La utopía murió con ¡Qué verde era mi valle!

Los años cuarenta, con todos sus problemas, eran más simples que la era de los algoritmos actual.
(20th Century Fox)

En 1941 las pantallas del mundo están dominadas por una película que hará historia, un filme que revolucionará la narrativa de los medios de comunicación y también el lenguaje cinematográfico: El Ciudadano KaneLa película de Orson Welles era favorita para obtener el Óscar a la mejor película, nada parecía detenerlo, apenas tres años antes el director de cine había enloquecido a la ciudad de Nueva York con su difusión radiofónica de La Guerra de los Mundos, adaptación de la novela de H.G. Welles.

Sin embargo, en uno de esos giros de la historia que no es fácil de comprender sino con el paso de los años, la gloria se la llevó una película de John Ford, Qué verde era mi valle, un drama semirrural que cuenta la historia de una familia de mineros en Gales que ante la caída de sus salarios se ven envueltos en la formación de un movimiento socialista contrastando su apego a las formas tradicionales de vida con los retos de un futuro incierto. En la película de Ford hay fuertes reminiscencias de Las uvas de la Ira de Steinbeck, publicada un año antes. La diferencia estriba en el retrato melancólico del apacible valle en que el protagonista vive su infancia, una especie de reclamo sobre el principio que enuncia que todo tiempo pasado fue mejor.

Tanto el El Ciudadano Kane como Qué verde era mi valle enfrentan, por un lado, la necesidad de responder ante un mundo que se ofrece incierto.  Pero ambas ofrecen mundos distintos, mirar al pasado o sobrevivir al futuro. Estas dos son los dos cintas son los últimos suspiros de nuestros sueños por un futuro mejor.

En 1948, Georges Orwell, que había hecho la guerra en España y que sabía de los avances nazis, escribe su célebre 1984 y con ello parte el camino entre el pasado y el futuro de nuestra concepción del mañana. A través de la inversión de las dos últimas cifras del año de su publicación —no hay más explicación que esa pese a las diez mil teorías de la conspiración en contrario— forma la fecha en la que el mundo se habrá instalado en el desastre, aquella contrautopía donde el totalitarismo, la manipulación y la muerte de las libertades se enseñorean sobre el mundo, una exacerbación del presente nazi de la época, corresponde al mismo mecanismo que Orwell usará para escribir La rebelión en la granja respecto del estalinismo un año después.

El hecho es que a partir de ambos libros, nuestra percepción del futuro se torcerá para siempre, escribir utopías de alegre progreso se volverá insultante y, en adelante, sólo habrá tinta para contrautopías, distopias y ucronías con los más negros augurios. Ese filtro también está presente en la visión que nos hemos construido de nuestro propio mañana en relación con nuestra convivencia con la tecnología.

No estoy seguro que los seres humanos aprendamos de nuestros errores, prueba de ello es que los repetimos continuamente, de lo que sí puedo estar seguro es que no hay otra forma de aprender; en la raíz del ensombrecimiento de la visión del mañana que provino de la segunda guerra mundial está no sólo la destrucción, la muerte y la sinrazón, sino que todo aquel progreso tecnológico, sus fábricas de muerte, los gases y átomos derramados, se hicieron sin una reflexión previa, sin un análisis que realizara una advertencia y que quienes se atrevieron a pronunciarlos fueron desoídos, recluidos o asesinados. Nuestro tiempo vive este dilema.

Aunque cueste trabajo creerlo, esta torturada época nuestra es mucho más reflexiva que la que antecedió a la Segunda Guerra Mundial. Tenemos más libertades de expresión que en muchas décadas y posiblemente más que en cualquier época anterior y son muchos quienes se queman las pestañas para tratar de interpretar el mundo en que vivimos y sin embargo, nuestra visión del futuro no deja de ser sombría o, por lo menos, contradictoria y es que nuestros juicios circulan por las mismas redes que nos atemorizan, la agenda la fijan los medios digitales y nuestra percepción aparece condicionada por los algoritmos, el diablillo de esta modernidad, que van ofreciendo las tendencias que se suman sin crítica en la agenda de los menos avezados que son ingente mayoría.

Celebramos cada progreso, cada paso tecnológico aunque sea imaginario o una “fake news” como diría el político epónimo de nuestra era. Queremos ver un mañana limpio de contaminación, con muchas horas libres y con robots que hagan el trabajo por nosotros y, al mismo tiempo tenemos miedo, mucho, sobre ese mañana en el que los seres humanos no sabemos bien a bien qué lugar va a correspondernos. El punto está en la crítica que seamos capaces de ejercitar y en nuestra inteligencia para discernir la calidad de la información de la que nos apropiamos.

Cambiamos los argumento por los memes

(Viva Iquique)

En 2014 Umberto Eco estalló contra las redes sociales. Decía el escritor:

“Las redes sociales le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas que primero hablaban sólo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad. Ellos rápidamente eran silenciados, pero ahora tienen el mismo derecho a hablar que un premio Nobel. Es la invasión de los imbéciles”… añadía que “si la televisión había promovido al tonto del pueblo, ante el cual el espectador se sentía superior”, el “drama de Internet es que ha promovido al tonto del pueblo como el portador de la verdad”.

En otras palabras, el hecho de que cualquier sujeto pueda opinar sobre lo que no conoce y difundir su visión a millones personas de audiencia con sólo un acceso a internet y un teléfono inteligente, echa por tierra un larguísimo proceso de selección de los argumentos que caracterizó a la discusión civilizada por siglos. Aplaudimos la democratización de los medios porque no queremos ahondar en la calidad de sus argumentos porque, en cierta manera, tenemos miedo de enfrentar lo que voces más autorizadas y mejor informadas puedan decirnos.

Hay un juego perverso en todo esto. Veámoslo así, la discusión ha dejado de pasar por las universidades y por las editoriales, se centra en el apoderamiento de las redes sociales a las cuales todos tienen acceso sin que exista filtro ninguno. Pero, quien así opina y se supone libre, no se percata que son tendencias fijadas por los robots de la internet, por esos animalitos que hemos llamado algoritmos, lo que van diciendo qué está bien y qué está mal, que político merece respeto y cuál debe ser ridiculizado. O bien, si merece igual atención el perrito que esperó a su amo en una calle de Tokio —aunque dicho perro no exista— o los últimos avances en la discusión sobre ética e inteligencia artificial en Bélgica o Estados Unidos, porque ahora lo importante es estar, ser visto y ser reconocido, lo de menos ese lo que decimos.

Cambiamos la dificultad de construir un argumento por la facilidad para diseñar un meme, restamos importancia a los consejos de las editoriales para apostar por la autoedición que convierte en escritor a cualquiera porque lo importante es hacer contracorriente aunque no nos demos cuenta que, en realidad, estamos siguiendo a ciegas las tendencias.

Pero no es todo obscuridad, esa inteligencia artificial que hemos estado fustigando, permite mejores diagnósticos clínicos y no sólo para los más ricos. Contribuye a que el tránsito en las grandes ciudades sea más fluido y que dispongamos de herramientas para conocer mejor el daño que hacemos al medio ambiente y la manera en que podemos reducir ese impacto y corregir nuestro instinto de depredación. El reto de nuestro tiempo no está en generar progreso, sino en domar ese mismo progreso, aquello en lo que fracasaron las dos generaciones anteriores y para ello, lo fundamental es no perder el sentido crítico que es lo que nos convierte en humanos.

“Para salir del laberinto de la perplejidad y del asombro” como diría María Zambrano, lo justo es salir de la burbuja tecnológica, es decir, brincar fuera del mundo del ultra progreso y poder observarlo desde fuera, pensar que estos cambios no son algo que nos ocurre como una bendición o como un maleficio, sino que es un hecho histórico que está ocurriendo frente a nuestras narices. La educación que impartimos debe pasar por fomentar el espíritu de la duda metódica en los niños, en la enseñanza del sentido común y en la confianza en las instituciones académicas básicas como la relación maestro-alumno, el valor de la memoria humana y el sentido estético y ético de la enseñanza. Recuperar aquel verde valle, una pizca de aquel tiempo en que todo parecía más sencillo y en realidad lo era, ese mundo donde existían los secretos que ahora tanto despreciamos y que constituían la fortaleza de nuestro ser interior y la lacerada marca de nuestro carácter.

Las decisiones tomadas por máquinas son un fenómeno que no vamos a evitar, de hecho, que no queremos evitar, pero para hacerlo posible hay que mantener a raya nuestra propia ambición, nuestro anhelo no de saber sino de hacer y poseer. Romper con el ídolo del progreso como fin en sí mismo y retornar, con cuidado a ese tiempo pasado que no fue mejor, que tal vez ni siquiera existió exactamente como lo recordamos, pero que nos inspira para decidir que es lo que queremos que las máquinas hagan por nosotros y como queremos que lo hagan; la solución al dilema de la tecnología, gran paradoja, está situado fuera de la tecnología, se inscribe en el pensamiento filosófico, en el estudio ético y en la construcción de valores morales adecuados a nuestra realidad presente.

Si no ha visto El Ciudadano Kane o Qué verde era mi valle, este es un buen momento para hacerlo, véalas con cuidado, con sentido de la temporalidad, no olvide ni su época ni su circunstancia, pero sobre todo, observe y disfrute la belleza de ver una película que nos es 3D, 4D ni está plagada de efectos computarizados, aquel cine que reflejaba actores y guionistas empeñados en contarnos una historia, así de simple, así de complejo.