La muerte por los mil y un cortes: uno de los castigos más sangrientos de la historia

En China se practicó este sanguinario castigo durante 900 años, hasta inicios del siglo XX.
(Foto: Le Monde Illustré)

Tal vez hayas escuchado de un castigo chino llamado Ling Chi o Leng T’ché, también conocido como La muerte de los mil y un cortes o la muerte de los cien pedazos. Se trata de un castigo utilizado regularmente durante la dinastía manchú (1644-1911) y era todo un suplicio para el condenado.

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Básicamente, al prisionero lo drogaban con opio y lo ataban a un poste para, posteriormente, cortarlo en pedazos estratégicamente con la intención de mantenerlo vivo y depositar las partes colgadas frente a sus ojos hasta terminar con su vida decapitándolo o extirpándole algún órgano vital.

El castigo era aplicado a las personas que cometían algún crimen de lesa majestad, es decir, para todos aquellos que atentaban de alguna manera contra la realeza. En occidente, se ha hecho referencia a este castigo en repetidas ocasiones. Por ejemplo, Georges Bataille –escritor, antropólogo y pensador francés–, lo consigna de la siguiente manera en su libro Las lágrimas de Eros:

“El mundo vinculado a la imagen expuesta de la víctima fotografiada durante el suplicio, y repetidas veces, en Pekín, es, que yo sepa, el más angustioso de los que nos son accesibles a través de las imágenes fijadas por la luz. El suplicio figurado (en la foto) es el de los Cien pedazos, reservado para los delitos más graves. Uno de estos clichés fue reproducido, en 1923, en el Tratado de psicología de Georges Dumas, pero el autor, sin motivo alguno, lo atribuye a una fecha anterior y se refiere, para dar un ejemplo de horripilación, ¡a los pelos puestos de punta!

Y continúa describiendo el antropólogo:

“Siempre he creído que, con el fin de prolongar el suplicio, al condenado le era administrada una dosis de opio. Dumas insiste en la apariencia estática de la expresión de los rasgos de la víctima. Sin duda, está claro que una innegable apariencia vinculada al opio, al menos en parte, se suma a lo que de angustiosa tiene la imagen fotográfica”.

El escritor Lois Carpeaux insiste en que él mismo fue testigo presencial de esta espantosa forma de tortura china el 10 de abril de 1905. Y recuerda que el 25 de marzo de 1905 se publicó el siguiente decreto imperial:

“Los princípies mongoles piden que llamado Fun Tchu Li, culpable del asesinato en personal del príncipe Ao-Ovan, sea quemado vivo, pero el emperador considera este suplicio demasiado cruel, y condena a Fun Tchu Li a la muerte lenta por el Leng T’ché. ¡Respeto a la ley!

El castigo ha recorrido la cultura popular, especialmente la literatura, en varias ocasiones. Por ejemplo en la película Martyrs de Pascal Laugier se menciona el castigo de los mil y un cortes; el famoso escritor argentino Julio Cortázar lo menciona en el capítulo 14 de Rayuela haciendo referencia a la misma foto del decreto de Fun Tchu Li:

“la voz de Wong venía desde muy atrás del vodka y el humo, había que mirar con atención porque la sangre chorreaba desde los dos medallones de las tetillas profundamente cercenadas (entre la segunda y tercera foto), pero se veía que en la séptima había salido un cuchillo decisivo porque la forma de los muslos ligeramente abiertos hacia afuera parecía cambiar, y acercándose bastante la foto a la cara se veía que el cambio no era en los muslos sino entre las ingles, en lugar de la mancha borrosa de la primera foto había como un agujero chorreando, una especie de sexo de niña violada de donde saltaba la sangre en hilos que resbalaban por los muslos. Y si Wong desdeñaba la octava foto debía tener razón porque el condenado ya no podía estar vivo, nadie deja caer en esa forma la cabeza de costado. «Según mis informes la operación total duraba una hora y media», observó ceremoniosamente Wong”.

También en otros libros como El lector de Cadáveres de Antonio Garrido, Cobra de Severo Sarduy también mencionan la tortura.

En México la muerte por los mil y un cortes es representada en la novela de Farabeuf o la crónica de un instante de Salvador Elizondo, quien incluye la fotografía de la tortura de Fun Tchu Li y hace al protagonista de la novela el responsable de tomar la fotografía.

Ahora, esta famosa fotografía (que puedes ver aquí en este ensayo sobre Farabeuf), está mal denominada, pues cabe señalar que no se trata de Fun Tchu Li, sino de alguien más, pero el error de Bataille, quien era un escritor muy leído en los años 60 y 70 llevó a muchos a pensar que la foto era realmente de Fun Tchu Li. Sin embargo, lo importantes que este castigo dejó de realizarse en 1905 y como dice Jorge Luis Borges: “la verdadera Historia es más pudorosa y us fechas esenciales pueden ser, asimismo, durante largo tiempo secretas”.

A continuación te dejamos un par de videos documentales sobre esta terrible forma de castigo, no sin antes advertirte que contienen imágenes que puedes considerar susceptibles.