Así se siente ver una película de realidad virtual sobre fisicoculturistas guanajuatenses

Hace dos años, en el Festival Internacional de Cine de Guanajuato (GIFF), tuvimos una experiencia en realidad virtual que merece contarse...
(Péplum / IMDB)

Abro los ojos y estoy junto a un hombre en ropa interior. Se para de la cama con seriedad de ceremonia y se dirige al espejo. Empieza a ver sus músculos. Y, carajo, está ponchado como globo del Guasón. Vuelvo a cerrar los ojos y, cuando los abro, estoy en su regadera. Se está bañando a jicarazos. Me siento terrible, no sé por qué lo estoy viendo. A mí nadie me invitó. La incomodidad me hace voltear la vista. Y paseo el ojo por el cuarto de baño: el lavabo cuarteado, las cubetas sin uso preciso, las manchas de moho en el techo, la pinche humedad.

De pronto, ya estamos en el gimnasio y él se sigue ponchando. Ya hay más gente y esto es menos incómodo. Al menos ya no estamos en su regadera fingiendo que no nos vemos. Ahora veo a gente ejercitándose a lo loco, con pura intensidad de manda, sacando brillo a los esteroides. Un momento después estoy volando en los aires. ¿Qué está pasando? Veo para abajo y nada me sostiene; no hay piso y no hay problema: sigo sentado en la misma silla en el escenario del Teatro Juárez mientras vuelo por los aires de un gimnasio lleno de concursantes para Mister Silao 2016. La frase anterior es un poco irreal, me doy cuenta. Pero no se acerca a lo irreal de la experiencia: la realidad virtual llegó al cine para volarnos el seso.

(Noticieros Televisa)

Inmersión

Cuando te pones ese casco de realidad virtual y te colocan los audífonos todo se vuelve extrañamente inmersivo. Y, no me malentiendan, no es como que la realidad virtual sea ahora una maravilla intachable que rompe los paradigmas de la realidad. Hay cuadros que se ven mal, laggea y por momentos la imagen no fluye. Se nota, pues, que esta tecnología apenas está en etapa de prueba. Un poco como cuando te pedían que te pusieras los lentes a media película de Superman, porque creían que se veía muy chido o algo, pero el efecto era fallido.

Aquí, el efecto no es tan desatinado, para nada. Se ve, de hecho, bastante impresionante. Y, lo que es más importante, te olvidas de tu entorno.

Probé este casco de VR en el Festival Internacional de Cine de Guanajuato. Había enormes filas de gente, de actores y directores y productores haciéndose las divas y más reporteros que son más divas que todos los actores y los directores y los productores juntos. Era un evento de estreno, todos tenían curiosidad y había golpes para entrar.

(Instituto Cultural de León)

Una señora se enojó en la fila porque no le daban invitación y no la dejaban formarse y porque nadie la quería o algo así. La arrabalera estaba tupida, con codazos de metro. Y el escenario en donde te trepaban a probar el casco estaba lleno de sillas con gente manoteando en el aire con cara perdida y apariencia de locuras. Todo pasaba en ese teatro espléndido, ese teatro que huele a cien años de humedad y alcurnia porfiriana.

El hecho es que no estaba fácil olvidarte del lugar en donde estabas. Toda la realidad alrededor era, de hecho, bastante impactante. Pero el casco hacía lo suyo. En cuanto te ponían esos audífonos te olvidabas del exterior y de pronto despertabas en el cuarto de un hombre que se ve en el espejo, se baña, va al gimnasio y se embarra cera en los músculos, esos bultos tan necesitados de proteína.

El corto que me tocó ver en este formato relata los sueños y esperanzas de un fisicoculturista en Guanajuato que quiere ser Mister Silao. Y la cosa es bastante bizarra porque, en su profesión clavada en la cultura del cuerpo, este hombre quiere que lo veas en una minitanguita, con aceite untado en el cuerpo y haciendo poses de Johnny Bravo. Pero tú tal vez no quieras ver eso, tal vez te empiezas a sentir incómodo de andar husmeando en la vida ajena, de andar espiando a un hércules guanajuatense mientras escurre aceite de bebé.

Esto hace que te vuelvas consciente de algo bastante impresionante: que los documentales, por más que lo traten de ocultar, tienen un punto de vista específico. En todo documental, por más guerrillero que sea, por más minimalista, hay una cámara y un camarógrafo. Y esa cámara, por más que quiera ocultarse, está siempre presente como el ojo que nos invita a una probadita extraña de una nueva realidad.

(@hassios_pantera)

Metiche

En este documental, la cámara filma en 360 grados, al mismo tiempo, desde un emplazamiento fijo. Es una técnica totalmente nueva y totalmente diferente. Y no hay forma de que la cámara del documental se oculte. Porque tú eres el metiche que la encarna, porque hay un tipo musculoso bañándose enfrente de ti mientras lo esquivas viendo el moho.

La sensación es, entonces, diferente. Estás completamente inmerso en una realidad ajena y estás totalmente consciente de la cámara que la produce. Es como perderte en una ficción que todo el tiempo te muestra su camino. El documental abre sus entrañas en este formato y todos somos cómplices de su pretensión de realidad.

Lo mejor de todo es que ahí no acaba la cos. No señor. Después del cuarto, la untada de aceites, la ducha y el gimnasio, queda la competencia. Y presenciamos en vivo, a todo color y en inmersión completa de realidad virtual, la competencia de Mister Silao. Decenas de niños, jóvenes y adultos musculosos desfilan por ahí medio encuerados y haciendo pesas tras una lona que hace las veces de bambalinas. El escenario, claro, es un ring de box sin cuerdas.

(Mr. Flex / Chicles Films)

La trama se complica. En las imágenes que vemos, el protagonista se multiplica: de pronto está en el escenario posando, de pronto está parado en una llanura, encima de unas rocas, en todos lados. Volteas y lo ves en poses distintas al mismo tiempo, cinco personas que son la misma por la magia de los 360 grados. Y ahí me tienes girando como demente en mi silla en ese viejo teatro con olores nostálgicos.

El autor, Roberto Fiesco, llamó Péplum al documental en honor a las películas italianas clásicas que retrataban una romántica era grecolatina de hombres fuertes y hercúleos ejercitándose. Entre las tomas de la competencia, el personaje central en todos los rincones de una llanura y las tomas íntimas de la ducha, vemos una pantalla de cine. Estamos, de pronto, en una sala en donde pasan esas viejas películas italianas: puedes ver la curvatura de la pantalla, voltear a las butacas vacías junto a ti sin que ningún rostro familiar te descubra, sin que encuentres a otro ser humano perdido en ese mundo digital.

(Leone Films)

El juego de las ficciones se vuelve complejo: estoy en una sala de teatro que se disfraza de cine; bajo la pantalla de cine, estoy sentado en una silla, sobre el escenario de un teatro; en el casco de realidad virtual se proyectan películas como en una sala de cine en la que estoy sin estar. Tu cabeza empieza a dar vueltas y sueñas que tienes tres ojos, cuatro piernas, dos cerebros.

La locura de esta confusión esquizofrénica nos regresa a un estado primario del cine. Es un método burdo, tosco tal vez, pero intrigante. Los videojuegos le están regresando algo al cine, del que tanto tomaron. Y ahora, esta tecnología nos permite explorar realidades que se confunden, mundos que se bifurcan y todo, claro, para sentirte tan incómodo y maravillado como cuando despiertas en la ducha con un extraño fisioculturista guanajuatense.