Eugenia Kuyda creó un bot que simula el comportamiento lingüístico de su amigo muerto.

¿Vale la pena preguntarnos todavía qué es el alma? Parece que la ficción cada vez nos alcanza con mayor regularidad. En esta ocasión, The Verge publicó un reportaje que cuenta la historia de como Eugenia Kuyda, una ingeniera rusa, logró rescatar los idiolectos (manera particular que cada individuo tiene de hablar una lengua) de su amigo fallecido Roman Mazurenko, a partir de redes neuronales y mensajes de Telegram. Como decía Ludwig Wittgenstein: “Los límites de mi mundo, son los límites de mi lenguaje”.

Y aunque parece un capítulo de The Twilight Zone, no lo es. Sin embargo, luego de que Mazurenko muriera atropellado, Eugenia Kuyda –su mejor amiga–, desarrolló con los ingenieros de su empresa de inteligencia artificial, Luka, una especie de memoria virtual de su amigo a partir de su manera de expresarse. De acuerdo con algunos amigos, la computadora responde igual al difunto.

Si eres fanático de las series de ciencia ficción, es posible que esta historia te suene familiar ya que, en gran medida, Kyuda se inspiró en un capítulo de The Black Mirror para traer a su amigo a la vida. En el episodio, llamado Be Right Back, una joven llamada Martha está devastada cuando su prometido muere en un accidente automovilístico. Llevada por el desconsuelo Martha se inscribe a un servicio que utiliza la tecnología online para crear un avatar que imita la personalidad de su prometido. Primero manda mensajes de texto, luego es capaz de hablar con él por teléfono. Eventualmente, paga por un servicio mejor y la compañía injerta la personalidad del difunto en un androide idéntico a él. Sin embargo, son las diferencias mínimas las que ocasionan que Martha recluya finalmente al robot en el sótano.

La personalidad de Mazurenko –relata Casey Newton en su reportaje– era melancólica y pensaba constantemente en la muerte. Incluso en 2015 aplicó a una beca de Y Combinator, para fundar un nuevo tipo de cementerio al que llamó Taiga, y donde los muertos serían enterrados en cápsulas biodegradables con la finalidad de que sus cuerpos en descomposición, fertilizaran árboles que fueran plantados sobre ellos, creando “bosques conmemorativos”. Mazurenko decía que:

“El rediseño de la muerte es una piedra angular de mi interés permanente en las experiencias humanas, la infraestructura y la planificación urbana”.

Y esa concepción no parece nada descabellada si consideramos las nuevas formas de interactuar ante la falta de nuestros seres queridos. Me refiero a publicaciones en redes que hacen manifiesto un dolor que durante siglos se regodeaba en la soledad y la discreción; o los muros de Facebook que siguen abiertos de aquellas personas que nos dejaron y la forma en la que interactuamos con ellos. Tal vez sean nuevos rituales y abandonamos poco a poco la costumbre de ir a dejar flores. Como lo plantea el reportaje, tendría que existir una nueva forma en la que evaluamos la muerte. 

Si bien el artículo es bastante emotivo por momentos, las implicaciones éticas resultan por lo más interesantes. Al padre de Mazurenko, de profesión técnica, le parece interesante los logros alcanzados por el experimento, a la vez que tiene muy claro que ese no es su hijo. Por otro lado, algunos amigos de Kuyda consideran que está jugando con fuego y que podría tener implicaciones negativas.

No pretendemos ponernos a hacer psicoanálisis, pero a grandes rasgos cuando en teoría psicoanalítica se habla de la “Falta”, el concepto se circunscribe a las diferentes dimensiones de la relación del sujeto con el deseo. Es decir que, de volverse un nuevo producto para el mercado, nuestras relaciones con la ausencia cambiarán, quién sabe si para bien o para mal, pero lo cierto es que los alcances de la inteligencia artificial, que día a día se modifica y mejora, está definiendo nuevos paradigmas de nuestra realidad.

fuente The Verge

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