En la cuerda floja: escribir en medios digitales

Escribir o leer medios digitales es como ir en una cuerda floja, en este artículo Jorge "Coy" Ringenbach nos lo explica.
(Foto: Institut Estudis Fotogràfics de Cataluny)

Vamos a caminar un poco en la cuerda floja, de vez en cuando, este fabuloso ejercicio nos permite cambiar de óptica, arriesgar lo poco o mucho que tenemos y aventurarnos en un tanto de autocrítica como de sana efervescencia. Escribir para medios digitales es hoy no sólo una moda o una tendencia, parece ser ya el medio natural de expresión para quienes tienen algo que decir. Youtubers, booktubers, blogueros, tuiteros y toda una fauna de generadores de contenidos nos toman por asalto y, si antes decidir qué periódico llegaba a casa se convertía en una especie de declaración de principios, hoy abrevamos de cuanta fuente nos sale al paso y, bueno, eso es tanto como vivir entre el empacho y el desahogo.

Hace algunos años Umberto Eco escribió un ensayo que le ganó algunas malquerencias aunque, claro, tratándose de él no hubo necesidad de replicas ni debates, el punto quedó ahí como una reflexión que no debe ser obviada. Lo que muchos dieron en llamar la democratización de los medios, Eco lo llamó el imperio de la estupidez y se basaba en un principio elemental, la estructura de los formatos de opinión en la red permiten que un idiota funcional tenga el mismo peso de opinión que el especialista mejor preparado en un punto específico; el corolario no se escapa y es sencillo, para producir contenidos en las condiciones contemporáneas lo que hace falta es un medio y no un contenido.

(Foto: Aaron Yoo)

Veamos, ayer mismo descubrí un artilugio extrañísimo, se llama TikTok y transmite breves videos de gente haciendo cosas estúpidas, por decir lo menos, no se cuantos miles de adolescentes sin camiseta medio bailando hiphop y lanzando besos con cara de estar drogados, lo que necesitan es un medio y no un mensaje.

A todo esto, he dicho que caminaría en la cuerda floja porque, a fin de cuentas, aquí estamos, en los medios digitales tratando de justificar mi opinión, pero para ser francos, eso sólo ocurre en una fracción del vasto territorio de la internet; hace muchos años, siglos tal vez, uno escribía algún asuntito que quería ver en prensa; uno se preparaba, se quemaba algunas horas en la biblioteca, lo escribía, lo corregía varias veces, se lo daba a algún buen amigo con ciertas credenciales al menos de lector avezado y luego comenzaba el peregrinar a ver quién era el guapo que se aventaba a publicar lo que habíamos hecho, podía suceder que no hubiera nadie que lo quisiera y el escrito iba a parar a la bodega de los desahucios, uno podía deprimirse o bien fijarse en los errores o en los defectos que le habían impedido nacer y vuelta a empezar se empeñaba en el siguiente escrito. Si tenía uno suerte y el tema no había perdido interés, alguien se ocupaba de publicarlo, y lo más probable es que si alguien lo leía uno no tenía oportunidad de saberlo, pasaban muchos años, muchas publicaciones antes de que nuestros textos llamaran la atención de alguna manera, casi décadas hasta que incluso alguien pagaba por ellos, para ese momento uno podría suponer que la calidad de lo escrito estaba ya lejos de los primeros embodegados.

(Foto: Fotero)

Hoy no necesito nada así, ni siquiera un contenido, por que mi teléfono y yo somos, al mismo tiempo, la redacción, el consejo editorial, el productor y el medio y si alguien no le gusta, no me importa, de todos modos nunca falta un roto para un descosido y alguien tirara un “like” para justificarme. No suena mal por principio, pero si lo multiplicamos por millones de sujetos, entonces el estado de salud de la opinión y los contenidos entra en serios predicamentos.

En mi infancia, antes de la fotografía digital, tomar una foto era una cosa seria. Para empezar, la cámara fotográfica era del padre, la buena vaya, porque comenzaban a existir algunas instantáneas o de pequeño formato que uno tenía de adolescente; pero tirar una foto, aunque sea familiar, implicaba comprar el rollo correcto y luego llevar a revelar y pagar las impresiones, así que no quemaba uno doscientas fotos en una mañana sino que uno tenía que pensárselo.

Los estudios fotográficos hacían las cosas como debían y uno se conformaba con lo que tenía; acaso, algunos, buscaban la bibliografía adecuada, iban comprando las lentes y los filtros correctos, poco a poco se iban armando del equipo y del conocimiento necesarios para que algún día se pudieran dar a conocer las fotografías y con suerte vender alguna. Hoy no hace falta, porque el teléfono lo hará todo por mí y en ese sentido estamos invadidos de imágenes que no dicen nada, como decía Tomás Segovia, “una imagen dice más que mil palabras pero eso no se puede decir con imágenes”; la imagen se abarata y si a alguien no le gusta, no importa, porque no fotografío y publico para decir algo, sino para verme en el retrato y en las imágenes que la fábrica del teléfono me ha provisto. A esto le podríamos llamar el abaratamiento de la imagen.

(Foto: Alejandro Escamilla)

El hecho está ahí y no vamos a combatirlo, me dicen las redes que en Francia y España unas nuevas tribus urbanas comienzan a desligarse de los medios y utilizan teléfonos sin aplicaciones, solo para llamadas; tal vez en el futuro próximo algunos vayan cansándose de la era del exhibicionismo y encontremos el anhelado punto medio. Por lo pronto, desde la cuerda floja y como se ven las cosas desde aquí arriba, puedo decir que el punto no está en los medios sino en los ojos de quienes los contemplan. Mi madre me lo decía cuando le presentaba a alguna novia no especialmente agraciada: “la belleza está en los ojos de quien la mira”.

No está mal que un payaso mal pintado se lance al Youtube para arrojar una diatriba odiosa contra la homosexualidad, el problema es que se la compremos, lo veamos, lo repliquemos y le creamos; no está del todo mal que algún ingenioso descubra que el coronavirus es una mutación de genes extraterrestres y que la NASA nos está ocultando la verdad, el problema está en que nos la creemos, lo replicamos y lo aplaudimos. El punto está en que nuestro sentido crítico nos hizo el menor esfuerzo por sobrevivir y se plegó de inmediato ante el abaratamiento de los contenidos y las imágenes.

Nunca me creí la muerte de los libros ante el embate de los libros digitales, de hecho, en algunos países la curva de ventas de los inmateriales nunca alcanzó a los físicos. Los lectores estábamos hechos de otra madera y el equilibrio entre los medios bibliográficos se fue dando conforme el mercado lo iba dictando; es cierto, los días de los periódicos y las revistas en papel están contados, pero las buenas ediciones de libros en papel siguen prosperando y aumentando, ¿cual es la diferencia? Que el lector de libros es necesariamente crítico y por lo tanto encuentra razones y causas y que, más o menos, con sus tentativas y orientaciones, no se compra todo cuanto le venden. Ese es el espíritu que se necesita para domar la dictadura de la banda en la opinión.

Después de esta odisea de unos cuantos metros en la cuerda floja me parece que estamos, al menos tratamos, de hacer lo correcto y que escribir en la red implica la responsabilidad de hablar con fundamento, tolerancia e inteligencia, claro, en la medida que nuestras humanas fuerzas lo hagan posible.