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Ayahuasca: un viaje psicotrópico en realidad virtual

Ayahuasca es una experiencia en realidad virtual (VR) que se proyecta en el GIFF 2019 y que te llevará a explorar los rincones más complejos de un viaje psicotrópico.

¿Cuáles son los límites de la percepción? ¿Hasta dónde pueden llevarnos nuestras experiencias sensibles? ¿Es posible captar la profundidad de las alucinaciones, de las experiencias extracorpóreas, con un medio audiovisual?

El cortometraje de realidad virtual, Ayahuasca, de Jon Kounen quiere enfrentarse a estas preguntas con un ensayo presente, violento, inmersivo e intrigante de realidad virtual. Este cortometraje de 12 minutos se estrenó, este año, en el Festival Internacional de Cine de Tribeca y, ahora, tuvo su primera corrida latinoamericana en el Festival Internacional de Cine de Guanajuato (GIFF) 2019.

Desde hace tres años, el GIFF se ha acercado a la realidad virtual para ampliar las experiencias de su oferta. Al principio, esta iniciativa se acompañó de varias propuestas por directores mexicanos entre los que estaba Roberto Fiesco y Juan Carlos Rulfo. Pero, la mayoría de estos proyectos resultaron en experimentos fallidos, utilizaciones torpes de una tecnología que todavía no se desarrolla completamente y malas comprensiones de las capacidades del 360 y la experiencia inmersiva. Todos los cortos, a excepción del interesantísimo documental de Roberto Fiesco, mostraron la enorme lejanía que todavía hay, en experimentación formal, entre el cine y la realidad virtual.

Kounen, sin embargo, parece no querer hacer una experiencia real. Este corto es una animación en computadora que no busca, en ningún momento, evocar un realismo. Al contrario, toma los primeros experimentos de realidad virtual con el desplazamiento (que, generalmente, resultaban en viajes de montaña rusa) para ilustrar una experiencia absolutamente intangible: un viaje psicotrópico con ayahuasca. Por supuesto, no se trata de cualquier experiencia: Kounen quiere evocar su propia vivencia de la ayahuasca en una ceremonia ritual en el Amazonas de Perú.

La experiencia empieza en la selva, en un lugar indeterminado, rendereado en computadora, con un techo encima de tu cabeza y la luna penetrando con rayos plateados. Alrededor suenan los ruidos de la selva y, de pronto, aparecen otros habitantes. Animales, insectos empiezan a poblar tu visión hasta rodearte completamente. Y, si tienes miedo a los insectos y las serpientes, aquí te la vas a pasar mal; porque ciempiés y alacranes, víboras y boas atraviesan tu cuerpo y te enlazan con sus pieles brillantes. Todo va creando túneles con el cuerpo de las serpientes y pronto llegas a una catedral gigantesca en la que las serpientes se convierten en luz y luego en fractales. Los fractales dan paso a cráneos y visiones sombrías, a viejos guerreros muertos y a la entrada misteriosa en el ojo de un hermoso colibrí antes de que las visiones se desintegren y nos dejen donde empezamos, en la selva, sentados, bajos los rayos plateados de la luna.

La vivencia de este corto está pautada por los cantos rituales de los chamanes peruanos que acompañaron el viaje psicotrópico de Kounen. Los cantos grabados del chamán que acompañan las visiones no nada más son una pauta para la edición y el ritmo de la experiencia, sino que sirven para transmitir una sensación de control externo y paz. Por eso, extrañamente, estar rodeado por alacranes y serpientes no es una experiencia atemorizante o traumática. Como en cualquier viaje alucinógeno controlado ceremonialmente, aquí te sientes acompañado, guiado, cuidado.

La pérdida de control, como la pérdida de control en un viaje alucinógeno, tiene un soporte en el seguro externo de una tecnología que está funcionando, de la zona segura en la que te encuentras, de los cantos que te guían. Y, como en la experiencia psicotrópica, tienes que dejarte ir para encontrar el camino de tu alucinación. Entregar tu control a algo externo siempre es una experiencia formativa.

Al final de la experiencia, cuando regresas a tu cuerpo, a la selva, a la luna plateada, sientes que te desplazaste, que fuiste a algún lado. Y los flashes que siguen apareciendo en tu visión adormilada son los testigos silenciosos del mundo oculto tras el velo de las percepciones cotidianas.

El cortometraje de Kounen, a pesar de comprender y traducir con paciencia y pertinencia poética, los cantos de los chamanes peruanos, no es una exploración antropológica. Ahí se distancia, claro, de otros cortos de realidad virtual como Awavena (2018), cinta que muestra el viaje para encontrar a los chamanes en la selva amazónica y que retrata, más allá de la experiencia abstracta, el rito mismo que rodea al consumo de ayahuasca. No, ésta es la representación tecnológica de una vivencia abstracta e indecible, sensorial e intransmisible.

Por eso, Ayahuasca es una traducción de lo sensorial a lo tecnológico y, en este salto, entiende mejor que muchos otros cortos en realidad virtual, el potencial de una nueva técnica. Aquí la inmersión cumple un propósito, aquí la alucinación cambia según cómo muevas tu cabeza, aquí la experiencia es única y compartida, evocando exactamente el tema del corto. En este sentido, Ayahuasca es una experiencia intrigante en el uso de VR y, a pesar de su aparente frivolidad, es un experimento que usa, con pertinencia, una tecnología que empieza a dar sus primeros pasos.

Aquí la descripción de mi experiencia: