Ya pasaron dos semanas desde que se estrenó Kingsman: The Secret Service en México: tal vez ya sea un poco tarde para hacer una reseña. Sin embargo, me esperé tanto tiempo para ver la película y hablar de ella porque quería leer antes el cómic, al que nunca le había hincado el diente, y verla, al menos, un par de veces, cosa de completar la opinión. Y bueno, ¿Qué puedo decir? Ha sido una sorpresa enormemente grata.

El cómic, compuesto de siete partes, salió a la luz hace tres años como la primera colaboración entre el creador de Kick-Ass, Mark Millar, y el legendario dibujante de Watchmen y colaborador fundacional de 2000 AD, Sir Dave Gibbons. El resultado es entretenido, bien escrito y bien dibujado, pero no es nada del otro mundo. Y sin embargo, la larga amistad de Matthew Vaughn con Millar y su leal colaboradora Jane Goldman llevó a la escritura de un guión bastante original basado con muchas libertades en el cómic.

Claro, no es que podamos hablar de una exacta paridad entre medios, ni de que valga la pena compararlos, pero algo me queda claro: la película superó por mucho las expectativas que uno podría tener después de leer el material original. Vaughn ya tiene bastante experiencia llevando cómics a la pantalla (no nada más hizo la buena adaptación de Kick-Ass sino que escribió X-Man: First Class y X-Men: Days of Future Past además de dirigir la primera) y aquí se nota la facilidad que tiene para moldear excelentes guiones que adaptan de manera más o menos libre los materiales que el director no deja de admirar. Y eso se nota en el resultado.

 Una adaptación comprometida

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Kingsman: The Secret Service está hecha con cariño y desfachatez apasionada. El director abandonó incluso las riendas de X-Men: Days of Future Past para entregarse por completo a este proyecto. Y díganme lo que quieran pero no muchas personas abandonarían la oportunidad de dirigir una segunda película de los tan queridos mutantes por una adaptación de un cómic no tan conocido y que, ciertamente, no tiene el mismo apelativo. Pero Vaughn entendió muy bien las virtudes y los defectos del material de Millar, recortó mucho de la solemnidad y aumentó bastante la diversión. Finalmente convirtió, con singular alegría, una adaptación poco esperada y que generó sólo una ligera anticipación, en una película que no nada más cumple con el entretenimiento que promete sino que supera, por mucho, la inteligencia, la violencia y la desfachatez del material original.

La historia cambia radicalmente en algunos puntos esenciales. No se trata aquí del tío Jack que arropa a su sobrino para convertirlo en un agente secreto y sacarlo de los malos pasos en los que andaba como joven por las peligrosas calles de Londres. Aquí la historia se desapega un poco del drama familiar para pasar a un marco de historia más amplio y, ciertamente, más interesante en el que MI6 ya no tiene nada que ver y la parodia de James Bond pasa a una organización privada de espionaje, tan misteriosa como exclusiva. Aquí ya no hay gobiernos involucrados sino lo que en verdad estaba detrás de todas las películas de espías de la guerra fría: la lucha incansable, de ideología bien marcada, entre el bien y el mal, la rectitud moral contra la irracionalidad dictatorial de algún megalómano, la alta etiqueta británica contra la “barbarie” de otro mundo secreto, misterioso, caótico y opresivo.

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Aquí la historia se desapega un poco del drama familiar para pasar a un marco de historia más amplio y, ciertamente, más interesante

El hecho de cambiar las agencias de espionaje tradicionales por unos sastres adinerados que se toman el deber caballeresco de seguir las enseñanzas de la mesa redonda del Rey Arturo es brillante en muchos niveles. Porque aquí la parodia del género de espías británicos pasa por niveles mucho más sutiles que las locuras burlonas de Mike Myers como Austin Powers. Y aun así, no se pierde nada de la diversión de la parodia. La idea es una burla que pega más al contenido que a la forma, a la idea de que existen paladines de la justicia que son completamente ajenos a los confines de la burocracia y de la política internacional y que van haciendo lo que bien les parece según sus propios códigos de honor. Es decir que son como los agentes doble cero pero con mucho más cinismo y un buen cacho más de libertad.

Y la idea de tener una “licencia para matar” se expande a una completa locura de bellas coreografías sangrientas que tiñen de fantasía violenta las misiones de los agentes. Tal y como lo hacían los caballeros de la mesa redonda, estos espías no se tocan el corazón a la hora de defender su honor, la reputación de una dama o la defensa de los débiles (que aquí, como buena expansión hiperbólica de parodia, pasan a ser cinco billones de personas). Es en ese contexto que tenemos que criticar fuertemente el hecho de que hayan censurado en América Latina una de las escenas más violentas de la película; una escena en dónde Harry Hart masacra a decenas de supremacistas blancos de Kentucky en una iglesia; una escena que es, finalmente, parte esencial de la trama y que lleva a sus últimas consecuencias la burla de las películas de espías: ¿no era acaso el sueño húmedo de esas cintas el ver a una agente, liberado de todos sus tapujos morales, matar a los intolerantes del mundo, los megalómanos racistas extremos, a la suma de la incorrección política? ¿No era acaso la fantasía de toda película de Bond ver al agente elegante británico masacrar a lo más bajo de la cultura americana (y busquen en todas las cintas basadas en Fleming la estupidez básica y la bajeza caricaturesca de todos los agentes de la CIA)?

Una parodia inteligente

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Pero fuera de ese increíble detalle que nos robaron, la película teje muy bien una crítica que no existe de forma tan explícita en el cómic. Es cierto que hay una burla del Bond de Moore al principio cuando falla el paracaídas del agente que trata de salvar, esquiando y arropado bajo la Union Jack a un desprevenido Mark Hamill (al que Vaughn hace un guiño interesante dándole el papel aquí del Dr. Arnold); pero esto no llega a la profundidad de la lucha del esnobismo contra la cultura popular americana (el villano americano lo entiende muy bien sirviéndole al espía elegante una Big Mac con un vino extremadamente fino), del refinamiento del brindis cara a cara contra los celulares, de la violencia directa y coreográfica contra el asesinato distante de un pusilánime que piensa erradicar a cinco billones de personas desde algún lugar bien limpio y lejos del olor a sangre.

Estos son todos los clichés de las películas de Bond llevados a un extremo caricaturesco que logra, sin embargo, mantener la tensión seria dentro de la diversión. En este sentido Kingsman se aleja de Austin Powers (1997) porque, antes que nada, es una película de acción. Pero una película de acción que se da muy bien cuenta de sus fuentes, que constantemente hace referencia a los marcos de la saga de Fleming: lo vemos en la discusión entre el megalómano que quiso ser de niño espía y del espía que quiso ser de niño un megalómano sociópata; en las constantes menciones a las exageraciones de las películas de Bond en donde el héroe se salva con justeza y el villano muere después de un mal chiste; en la transformación de Q como Merlín, el de los artilugios mágicos y la tecnología operativa; en la crítica a beber martinis con vodka; en la conquista final de la damisela en peligro que descaradamente apuesta sexo anal por la salvación del mundo.

Y todo esto se conjura dentro de otros detalles que llevan a la película más lejos de la simple parodia genérica. Aquí también se retrata el miedo al cambio climático que se emparenta al miedo a la tecnología como forma de control global, aquí se caricaturizan todos estos relatos new age de la salvación del planeta a través del abandono del artilugio poderoso y enajenante (al punto de volvernos a todos bestias) que sería el internet móvil, gratuito y universal. Y el desenlace resulta completamente gratificante en este sentido: no muere solamente el villano sino que mueren todos los líderes mundiales que aceptaron su plan para salvarse el pellejo, aquellos que se sintieron con el derecho de desechar al débil para permanecer como los fuertes y únicos amos del planeta. A diferencia de las películas de Bond, aquí se derrumban gobiernos con la caída del villano y, justamente, no son los gobiernos comunistas pintados en toda su maldad, sino los maquiavélicos líderes del norte, desde Finlandia hasta el Pentágono. Todo bajo una hermosa escena que cita todas las glorias psicodélicas de los sesenta en cabezas explotando como fuegos artificiales, sueños de la expansión de la mente de aquellos que gobiernan al mundo con mano déspota, de los que aceptaron esconderse tras un escritorio o una botella de champaña mientras el planeta se derrumba.

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Estos son todos los clichés de las películas de Bond llevados a un extremo caricaturesco que logra, sin embargo, mantener la tensión seria dentro de la diversión

Al final, no es que quede una lección en todo esto, Kingsman es una película lo suficientemente inteligente para evitar sermones. Todo acaba como una enseñanza básica de buenos modales, un sentido de la compasión torcida en el entrenamiento de asesinos despiadados, una historia que pavimenta el camino de Cenicienta con sangre y que balconea el esquema del elegido (tan pobremente tratado en otros lados) con sorna divertida e incredulidad constante. Llena de actuaciones convincentes por parte de Colin Firth –que es entrañable-, Taron Egerton -que es una mezcla perfecta de arrogancia y acomplejamiento-, Michael Caine –que aún puede hacer, con su esnobismo adorable, papeles de villanos-, y Mark Strong –que combina con soltura una inteligencia paternal y algo de corajuda dignidad inglesa-,  la cinta se desplaza con facilidad por su trama alocada y logra crear una fuerte empatía con el espectador.

Y bueno, si finalmente nos vamos a los villanos, Samuel L. Jackson hace a la perfección un papel que cambia completamente la perspectiva del cómic de un insulso genio de la tecnología con problemas de inseguridad sexual y traumas cienciaficcionosos, a un poderoso geek con estilo y fuerza de atracción. También Gazelle pasa de ser un simple matón de piernas metálicas a una asesina interesante y misteriosa que va rebabando a todo mundo en un recuerdo algo más sensual de lo que hacía Oddjob con su sombrero.

Todo esto para decir, finalmente, que, a pesar de la tasajeada aberrante que le dieron a la cinta en su distribución por America Latina, Kingsman: The Secret Service es una parodia de género que supera por mucho el material en que se basa y que arropa ciertas críticas y desquites con mucho más inteligencia de lo que parece a primera vista. Todo esto es el puritito mérito de Matthew Vaungh como director y guionista: desde sus inicios como productor de las dos mejores películas del desaparecido Guy Ritchie (Lock, Stock, and Two Smoking Barrels (1998) y Snatch (2000)), hasta su paso por X-Men, parece que este señor no puede dejar de sorprendernos.

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A pesar de la tasajeada aberrante que le dieron en America Latina, Kingsman es una parodia de género que supera por mucho el material en que se basa

Y bueno, si quieren más detalles personales para acabar de contemplar qué tan a pecho se tomó la escritura de esta cinta consideren esto: durante mucho tiempo se pensó que Vaughn era el producto de una relación extramarital entre su madre y el actor Robert Vaughn antes de que pruebas de paternidad lo hicieran el heredero de nieto del rey George VI, el aristócrata inglés George de Vere Drummond. Vaughn pasó entonces de ser un hijo bastardo en Londres a treparse al rango de la mismísima nobleza inglesa, acabar conquistando Hollywood y casándose con nada menos que Claudia Schiffer. Si esta historia de cenicienta no se les emparenta a lo visto en la película fíjense en la escena en la que Firth se hace pasar por un multimillonario inglés y verán que da como nombre falso ese rasgo distintivo que Vaughn aún esconde: el apellido de Vere. La película se acerca tanto a temas personales que se nota la implicación, el amor y la parodia en su fabricación. Desde lejos, fuera de su vida lujosa, todos nosotros los débiles desprotegidos, continuaremos agradeciéndoselo.

Lo bueno

  • Las actuaciones precisas que miden bien entre la solemnidad, la empatía y la parodia total.
  • La adaptación brillante que hace Vaughn del cómic, superando en todo al material original.
  • La dirección impecable del mismo Vaughn que traduce una pasión personal y meticulosa por el proyecto.
  • La diversión inteligente, la burla medida en tono muy inglés, la acción constante, la parodia exacta.
  • La portada de The Sun que aparece clarita después de la muerte de Harry y que reza, en el momento más dramático: “Brad Pitt se comió mi sándwich”.
  • El increíble soundtrack.

Lo malo

  • Lo que los imbéciles de las distribuidoras hicieron cortando una de las escenas más importantes de la película.
  • Doblemente: la censura imbécil.
  • Triplemente: que todavía tengamos que quejarnos de la censura hoy en día… Lo cual es francamente imbécil.

Veredicto

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Kingsman: The Secret Service es una adaptación poderosa, bien hecha, bien dirigida, bien escrita, inteligente y, sobre todo, extremadamente divertida. Representa un cine palomero geek que también propone crítica propia y parodia genérica sin caer en el paternalismo y sin dejar de entretener. Es, en general, una muy grata sorpresa, bastante recomendable para un domingo soleado y que muestra, de forma completamente convincente, que Matthew Vaughn se está afirmando como uno de los grandes adaptadores del cómic a la pantalla de nuestros días. Ojalá que su camino de cenicienta no acabe aquí y que todavía podamos esperar mucho más de sus elegantes creaciones.

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Título: Kingsman: The Secret Service

Duración: 129 min.

Fecha de estreno: 26 de febrero de 2015

Director: Matthew Vaughn

Elenco: Colin Firth, Michael Caine, Taron Egerton, Mark Strong, Samuel L. Jackson

País: Estados Unidos, Reino Unido

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