Una crónica sobre JCVD, el secreto del éxito y cómo la felicidad es convertirte en tu más grande amigo.

Un chaparro fortachón está gritando en la sala y agita los brazos para hacer notar su molestia. “Es que… ¿cómo es posible que nos tocara hasta atrás si llevamos un chingo formados?”, le grita a Jorge Tovalín, encargado de prensa y difusión de La Mole Comic Con, quien inmutable le responde: “Lo sentimos caballero, los asientos se dan conforme van entrando las personas y estos le tocaron”.

Yo observo todo atrás de Jorge, listo para saltar en su defensa cuando el fúrico tanquecito decida atacarlo, no sólo porque Tovalín me cae bien y admiro lo que ha hecho en la revista Comikaze, sino porque de verdad me gustan mucho las peleas sin sentido. Estamos en el salón principal de La Mole Comic Con, esperando la conferencia de Jean-Claude Van Damme (JCVD) y la proyección de los dos primeros capítulos de su nueva serie, Jean-Claude Van-Johnson.

Obviamente yo no estaba cuidando la espalda de Tovalín, estaba tomando algunas fotos del público para Código Espagueti cuando escuché el desmadre y me acerque. “Si gusta puedo darle otros asientos, pero serían más atrás porque el foro ya está lleno”, sentencia Jorge con seguridad y allí se acaba el asunto. Era evidente que el tanquecito no iba a querer perderse a Van Damme. ¿Quién en su sano juicio querría hacerlo? Sobre todo con la cantidad de gente y horas de espera que tuvieron que pasar para que llegaran a esa sala en la que no cabía nadie más.

Por razones que no vienen a esta historia, me enteré que Van Damme vendría a la convención de cómics unos días antes de que se anunciara oficialmente. No pude pensar en otra cosa que no fuera la posibilidad de entrevistarlo, de preguntarle algo sobre cómo estuvo el asunto de Depredador o por qué prefirió hacer ese bodrio de Street Figther en lugar de Mortal Kombat. En la oficina también se emocionaron porque acá todos crecimos entre Canal 5 y los VHS.

La entrevista no se dio, pero nos llegaron historias de que nadie podía llevar cámaras o algo para grabar a la estrella de Bélgica. “¿Será tan mamón el pinche Van Damme?” Era lo que pensábamos todos antes de verlo saludar de beso a Andrea Legarreta en televisión nacional. Era la primera vez que el héroe de acción más grande de la época dorada del video home pisaba esta tierra y era algo que debíamos ver, fuera como fuera y pasara lo que pasara.

Así termine en la segunda fila de la presentación que Amazon Prime hizo de Jean-Claude Van-Johnson en México: riéndome a carcajadas con la serie y con mi libretita de apuntes y mi cámara dispuestas por si algo pasaba… y pasó.

Un mesías llamado JCVD

Van Damme estaba feliz. Repartía besos y tiraba patadas de un lado a otro. Habló de su nueva serie, bailó en algún momento como lo hacía en Kickboxer. La gente le pedía que bailara más y todo era risas, hasta que alguien del público le aventó un DVD que casi le cae en la cara al actor. En lugar de enojarse sonrió y dijo “lo firmaré para ti”, mientras el traductor y maestro de ceremonias pedía que no aventaran nada más al escenario porque el actor no iba a firmar más cosas.

El DVD es de un joven musculoso que no puede ni respirar de tanto que está llorando. De algún lado sale un micrófono y entre sollozos Pedro, de Jalisco, cuenta cómo el día que estaba a punto de suicidarse, preparó su ultima cena y decidió ver una película de JCVD (creo que era Contacto Sangrento) mientras la comía. Luego de verla, Pedro decidió no matarse y hacer ejercicio para ser como el ídolo belga.

No me lo tomen a burla, lo cuento como él lo contó porque su narrativa fue emotiva y perfecta. Fue bien pinche hermoso ver al actor levantarse de su silla y abrazar a un hombre que tenía enfrente a quien para él representó en algún momento la salvación. No sabemos cómo funciona la mente de todo el mundo, ni que es lo que nos hará click allí adentro para bien o para mal. Creo que es uno de los momentos más épicos que ha tenido y tendrá La Mole en su historia.

Pero es casi una regla que tras un momento tan emotivo siempre llegue uno incómodo. Entonces alguien pide hacer una pregunta “en nombre de todos”. No escucho su nombre ni alcanzo a verlo desde donde estoy, pero es evidente que quiere atención. Ni siquiera estoy tan seguro de qué es lo que quería preguntar, porque da un discurso que desespera al público. Hablaba sobre algo relacionado con Dios, la vida, ser adolescente sin sentido y un adulto aburrido con algunos problemas emocionales (supongo que estaba describiéndole al extranjero cómo es el mexicano promedio) y la forma en la que podemos obtener el éxito.

Y entonces Van Damme contestó: “Lo que voy a decir será corto”… pero no lo fue. Así el actor comenzó a explicar la gran interrogante que ha tenido la humanidad desde tiempos inmemorables:

“Muchas personas, incluyéndome a mí cuando era joven, no sabíamos para qué estamos aquí.  Amamos a nuestra familia, nuestros amigos, el amanecer, el anochecer y la comida. El amor. Pero lo más importe en la vida es crear. Pero para saber quién eres debes pensar primero ‘quién eres’. Así que entenderlo te tomará un tiempo”.

Van Damme es el mejor amigo de Van Damme

Nuevamente, JCVD deja su asiento y comienza a moverse de un lado al otro del escenario como si fuera un predicador. “¿Qué te gustaría hacer?”, se pregunta a sí mismo más que preguntarle al público al que advierte que “evidentemente, tienes que ser fuerte contigo mismo en términos de que tal vez no vas a ser el mejor abogado o doctor”.

Para él, el camino a la felicidad y el éxito es el mismo, y no es fácil de recorrer: es turbio, largo y tomará una cantidad de tiempo equivalente al “ahorita” mexicano, que va de ya a nunca.

“Así que descubrir lo que harás de tu vida puede tomar un día, semanas, un mes o seis meses, un año. Pero todo ese tiempo debes preguntarte ¿para qué estoy aquí? ¿Qué se supone que debo hacer en la vida? Me refiero a: este es mi cuerpo, esta es mi cara. ¿Soy guapo?, ¿soy inteligente?, ¿soy fuerte?, ¿soy delgado? Tienes que ir al espejo, verte y preguntarte ¿quién eres?”.

La gente se ríe, el traductor se ríe, Van Damme ve a todo el mundo con la esperanza de que traduzcan exactamente lo que quiere decir. Jean-Claude está confundido, pero luce emocionado por tener, al fin, la oportunidad de expresar un discurso que evidentemente tiene mucho tiempo practicando frente al espejo. Mueve las manos para expresar el microuniverso en el que vive una versión interna de uno mismo.

“Y debes crear en tu cuerpo dos entidades. Debes crear dentro de ti una versión tuya (un tú interno). Entonces vas a comenzar a comunicarte: ‘ok, ¿estoy cansado’, ‘sí, estoy cansado’, ‘ok, ¿qué puedo hacer para no estar cansado?’ Entonces vas a tener que platicar contigo mismo con el fin de estar solo pero estar junto (contigo mismo, con tu otro yo chiquito que vive al interior de ti)”.

Jean-Claude dice que cuando tienes esta conversación introspectiva, al mismo tiempo la tienes con “El creador”, el “Padre” que estará en medio de todo el asunto viendo “cuánto amor tienes (por ti) y cuánto quieres lograr, cuando vas a luchar tarde o temprano vas obtener una respuesta”: “Puede sonar estúpido, pero créanme ¡Es la verdad!”

Mientras lo escucho me pregunto si eso mismo tendría en cuenta Juan Ramón Jiménez cuando escribió Yo no soy yo, y mientras lo hago mi otro yo nota que Jean-Claude ya está en plan socialista, diciendo que en el mundo actual no podemos conversar con nuestro yo interno por que pasamos mucho tiempo trabajando.

“En el mundo hay mucha gente que no gana mucho dinero y especialmente ellos deben comenzar a platicar con su yo interno mientras trabajan o viajan a casa. Siempre piensen ¿qué se supone que deben hacer? ¿Me gusta mi trabajo, amo mi esposa, me gusta el fútbol?”.

Según él, la vida en eterno cuestionamiento nos guiará a la felicidad.

JCVD comenzó a consumir cocaína en la década de los noventa, y también le entraba duro al trago. Podía hacerlo porque era su década. Se daba el lujo de rechazar papeles importantes, de retar a golpes a Steven Seagal, de maltratar a medio mundo, porque sabía que iba a ganar, que estaba en la cima de una montaña rusa que en las décadas siguientes fue en picada. Fue su momento y lo aprovechó como pudo, para no tener que vivir en soledad, supongo.

“Cuando era muy pequeño era muy delgado, la gente me golpeaba en la escuela. No tenía chicas”, revela el actor. Entonces las mujeres en el foro gritan a lo que él responde con una sonrisa: “Créanme”. Entonces de forma nada discreta un hombre entra en escena y habla con el intérprete, y Van Damme se distrae mientras sigue su discurso. Ahora el actor narra que de pequeño sufrió mucho “porque cuando la gente te molesta, nadie te escucha, te hacen a un lado cuando en realidad lo que necesitas es un amigo”.

“Así es que me hice mi propio amigo –y el ‘amigo’ lo dice en español–. Fui tan buen amigo conmigo mismo y encontré tanto respeto por el amor que me tenía que quise crecer más, y así creé el sueño más loco de mi vida. Dije ‘quiero ser una estrella de cine’. Así tendría más reconocimiento y así el siguiente paso que di fue trabajar más para llegar a mi meta”.

Todo lo que inicia no siempre termina

El belga esta emocionado, sonríe, gesticula, se mueve, se para, regresa a su silla. Es Venus al amanecer, mientras habla del fin último que quiere alcanzar en su vida: “Porque a mí me gusta mucho la naturaleza, el medio ambiente, y…”, entonces el traductor le avisa a Van Damme que ya se colgó de tiempo y debe terminar de hablar.

Van Damme dice apenado “debo dejar de hablar porque hablo mucho pero los amo” y la gente abuchea al traductor, y el actor trata de defenderlo: “Es mi problema, es mi problema. Cuando alguien me hace una pregunta yo quiero darle la respuesta que se merece”, y el público aplaude.

Fue muy frustrante. Es como ver una pelea de novios en el camión o cuando alguien va contando un chisme muy bueno en el metro, al lado tuyo, y se bajan antes de que sepas cómo terminó la cosa.

Ojalá JCVD vuelva un día a México para terminar su historia. Yo mientras tanto ya inventé un mini yo que vive dentro de mí. No se llama Edgar Olivares, se llama Koji Kabuto.

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