twitter y Google lucran con nuestros datos personales; pero esa no es la única manera de usarlos. Conforme pasa el tiempo, los límites legales para usar estos datos tendrán que refinarse y mejorar; pero siempre con la vista puesta en que no estamos dispuestos a dejar de compartir lo que queramos en internet y la información debe permanecer libre. Es posible y es deseable.

vía The Conversation

fuente Demos

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