Las grandes distribuidoras de cine quieren asegurar sus morlacos recordándole al público algo inolvidable: este fin de semana se reestrena por un par de días Sin City (2005), nueve años después de su llegada impactante con faros cegadores de viejo coche sesentero. 

Esta adaptación de vanguardia rompió con violencia muchas de las barreras entre cómics y cine, innovó, sorprendió y explotó con cariño una de las novelas gráficas más admiradas de todos los tiempos. Porque, claro, en papel, esta serie de historias cuidadosamente escritas y representadas con un trazo único fueron también creadoras de género.

Se estrena entonces una segunda parte, Sin City: A Dame to Kill For, después de casi una década de espera. Pasaron más de veinte años entre la publicación de los libros y su adaptación, la fecha tentativa de estreno fue 2009, la impaciencia se enfría, suceden cosas en medio y el tiempo todo cambia. Parece que las distribuidoras de películas en México atinan en recordar algo: la novedad de la primera película se enfrió con los años, la figura antes imponente de Frank Miller ha menguado; pasó The Spirit (2008), las pantallas verdes son nuestro martirio; 300: Rise of an Empire (2014), las adaptaciones han sufrido glorias desiguales; pasó una sombra de duda y todos esperan sin que se escuche el clamor de entusiasmo.

Para transmitir un poco de mis expectativas y miedos, para recordar la experiencia inigualable de releer –o, si tienes suerte, leer por primera vez– la obra maestra de Miller, tengo que escribir, y me juego las tripas, un cacho recordatorio con algunas de mis impresiones, la nostalgia de una década y la memoria imperturbable de uno de los más grandes logros que jamás haya salido de litros y litros de tinta pelícano.

Noir es el corazón de Miller en francés

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Sí, en efecto, que se moleste quien se moleste, con todo el respeto por sus trabajos en Marvel y DC, con todo el aprecio por los caminos arriesgados que con frecuencia tomó, yo considero, de calle, que Sin City es la obra maestra de Miller. Y no nada más es su cacho de Mona Lisa, es el hogar que encontró, el medio libre, la expresión completa de su visión, lo que siempre quiso hacer, ahí en donde se juntaron para él la madurez necesaria con la libertad editorial y la ilusión de un chamaco en Navidad de claroscuros. No tiene uno que ir muy lejos, la columna BLAM que siguió a la publicación de algunos números de la serie en Dark Horse son muestra suficiente de la constante interacción cariñosa entre Miller y sus lectores, entre Miller y el mundo, entre Miller y la obra que tantos placeres le trajo.

Sin City no es nada más un trabajo de homenaje a todos esos genios que admiraba su creador –Kirby, Kubert, Eisner en tiras, Chandler y Mikey Spillane en letras, por sólo mencionar a pesos demasiado pesados–, sino que refleja una dedicación fuera de serie a la calidad comprometida contra toda restricción, censura y medida. Aquí fue donde Miller se divirtió con ganas, donde desafió con estrado a quienes le aventaban biblias y corrección política, ahí recibió la mejor reacción de público, críticos, colegas.

Y claro, méritos hay. Los cientos de páginas que comprenden todo el mundo de Basin City retoman y explotan los límites genéricos del Noir picándose de expresionismo, del Hardboiled recordando esos viejos días de sequía etílica y desprecio cínico por autoridades corruptas. Es un mundo creado que evoca tantas otras ficciones y que se abre espacio como único pedazo de historia en viñetas. Porque es tan fácil imponerle límites genéricos a este tremendo cómic como situar geográficamente su ubicación en el vasto territorio de un gabacho tan reconocido como caricaturesco.

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Sin City es la obra maestra de Frank Miller

En Sin City se respira seco, llueve rara vez, el desierto está cerca y los reptiles reptan junto a los hombres desahuciados. Pero también hay nieve y se habla de la vieja importación de prostitutas de Francia y lugares así en medio de la fiebre del oro. California y nieve, Vegas y la lluvia, Colorado con desierto bajo la capa de hielo. Es una mezcla de todos los lugares oscuros y ninguno: ahí está Chicago en medio de todas las referencias, y Los Ángeles con hispanismos y montes aledaños. El mapa genérico es absurdo como las coordenadas contradictorias.

Lo que sí es que ahí están los antihéroes de cloaca y decepción en la cara de boxeador de Marv, en el coche blanco del Lancelot en tenis, Don Juan con dos pistolas, Dwight, y en el corazón desgastado de Hartigan. Ahí están también las femmes fatales, las valquirias y las damiselas en peligro; los villanos inmensamente poderosos, los poderosos inmensamente despiadados; el mundo en medio resguardándose y todos los demás tratando de escalar la cadena alimenticia. Ahí está la eterna noche de las películas de los años cuarenta, las voces en off y la introspección narrativa del personaje principal; las sombras amenazadoras contra la pared, la niebla y el alto contraste.

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En Sin City se respira seco, llueve rara vez, el desierto está cerca y los reptiles reptan junto a los hombres desahuciados.

Todo eso está presente, mezclado y digerido, pero el resultado no depende de la suma de las partes y todas estas influencias no son más que materia bruta en la que Miller se deleitó como niño y plastilina, Dios con arcilla. En Sin City, sin duda, se dio la libertad de crear una situación y explotar en ella todos los posibles cruces de pequeñas historias épicamente miserables, Miller construyó su Aeon Flux. ¿Por qué la referencia inesperada? Por la libertad que se dio como creador una vez que instaló, con el primer volumen, un universo reconocible y vasto.

Peter Chung estaba creando su animación de vanguardia más o menos en el mismo momento en que Miller publicaba y siempre admitió la intención de dejar atrás las limitaciones narrativas para fabricar un universo en el que podía matar a su protagonista en cada episodio. Las historias de Aeon Flux, como las de Sin City, gozan de una completa libertad en el mundo creado de hilos y tensiones, nuevos personajes, fugaces o no, líneas narrativas, pistas, muerte, y siempre la novedad exaltada. Miller se divirtió como chamaco, sin duda, y eso se nota. Es cierto, fuera de los cuatro volúmenes principales, las historias pueden ser muy desiguales. Pero algo es indudable: no hay una sola página por la que no agradezca esa técnica gráfica única, el descaro narrativo, la moledura de clichés y la diversión sin miramientos.

Comics are a form of literature not a sorry second to movies

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Con esa enseñanza se abandona Miller en una acalorada discusión con Will Eisner sobre cómics y cine. Y en ningún momento falló su compromiso. El mayor logro de la adaptación que en 2005 hizo Robert Rodríguez de Sin City fue, justamente, su condición de homenaje, su humilde lugar secundario. Porque la adaptación intenta integrar de la manera más fiel los trazos en blanco y negro de Miller añadiendo algún color espontáneo.

No es el torpe intento de Hulk (2003) del que estamos hablando aquí. Ni las consiguientes adaptaciones de 300 o las más recientes recreaciones del universo Marvel. Nada de eso, aquí se rompieron las primeras ventanas y entró la viñeta a la pantalla mostrando siempre su supremacía: si los abrigos en la cinta intentan moverse con el viento, en los cómics son puro movimiento. Rodríguez, en su afán siempre innovador de provocar dio, con pura pantalla verde, la mitad del crédito en dirección a Miller. Porque finalmente todos los encuadres son suyos y su participación no se limita a la inspiración y el guión imperdible trazado de antemano: son sus ángulos, su iluminación, fue su visión la que se tradujo.

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El bastardo amarillo de Sin City

El elenco encontrado le atina en muchos aspectos: Rourke sorprende, Del Toro acostumbra y la pareja Hartigan/Nancy se plasma perfecto en ternura y brutalidad: Willis es el más eterno policía gallardo desencantado, Alba es precisa en cachondeo e inocencia. Y el bastardo amarillo… La película no se guardó nada, Miller cumplió también su propósito contra la censura: la violencia es tan vívida y caricaturescamente cruda como en el cómic.

Los mecanismos que le impone el gabacho en toda su liberalidad a la televisión y al cine se extendían peligrosamente al cómic en la época y Miller fue claro: si no censuran a Henry no tienen por qué censurar a Frank. Las novelas gráficas también son novelas y el argumento vacío de la cercanía de los videojuegos a los niños, de la tele a los inocentes y de las viñetas a las mentes puras es una forma demasiado fácil de ver las cosas. Por eso la elección de Rodríguez y, con ello, sombrero abajo, mis respetos por mantener toda la sensualidad y la violencia del original en pantalla.

Lo que se espera y lo que queda

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Pasaron muchos años y ahora vemos esa primera película con nostalgia y la siempre buena impresión del agradecimiento retrospectivo. ¿Qué queda? ¿Qué podemos esperar de esta nueva entrega ya que pasó la novedad de la primera? Nada nuevo, claro. Y eso no quita nada: tal vez no sea la misma emoción pero se mantiene la curiosidad de ver en diferente movimiento a los tan queridos personajes del papel. La historia promete.

La segunda entrega en la novela gráfica, A Dame to Kill For, es una verdadera maravilla en sí misma y la historia que se le agrega a la película, Just Another Sunday Night, es un puro despliegue del peor Marv en el peor barrio con los peores contrincantes asustados. Y ahí, de nuevo, el casting promete: no se me ocurre mejor elección para el tremendo personaje de la femme fatale que Eva Green. Esa mujer no tiene tapujos en mostrar su sensualidad peligrosa y si no pregúntenle a Temistocles. Esperemos solamente que Josh Brolin esté a la altura del reto: Dwight es un personaje entrañable y más complejo de lo que su apariencia de caballero blanco deja adivinar.

Con todo, Robert Rodríguez tiene una mala racha para las secuelas. De Once Upon a Time in Mexico (2003), pasando por Spy Kids 2: The Island of Lost Dreams (2002) –digo, no es que la primera fuera una joya, pero por favor–, hasta la terriblemente sosa Machete Kills (2013), parece que este director no logra atinarle al paso de las continuaciones como siempre hace con sus generalmente innovadoras primeras creaciones.

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Eva Green como la femme fatale en A Dame to Kill For

La recepción que ha tenido A Dame to Kill For en Estados Unidos ha sido mediocre, pero eso se lo podemos adjudicar a la moralina básica y a la falta de sorpresa acostumbrada de la crítica gabacha. Mientras, en este lado del río, yo guardo toda la emoción de ver en movimiento diferente a los personajes entrañables de Miller. Estas películas no son adaptaciones libres, no son interpretaciones de las viñetas –como sí fue, por ejemplo, con gran atino y completamente otro registro, Guardians of the Galaxy– son un homenaje subordinado. Y si Miller ha caído en una particular forma de desgracia y desencanto, no podemos nunca dudar, todos sus fanáticos, de la riqueza que trajeron sus creaciones anteriores.

No puedo más que recomendarle a todos los que siguen ese mismo cariño, releer y leer las novelas gráficas, ver y volver a ver su adaptación de vanguardia retraída, ahora que hay chance, en pantalla enorme y sonido envolvente. Para la siguiente cinta, dirigiendo la vista hacia ese pasado enorme, una vez más, con el respeto por tus canas, esperamos, con toda esa ilusión de pura creatividad que alguna vez fuiste, el recuerdo imborrable, don Frank Miller, de tus glorias antiguas.

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