Si un título como “Consejos para ser creativo” no hace que se les antoje darle click a una publicación, entonces alguien debería informárselo a quienes han escrito los más de 4,200,000 artículos que arroja Google con listas sosas de atajos rápidos para “mejorar la creatividad”. ¿Quién no quiere ser más creativo? Equivaldría a decir que no quieren ser más inteligentes o guapos.

De acuerdo a un estudio de IBM en 2010, la creatividad fue considerada el elemento crucial de éxito por ejecutivos en 33 industrias. Tampoco es mucha sorpresa que la palabra “creativo” de nuevo haya entrado en tercer lugar a la lista de los 10 términos más usados en los CVs de LinkedIn (“innovador” es el noveno, por cierto).

La buena noticia es que estar vivo parece ser suficiente para aumentar la creatividad. Armen una lista de las últimas 10 cosas que hicieron en el día: ¿comieron chocolate amargo, semillas o moras azules? Perfecto. ¿Hicieron ejercicio? Magnífico. ¿Manejaron un coche? ¿Leyeron algo? ¿Se bañaron? ¿Vieron el color azul o verde? ¿Estuvieron en un lugar con ruido ambiental?  También funciona dormir poco o dormir mucho, estar en lugares abiertos o constreñidos, escuchar cualquier tipo de música o a Mozart.  ¿Muy específico? Una tanda de consejos más generales seguro los inspira: pierdan el miedo a ser diferentes, no teman al fracaso, diviértanse, júntense con más personas creativas (que bajo estos estándares es cualquier ser humano, básicamente).

Otro ejemplo lo arroja un estudio de la Universidad Heriot-Watt, que hizo una categorización de cómo los gustos por distintos géneros musicales corresponden a diferentes características de personalidad. Los resultados son reveladores. Los fans del blues tienden a ser creativos; también los fans del jazz. Los amantes de la música clásica son creativos, a diferencia de quienes disfrutan la ópera y el reggae, que son creativos. Finalmente los fanáticos de la música dance, indie, de Bollywood, del heavy metal, rock o soul son… sí, creativos.

No me quiero aventurar a sacar conclusiones, pero siento que se empieza a asomar un patrón aquí. La sistematización de la creatividad no nace y muere en un wikiHow. Es una cultura (cada vez más) banal que ha permeado a la academia, a la industria de la autosuperación y a grandes empresas y pequeños emprendedores.

Pero también es un fenómeno al que la ciencia (más “neuro” y menos “pseudo”) le ha empezado a poner atención y los resultados son muy diferentes al panorama que nos hemos encargado de pintar hasta ahora.

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Imagen: Tyler007

¿Por qué al hablar de creatividad somos tan poco creativos? Casi siempre se terminan enlistando los mismos ejemplos icónicos: el carácter visionario de Steve Jobs, el éxito de Pixar, la creación del Post-it, los impresionistas y su resiliencia al rechazo del establishment de la época (un caso bastante explorado en el libro David & Goliath: Underdogs, Misfits, and the Art of Battling Giants de Malcolm Gladwell).

El problema, no con la creatividad sino con esa concepción de la creatividad, es que termina siendo una moda contraproducente y una práctica superficial, geniocéntrica, pro-epifánica e individualista (es más: si enuncian la palabra “creativo” tres veces frente a un espejo #dicen que se aparece Steve Jobs -pero si está ocupado viene Leonardo da Vinci).

Y no sólo parece fomentar cierto grado de improductividad, sino también de infelicidad. El reporte más reciente de Trabajos Creativos publicado por CreativeLive revela que el nuevo sueño americano gira en torno a la creatividad. La encuesta encontró que los empleados, especialmente entre 18 y 34 años de edad, “están insatisfechos con los niveles actuales de creatividad en sus trabajos” y que 55% preferiría renunciar a su carrera tradicional y buscar fuentes de auto-empleo. Richard Florida, autor del libro The Rise of the Creative Class, apunta a que la creatividad se ha convertido en el commodity más valorado en nuestra economía.

Esa cultura se ha dedicado a perpetuar el mito de la ruptura de paradigmas. Pero por más romántico que suene, la realidad es que no todos los grandes avances implican disrupción y ninguna disrupción es producto de una mente única con línea directa al reino de las musas. Siempre están insertos en un contexto histórico y socio-cultural, y siempre son el resultado climático de una larga línea de avances incrementales. El Dr. Keith Sawyer, profesor de pedagogía en la Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill y uno de los científicos expertos en creatividad más destacados de Estados Unidos, habla en una entrevista sobre esto:

“Aquí es cuando nos encontramos con otro mito cultural sobre la creatividad – el del genio solitario. Las ideas no aparecen mágicamente en la cabeza de un genio de la nada. Siempre se construyen en lo que vino antes. Y la colaboración es clave. (…) La investigación y evidencias anecdóticas sugieren que las analogías distantes llevan a nuevas ideas – como cuando un cirujano de corazón rebota ideas con un arquitecto o un diseñador gráfico.”

Así que no se trata siempre de romper y empezar de cero, sino de construir. Para construir hay que enlazar. Para enlazar hay que comunicar, entender, estructurar, entretejer, masticar y digerir. No es cuestión de promover destellos de genialidad esporádica y aislada, sino de crear el ambiente y la estructura social adecuada para proponer soluciones colectivas y multidisciplinarias en vez de distracciones egocéntricas.

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En el libro Group Genius, Keith Sawyer explora el fenómeno de cómo surge la creatividad en grupo y en ambientes colaborativos. Para Sawyer, la creatividad es una propiedad emergente, un todo distinto a la suma de las parte. Aquí la continuidad es tan importante como el cambio.

¿Pero por qué hay que tratar de redefinir a la creatividad en un marco más realista? Porque la creatividad sí es fundamental. Un ejemplo está en la cultura emergente del emprendedurismo y las startups donde se ha convertido en un valor central. Esta tendencia trata de impulsar por varios frentes el desarrollo de proyectos empresariales con un potencial extraordinario para activar la economía e incentivar a un semillero de talento. Estamos rodeados de nuevas herramientas y modelos de negocio que se basan en la colaboración colectiva y en la interdisciplinariedad. Cualquiera que haya hecho el esfuerzo por incursionar en este ámbito sabe que no es un rebelde sin causa o un llanero solitario.

¿Pero qué pasa si se fomenta el discurso del emprendedurismo enmarcado en un concepto erróneo de individuo y disrupción? ¿Existe entonces el peligro de fomentar expectativas poco realistas y proyectos estériles? La propuesta más bien es tratar de alejar a la creatividad de la epifanía individualista e insertarla en un esfuerzo que valore a lo colectivo, al crowdsourcing y al otro, que valore al proceso como algo empático y que trate de entender a profundidad qué piezas ya están ahí antes de correr por un lienzo en blanco y empezar de cero.

Por eso al hablar de creatividad tenemos que dejar de hablar de disrupción y empezar a hablar de colaboración, dejar de hacer énfasis en el mito creativo y empezar a promover el pensamiento crítico y analítico.

No es suficiente tomar a los grandes outliers de la historia y convertirlos en personajes legendarios y máquinas de aforismos. Hacer eso demerita el potencial que todos tenemos de mejorar nuestro entorno y el valor extraordinario que puede venir de “pensar dentro de la caja”.  A veces la caja es mucho más interesante de lo que parece.

*Foto de portada: Kyle May

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