Mary Shelley: Frankenstein o la mirada visionaria

Frankenstein es una de las novelas más importantes del género porque nos permite vernos, todavía, como amorfas criaturas.

Hay que decirlo sin temor, la criatura del Dr. Frankenstein es, posiblemente el monstruo más famoso de la cultura. Si bien comparte escenario con los vampiros, los hombres lobo y las brujas, el Prometeo moderno es un monstruo que no obedece estrictamente al fenómeno de lo sobrenatural, se trata de un creación urdida por el hombre y todo se lo debemos a la imaginación y sapiencia de Mary Shelley.

Mary Shelley fue hija de William Godwin, un afamado filósofo y político del siglo XIX, y de la impresionante filósofa feminista Mary Wollstonecraft. El apellido es producto de su unión marital con el poeta Percy Bysshe Shelley. Mary había recibido una educación que le permitió adentrarse en la filosofía, la política y la literatura de la época. Poseía una inteligencia lúcida. A pesar de todo, la pareja pasó por varias vicisitudes económicas durante toda su vida.

Cuando Mary concibió Frankenstein se encontraba de viaje con su esposo en Ginebra. Habían sido invitados por el famoso poeta Lord Byron a pasar unos días. En la mansión de Byron se encontraban Claire Clairmont, hermana de Mary, Byron y John William Polidori, a quién se le atribuye el primer cuento de vampiros en forma. El grupo llegó el 14 de mayo de 1816 a la Villa Diodati, muy cercana al lago de Ginebra en Cologny.

Mary Shelley cuenta que aquel verano era “húmedo y poco amable en lo que respecta al clima, ya que la lluvia incesante nos obligó a encerrarnos durante días en la casa”. La leyenda cuenta que las tertulias en Villa Diodati eran largas, llenas de vino, libertinaje, pero, sobre todo, literatura. El grupo de amigos contaba historias de terror y las escribían. También se hablaba mucho de los experimentos del filósofo del siglo XVIII Erasmus Darwin, del que se rumoraba que había animado materia muerta.

Las noches bohemias en la residencia inspiraron a Shelley para crear su obra más famosa. La noche del 16 de junio de 1816, en medio de una tormenta, Byron propuso que todos escribieran un cuento de terror que leerían con el fin de atemorizar a los otros habitantes de la mansión.

Ella dice que la idea de Frankenstein le vino en sueños, muy ad hoc con la época:

“Vi, con los ojos cerrados pero con una nítida imagen mental, al pálido estudiante de artes impías, de rodillas junto al objeto que había armado. Vi al horrible fantasma de un hombre extendido y que luego, tras la obra de algún motor poderoso, éste cobraba vida, y se ponía de pie con un movimiento tenso y poco natural. Debía ser terrible; dado que sería inmensamente espantoso el efecto de cualquier esfuerzo humano para simular el extraordinario mecanismo del Creador del mundo”.

Al inicio se trataba sólo de un cuento, pero la narración deslumbró tanto a su esposo que la instó a convertirla en una novela y, para 1818, Mary Shelley publicó Frankenstein o el moderno Prometeo.

La criatura o la sociedad monstruosa

(Universal)

Habrá que empezar por hacer una distinción necesaria, ¿Frankenstein es una novela de horror o una novela de terror? De acuerdo con el escritor Alberto Manguel, Ann Radcliffe, autora de Los misterios de Udolpho (1794), realizó una distinción sustancial entre el horror y el terror. Mientras que el terror engrandece el alma y agudiza nuestras facultades, el horror las limita, las paraliza y termina por anularlas.

Por su parte, Liliane Abensour y Françoise Charras insisten en su libro Romantisme noir:

“Ni en la poesía de Shakespeare o Milton, ni en las disquisiciones del señor Burke, se recurre al horror en estado puro como origen de lo sublime, sino que se admite que el terror es una de las causas primordiales de lo sublime. ¿Dónde podríamos establecer la diferencia fundamental entre el terror y el horror si no es en que este último se presenta acompañado de una sensación de oscura incertidumbre respecto al mal que teme?”.

La criatura de Frankenstein es, por lo tanto, el monstruo de terror por excelencia, porque no paraliza, su virtud se encuentra en otro parte. Pero la trágica historia del doctor que consigue animar un cuerpo es, precisamente, un trasunto del horror, porque el terror que aparece en la novela y devela el espíritu de los personajes, se trastoca y por eso, hoy en día es una novela tan vigente.

Señala Manguel que Cecil Helman, en su artículo titulado “Body of Frankesntein’s Monster”, hace hincapié en que existe una reciprocidad curiosa entre las imágenes de nuestro cuerpo personal y del cuerpo político. “Para Helman –dice Manguel– la sociedad que inventó a Frankenstein es una sociedad masculina en estado puro, violenta e inarticulada”. ¿Nos suena conocido?

La metáfora de Helman podría ampliarse más y podríamos decir que en la era tecnológica, donde la ciencia ha conseguido hacer implantes exitosos, clonar órganos y restaurar tejidos, Frankenstein tiene un lugar, pero también lo tiene porque somos una sociedad mutilada y remendada, llena de fisuras, construida de diversos miembros desiguales, donde la barbarie termina por hacer de una historia de Terror un espejo del horror en el que vivimos.