Kingsman: The Secret Service fue, como lo dije en mi reseña, una sorpresa enormemente grata. Y aun así es difícil salir del cine contento cuando sabes que mutilaron la película y que jamás verás en pantalla grande la escena que arbitrariamente censuraron en México y toda Latinoamérica.

Con alegatos comerciales completamente superficiales, Fox decidió censurar una escena particularmente violenta para lograr una clasificación que permitiera el ingreso a las salas a menores de 18 años. Y bueno, estas buenas conciencias que al parecer deciden lo que vemos y lo que no vemos, tasajearon la película para recaudar más ventas en la franja de edad que consideraban jugosa en la región. Cuestión geográfica, cultural o religiosa, lo cierto es que en Estados Unidos la película se proyectó en completo y con exactamente la misma clasificación.

Otra cosa que se suma a la imbecilidad pura que fue este acto de censura es que la escena me parece particularmente importante para el desarrollo de la trama. El hecho de tener a Harry Hart masacrando a una congregación de supremacistas blancos de Kentucky es el sueño húmedo de las películas de espías británicos. Porque estos fieles masacrados son todo lo que se confronta a la idea del espía que debe pelear por un ideal: pelear contra el radicalismo, contra la exaltación religiosa, contra todo lo que no sea perfectamente racional, contra el mal encarnado en sombras de nazismo; pelear contra la bajeza cultural que representa, en oposición directa al espía seductor en traje, el white trash americano, con sus Big Mac maridadas con vino excelente y sus congregaciones de odio.

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Fox decidió censurar la escena para lograr una clasificación que permitiera el ingreso a las salas a menores de 18 años

Y nos robaron la escena del descontrol, ahí en donde la película alcanza el máximo nivel de la parodia volviendo al agente secreto un ser irracional que pelea contra todos pero que, justamente, sólo acaba matando a las personas que más se oponen al ideal que representa. Un enorme lucha cultural en pantalla con cada cráneo reventado y puñalada caótica.

Y nos robaron de ese placer que era un crítica de fondo al género; una crítica que se equipara a la del escuadrón de la muerte de Tarantino en Inglourious Basterds (2009) cumpliendo la venganza masturbatoria de Hollywood contra Hitler y sus más cercanos colaboradores cosidos a balas por metralletas empuñadas por judíos en una proyección de algo similar a lo que hacía la Riefenstahl. Esto no nada más es terriblemente grave –la censura, sea por términos mercadológicos o cualquier excusa barata que le den, es y siempre debe ser inaceptable– sino terriblemente frustrante.

De todas maneras aquí les dejamos la escena (en la mejor calidad que pudimos encontrar) para que la vean y juzguen con sus propios ojos: es una verdadera joya violenta y un parteaguas en la crítica profunda de la película.

Aquí nos vemos reflejados como espectadores disfrutando de la libertad incondicional de un paladín de la justicia convertido en asesino sin tapujos de toda la maldad encarnada en radicales americanos bañados en sangre bajo los ojos de Dios. Y la violencia gratuita es lo que justamente nos confronta como espectadores: ¿por qué esta masacre es en una iglesia con civiles es más barbárica que los 400 masacrados por Pierce Brosnan en Tomorrow Never Dies (la película más violenta de Bond hasta la fecha)? ¿Por qué suspiramos de satisfacción a cada muerte de un ruso armado o de un mercenario francés o de un vietnamita comunista en una película de espías? ¿Por qué, finalmente, se censuran ciertos tipos de violencia más que otros, por qué se puede ver la masacre de miles de nazis en una película de guerra sin elevar la clasificación y aquí tienen que tasajear una película para mantenerla en cartelera?

La censura no comprende –y no creo que nunca haya querido comprender– el mecanismo crítico que se pone en juego: como bien lo dijo Koltès, “no hay héroes que no tengan las manos manchadas de sangre”. Es el mecanismo mismo de la bondad a ultranza del espía lo que se nos está echando en cara, es como si viéramos claramente la escusa implícita que siempre utilizamos frente a esta violencia: Bond puede ser un asesino, pero lo hace para salvar al mundo. No creo que Batman estaría de acuerdo con todo esto: finalmente, hasta nuestra diversión puede tener ocultos pensamientos bastante peligrosos.

En cualquier caso, al parecer, desde la mercadotecnia, con leyes morales superfluas que ya no deberían impedir la libre circulación de un producto cultural cualquiera, las grandes productoras y las distribuidoras están metiéndose con los contenidos que recibimos o que dejamos de recibir. Y eso es una verdadera lástima… y una verdadera estupidez. No nos queda a nosotros más que compartir a lo loco lo que no nos dejaron ver por las buenas: que sirva esta censura como punto de reflexión y de crítica sobre lo que implica la escena que cortaron. ¡Que así sea y bendito el Internet!

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