Una búsqueda por despertar la furia del dragón ascendente y centrar el Chi.

Desde que tengo memoria, cada vez que veo una película, serie, caricatura o leo un libro, quiero ser el protagonista o algún otro personaje que me impresiona. Así fue desde la primera vez que vi El vengador (Kōtetsu Jīgu) cuando era niño, hasta la semana pasada que vi Iron Fist en Netflix. Pero nunca de los nuncas había tratado de concretar algo real que estuviera relacionado con lo que veía. Hasta el día que decidí ir a mi primera clase de Kung Fu.

Cuando era muy pequeño hice Taekwondo y en mi adolescencia llegué a practicar, durante muy poco tiempo, Lima Lama. Después dejé de hacer cualquier cosa que se reconozca como una actividad física durante, aproximadamente, 17 años. Además, soy fumador desde hace 15 y bebo regularmente, pero esto no es un reportaje de Vice, sólo quiero dejar claro que no movía un dedo desde hace mucho, mucho tiempo.

Sin embargo, siempre había querido practicar Kung Fu, la culpa es, obviamente, de Bruce Lee, Donnie Yen, Jet Lee, Goku o Aang; y, por supuesto, la música épica de las películas japonesas que le hacen creer a uno que anda entrenando en los cinco picos tratando de cambiar el flujo del agua en una cascada.

Entonces decidí, antes que cualquier otra cosa –y porque así lo dictan los tiempos modernos–, buscar en internet dónde había academias de Kung Fu. Obviamente hay gimnasios donde supuestamente lo enseñan, pero no se trataba nada más de ejercitarme: tenía que centrar mi Chi, elevar mi Ki y despertar el séptimo sentido. Y, por supuesto, descubrir que era el Puño de Hierro de la Narvarte Poniente.

La primera opción en Google que creí lo suficientemente convincente fue la Fundación Cultural China de Kung Fu A. C., pero a decir verdad la interfaz de su página dejaba mucho que desear y por alguna razón el hecho de que se encontrara relativamente cerca de casa me parecía un hecho poco honorable para el esfuerzo de un guerrero de mi categoría. La segunda opción era el Templo Shaolin de México A. C. ¡Qué carajos!, ¿un templo shaolin en la Ciudad de México? Eso ya lo decía todo. Ese era mi lugar, sólo tenía que investigar un poco más al respecto para terminar de convencerme.

El Templo Shaolin de México (un edificio de Acoxpa que no tiene un solo motivo chino) fue fundado el 28 de Octubre de 2004 por el maestro Shi Heng Yi (Daniel Corona) y Shi Yan Ming –famoso por ser un verdadero monje Shaolin que puso una academia de Kung Fu en Nueva York–, a quien basta con verle la cara y un par de videos en YouTube para asegurarse que se trata de un verdadero maestro de Kung Fu.

Afortunadamente, el templo Shaolin ofrece clases los domingos con un donativo voluntario de 100 pesos. Por esa cantidad puedes asistir a clases de Tai Chi y Kung Fu. Sentía que el río de la vida corría en mi interior y que toda la energía positiva del mundo me invadía. Dos ideas que nadie sabe lo que significan pero que aparecen en todos los clichés de las artes marciales. Lo más curioso es que sí, Chi significa “flujo vital de energía” y el Kung Fu se trata precisamente de entrenar la mente a través del cuerpo.

En la senda del Chi Kung

Cuando llegué al templo, me recibió un adolescente de unos 17 años. Muy serio me explicó cómo funcionaban las clases regulares y me dio un tríptico. Luego, le pregunte si existía algún límite de edad para entrenar, por aquello de la lumbalgia. Me dijo, muy tranquilo, con su sudadera y su cabello alborotado, que la persona más grande que entrenaba Kung Fu tenía 65 años. No sé porque pensé que todos estarían pelones y tendrían puntitos como Krilin en la cabeza

Obviamente, la seguridad se apoderó de mí. Resuelto y determinado a demostrar las habilidades escondidas que, según yo saldrían a la luz de inmediato, subí al salón de clases, me quité los zapatos –porque no se puede pisar el área de práctica calzado– y decidí incorporarme. Había señores, jóvenes y par de niños como de 8 años, todos parecían saber a lo que iban. Yo puse cara de lo mismo.

Aquí debo hacer un paréntesis, alguien –en el trabajo– me había dicho que primero tendrían que enseñarme movimientos muy serenos y que sería muy parecido al Tai Chi. Con toda tranquilidad esperaba que la clase se desenvolviera entre movimientos elegantes y golpes bien definidos al aire. Pero no fue así.

Soy un tronco, un maldito tronco

En cuanto empezamos, los alumnos gritaron un par de frases en chino de las que sólo puede entender “Shaolin”. Inmediatamente adoptamos la postura principal del Kun Fu Shaolin, esa que nosotros conocemos como posición de caballo. En ese momento el maestro decía “traten de bajar más, sin abrir su compás, que las nalgas toquen el piso”. Supe que no se trataba de meditación, estiramiento y golpes estilizados, había caído en la boca del infierno, la panza de buda, la ardua senda del Ki Chung.

Luego abrimos más nuestro compás, bueno, decir abrimos es en realidad una suposición, apenas y me moví unos pocos centímetros. Luego, con las piernas abiertas nos inclinamos al frente para hacer un par de lagartijas. “¡El horror Kurtz, el horror!”. A esas alturas, apenas 15 minutos transcurridos de la clase ya no podía respirar. Alguien gritaba otra vez en chino, todos respondían, yo jadeaba.

La mayoría, incluso los más grandes, hacían sus movimientos en la posición de caballo muy bien. Yo era sumamente torpe, nunca en una primera clase me había sentido tan torpe desde el inicio. Aun así, sabía que al final el Sifu (nombre para denominar a un maestro de Kung Fu, como la rata de Kung Fu Panda), me diría que estaba destinado a aprender la técnica secreta del dragón.

Después de estirar, llegó el momento de trotar alrededor del área de entrenamiento. Eso, me dije, lo domino desde que hacía educación física en la escuela. Tres, cuatro, cinco vueltas y de repente “Shai shu shen”, la gente golpeaba el piso con las palmas extendidas saltaba y baja hasta golpear el piso otra vez, así durante unos minutos. Sé que no es verdad, pero tenía la sensación de saltar demasiado y golpear con mucha fuerza, por primera vez pensé: definitivamente estoy hecho para esto. Pero, por supuesto, mi cuerpo pensaba otra cosa.

Trataba de mantener una postura erguida, como si nada hubiese sucedido. Obviamente, el Sifu se acercó a mí y me dijo: “si no puedes respirar, si te cuesta trabajo seguir puedes descansar un momento”. ¿Qué clase de guerrero sería yo si me hubiese rendido al cansancio? No, Seiya caminó entre la senda de espinas de Afrodita hasta llegar con el Patriarca, no podía dejar que unos cuantos saltos y estiramientos me desalentaran.

La furia del dragón ascendente

Después, por fin, llegó el momento de tirar patadas. Nos organizamos en un círculo, los principiantes se ponían del lado derecho de los más adelantados. La idea era seguir los movimientos del otro cada vez que el Sifu gritaba el nombre de la forma correspondiente. Para mi buena (o mala) suerte, mi ejemplo a seguir era un muchacho que no sólo parecía haber visto todo Naruto, sino que –me confesó más tarde– llevaba cinco años entrenando y además hacía gimnasia olímpica.

Al principio se trataba sólo de patadas ascendentes y ahí sí puedo decir que lo aprendido cuando niño me ayudó un poco. Sin embargo, cuando miraba a mi “sensei” de 19 años golpear con la planta de sus pies la palma de su mano levantada en el aire, me di cuenta que estaba lejos siquiera de pegarle a alguien en el pecho. Más bien parecía Pat Morita pateando las espinillas de los Cobra Kai en Karate Kid.

Las formas en Kung Fu son definidas, estilizadas, con mucha fuerza y poder, pero yo nada de eso proyectaba. Perdía el equilibrio, no podía coordinar un puñetazo izquierdo con agacharme y estirar el pie derecho. No miento: parece que tantos años sin hacer nada terminaron por oxidar a esta máquina de matar. Formas que imitan animales, respiración, sobre todo respiración. Este fue el momento más fuerte del entrenamiento. Empapado en sudor palidecí, sólo para luego sentir nauseas. Quería, lo prometo por Sheng Long, llorar. Pero todavía faltaba más.

Brinca mi pequeño saltamontes

Uno de mis sueños en la vida era lograr la patada del dragón que hacía Bruce Lee pero, ahora lo sé, estoy lejos, muy lejos de que algo así suceda. Luego de las formas llegaron los saltos. Puedo decir que no me vomité porque si algo demostré en esa clase (y no es de presumir, tal vez sea realmente torpe) fue voluntad.

Saltábamos por los aires con las piernas extendidas hacia el frente y los puños también. Todos parecían lograrlo en paralelo, incluso los dos señores que parecían tener más de 50. Era evidente: yo no lo conseguía. Luego saltos más altos sacando toda la fuerza, el arrojo. Al final, me gustaba pensar que lo estaba haciendo bien. Para este momento el Sifu, no me corregía, eso me hacía suponer que me acercaba a una verdad trascendente.

Al final, y después de los saltos, nos volvimos a poner en círculo, esta vez hicimos lagartijas completas y abdominales. En ese punto sólo permanecía mi entusiasmo, nada del muchacho rozagante que entró una hora y media atrás se percibía ahí. La clase finalizó. Todo alineados volvieron a gritar algo que terminaba en “Shaolin”. Me quedé casi hasta el final, esperando que el maestro me dijera: “Aún no lo sabes, pero estás destinado a cosas grandes. Eres el Puño de Hierro, pude ver tu Chi y es muy potente”, en cambio sólo me dijo: “Tómate un agua de guayaba con limón, endulzada con miel, la vitamina C permitirá que te muevas mañana”.

Become like water my friend

Hice lo propio. Compré mi agua de guayaba con limón en el mercadito del domingo. Llegué a casa. Me acosté y dormí como tres horas. Estaba agotado, pero feliz. Sentí que no tenía que ser el Iron Fist de la Narvarte, sino otra cosa. Tal vez durante mi primera clase, estaba muy nervioso, rígido. Tal vez trataba de ser una piedra cuando en realidad se trata ser como el agua. Así como lo decía el gran Bruce Lee:

“Vacía tu mente, se amorfo, moldeable, como el agua. Si pones agua en una taza, se convierte en la taza, si pones agua en una botella se convierte en la botella, si la pones en una tetera se convierte en la tetera. El agua puede fluir o puede aplastar. Sé cómo el agua. Amigo mío, el agua que corre nunca se estanca, así es que hay que seguir fluyendo.”

Eso es lo único que ahora tengo claro. Al final la vida es un poco así. ¿Pienso volver? Sí, Aunque en este mismo momento apenas pueda levantarme y moverme.

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