Creí que era Harry Potter y jugué Quidditich toda la tarde

Un recuerdo a 20 años de la publicación de Harry Potter y la Piedra filosofal.

La anécdota me obliga a asumir toda la burla que provenga de los lectores. Conocí el libro de Harry Potter y la Piedra filosofal en el 2001, el mismo año que se estrenó la película. Y de una vez aclaro que ya no era ningún niño. Estaba en la preparatoria (no recuerdo si en primer año o segundo) y dos de mis mejores amigos de aquel entonces no paraban de hablar de lo emocionados que estaban porque pronto se estrenaría la película de Harry Potter. Desde luego me sentí fuera de la conversación y tenía que remediarlo. Así que esa tarde llegué a casa y fui con mi madre a la librería para adquirir un ejemplar de la primera aventura de Harry.

Faltaban escasos dos días para el estreno de la cinta dirigida por Chris Columbus, pero ese tiempo fue suficiente para que leyera con arrojo y febrilidad la primera entrega de aquella aventura que daría inicio en el número 4 de Privet Drive, en medio del señor y la señora Dursley, “las últimas personas que se esperaría encontrar relacionadas con algo extraño o misterioso, porque no estaban para tales tonterías.”

Una vez creí que era Harry Potter y jugué Quidditich toda la tarde

Pero decía que la anécdota me obligaba a asumir toda la burla y es que ya he confesado con anterioridad que cada vez que leo un libro o veo una película que me cautiva, me siento alguno de los personajes un par de días. A estas alturas el lector ya sabe a dónde va a parar todo esto. Pues bien, aquel 4 de noviembre de 2001, día del estreno mundial de la película, acudí a los cines más decentes de mi desgastada ciudad de provincia (Orizaba, Veracruz, que –entre otras cosas– es la cuna del futbol mexicano) y dispuse lo necesario para disfrutar del filme.

Sobra decir que la película me fascinó, y es que Harry Potter hizo posible, junto con la primera película de El Señor de los Anillos, que aquello que leíamos en los libros de literatura fantástica se viera por primera vez completamente real o como lo habíamos imaginado. Lamentablemente el CGI de la primera película de la saga de J. K. Rowling ha envejecido de manera terrible, mientras que La Comunidad del Anillo sigue siendo una película más que vigente en todos los sentidos.

Una vez creí que era Harry Potter y jugué Quidditich toda la tarde

Incluso, si la memoria no me falla, ese día nos fuimos de la escuela para ver la película en la matiné. Cuando salimos, empezamos a comparar el libro y a decirnos a nosotros mismos, con aire snob, que le había faltado bastante a la película. Sin embargo, a los pocos minutos dábamos saltos por aquí y por allá invocando hechizos. Y aunque sabíamos que la magia no existía, en ese momento lo habíamos olvidado.

Posteriormente llegué a mi casa, tomé una escoba y corría de aquí para allá en el patio trasero tratando de agarrar una Snitch imaginaria. No miento si digo, que ese fue uno de los días que recuerdo con más plenitud y dicha. Me sentía realmente feliz. Feliz de una manera ingenua, feliz de esa forma que sólo algunos libros y ciertas películas nos conceden. Jugué toda la tarde.

No sé por qué ahora he decidido contar esto. Tal vez, la nostalgia que provocan los 20 años de la publicación del primer libro de la saga, me hace evocar con cariño aquella tarde.

En aquellos años leíamos también a Neruda, William Blake, Rimbaud y a Jack Kerouac. No se malinterpreten el gesto, si no lo hubiéramos hecho ¡qué diablos! Nos gustaba leer con esa desaprensión y desobligación que sólo una vida fuera del oscuro mundo de los escritores permite.

Una vez creí que era Harry Potter y jugué Quidditich toda la tarde

La prosa de J. K. Rowling nos gustaba por desenfadada, por ágil, porque nos sabía contar las cosas. No buscábamos lo mismo en Harry Potter y la Piedra Filosofal que en “El matrimonio del cielo y el infierno” de Blake. Lo sabíamos. Pero también sabíamos que J. K. Rowling nos gustaba porque nos dejaba pertenecer a un mundo distinto al nuestro.

Esta es la primera vez que declaró abiertamente por escrito mi gusto por Harry Potter y es que uno era feliz y uno nunca se da cuenta de cuando es feliz. Como dice Flaubert: “La añoranza se asfixió bajo el hábito”. La costumbre, la oficina, la “adultez” acaba por secarnos un poco y a veces uno quisiera volver al andén 9 ¾ y partir hacia Hogwarts. Aunque esto, simples Muggles, no puedan entenderlo.

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