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La Casa Encantada: más que un relato fantástico de Virginia Woolf

Virginia Woolf es la creadora de uno de los cuentos de fantasmas más cautivantes de la literatura universal.

La primera vez que leí a Virginia Woolf fue en el verano de 2009, en aquel entonces cursaba la carrera de Educación Intercultural con Especialidad en Lengua y Literatura Hispánicas, lo hacía durante los veranos. La carrera no me parecía difícil (o eso le parecía al estudiante pretencioso de aquel entonces) y me permitía adentrarme tardes enteras en libros que durante el semestre regular de la carrera de Letras que cursaba en Xalapa, me era complicado realizar.

Era 2009, julio azotaba la ciudad con inclementes aguaceros todas las tardes, eso también fue un factor decisivo para que pudiera pasar las tardes leyendo una de las novelas más condensadas del estilo de Virginia Woolf, Las Olas.

Para la escritora, la narrativa debía ser trabajada con los mismos elementos con los que se trabaja la poesía. Tenía que ir más allá de crear metáforas, utilizar figuras retóricas e imágenes para explicar, de alguna forma, la realidad. En realidad, Woolf se refería a lo que consideraba el sentido profundo de la poesía:

“No se trataba de hacer prosa poética, nada de eso, sino de que el cuerpo narrativo, los personajes y su entorno estuvieran bañados de ese halo luminoso que es la vida”, dice Sergio Pitol refiriéndose al estilo de la escritora.

Las Olas se me dificultaban. Leía el libro con lentitud, me distraía con facilidad, entraba y salía de la novela una y otra vez, como si se tratara, precisamente del vaivén del mar. Sin embargo, hay un punto en la vida del lector en que la terquedad se vuelve parte del hábito y uno no descansa hasta conseguir leer lo que se propuso. Con el pasar de los años, ese hábito se va perdiendo, y es que uno tiene derecho a abandonar un libro en cualquier momento, ya se sabe, pero, a veces, se da cuenta mucho más tarde.

La primera edición de Las Olas publicada por The Hogarth Press.

Cuando finalmente la novela me atrapó, las frases se continuaban una tras otra sin parar. Sentía vértigo. Su narrativa era anatómica, se detenía en pequeños detalles que podrían pasar desapercibidos para el ojo común y al mismo tiempo se  estaba abriendo a las posibilidades de la Forma. La hasta entonces adorada –y todavía hoy– estructura decimonónica era poca cosa para sus intenciones. Woolf quería “…disgregar, por un momento, lo que está unido, estudiar algunas de las porciones y luego devolverlas a la unidad” y, lo conseguía.

Las Olas fue una novela reveladora. Agradezco las tardes lluviosas de aquel verano de 2009 porque me permitieron acceder a la obra de Virginia Woolf y eso, no es, bajo ninguna circunstancia, poca cosa.

La Casa Encantada / La Casa del Lenguaje

Virgina Woolf fue hija del crítico literario, periodista e historiador de literatura inglés, Leslie Stephen, se casó con Leonard Woolf con quien fundó la editorial Hogarth Press y formó parte del famoso grupo de Bloomsbury que incluía grandes escritores y artistas como Lytton Strachey, Roger Fry, David Garnett, el economista J. M. Keynes y E. M. Forster –a quien debemos el formidable Aspectos de la novela.

La crítica literaria insiste en que su periodo más prolífico fue entre 1925 y 1933. Durante esa época, instalada en el barrio de Bloomsbury, mientras contemplaba los aparadores y publicaba algunos artículos en distintos medios, Virginia Woolf escribió La Señora Dalloway, Al Faro, Orlando y Las Olas, nada menos. Pero antes de alcanzar el reconocimiento, la hija de Stephen, publicó una serie de cuentos que hasta hoy, considero, han pasado desapercibidos por la sombra que arrojan sus grandes novelas.

(Monk’s House)

A ese periodo “escondido” pertenece la “La Casa Encantada”, un cuento publicado en el conjunto de relatos Lunes o Martes (1921). La trama se centra en la historia de dos parejas que comparten la misma casa, con la peculiaridad de que una de ellas es un matrimonio de espectros. El relato es brevísimo, pero es suficiente para que Virginia Woolf comience a experimentar en sus teorías narrativas.

La prosa se espesa a medida que avanza el relato, las descripciones son mínimas y están precedidas por las acciones de los cuatro personajes principales. Es más, llega un momento en el que todo se vuelve un juego especular, se pierde la perspectiva y uno ya no sabe quién está vivo y quién está muerto. Se trata de un misterioso concierto de voces al que acude el espectador.

A diferencia de Las Olas, no recuerdo con exactitud cuándo fue la primera vez que leí el cuento, pero sé que fue después de que dejé de ser estudiante para convertirme en adulto de tiempo completo. Lo que sí retengo con mayor frescura, es que la primera vez que lo leí, me impresionó mucho la forma en la que estaba construido, pero poco o nada había entendido de la historia.

Tuve que leerlo de nuevo, una y otra vez (incluso, al momento de escribir este artículo, tuve que leerlo nuevamente). No miento si digo que cada vez hallo más placer en regresar a “La Casa Encantada”. Virginia Woolf deja atrás el estilo de victoriano que caracterizaba a los relatos fantásticos, pero ofrecernos una forma distinta de acceder a una historia de fantasmas.

Existe una versión libre del cuento realizada por David Lowery y protagonizada por los maravillosos Rooney Mara y Casey Affleck cuyo nombre es A Ghost Story (2017), la película profundiza en temas como el legado, la pérdida y el anhelo humano de la conexión con el otro. Algunos la consideraron aburrida, pero la mayoría de la crítica la recibió gustosa.

“La Casa Encantada” es también la casa donde el lenguaje se transforma, donde las formas fijas empiezan a perder visibilidad y dan paso a la construcción simbólica peculiar y constreñida de los personajes. Es un laboratorio de escritura, un pieza clave para entender el estilo exuberante de Virginia Woolf.

Me parece increíble que un relato de apenas tres páginas podamos percibir ese “halo luminoso” que es la vida, ese sentido profundo de la poesía, esa oportunidad de que el lenguaje sea una casa y que nosotros, gracias a Virginia Woolf, podamos habitarla.