Mucho se le ha criticado a la película 300 de Zack Snyder; los ataques llegaron por todas partes. Están, por un lado, los historiadores indignados por la forma en que se trata de dar una seriedad política a la película que el cómic no tiene –la sub-trama de la reina Gorgo y el consejo- mientras que se animaliza aún más a los persas –la femineidad de Xerxes, los monstruos que no aparecen en la novela gráfica, los rostros demoniacos de los inmortales, etc. Por otro lado, están los detractores del director, que no son pocos. Y es cierto, Snyder ha sido responsable de un par de bodrios irreparables –Sucker Punch, Legend of the Guardians y, la todavía discutida, Man of Steel-, y también es cierto que algunos ven en su adaptación una forma sobre-patética del cómic, con discursos épicos, emociones creadas y una actuación casi cómica de Gerard Butler.

Finalmente están los detractores de Frank Miller. Aquí tampoco escasean. El pobre Miller, a pesar de su tranquilidad amable y su rostro torturado por las tremendas críticas que le han caído encima, tomó un par de decisiones que lo alejaron del apoyo general de sus lectores. En particular, circulaba la idea, concurrida en el medio del cómic, que sigue viviendo una cierta marginalidad orgullosa –a pesar de su enorme popularidad y la tendencia de los estudios culturales en literatura-, frente a la apertura comercial que se le ha dado en Hollywood. En efecto, la empresa fílmica estadounidense lleva ya un ritmo acelerado en su búsqueda de adaptaciones de cómics y novelas gráficas; en general a través de lo que el mismo Snyder categoriza como “el abuso del concepto”: se utiliza la idea de Spider-Man, Superman, Batman o los Fantastic Four, sin tomar, en la mayoría de los casos, ninguna representación de estos personajes según alguna versión de cómic específica.

La idea entonces, en general, es que Miller vendió sus ideas y traicionó la integridad de su profesión por el dinero de Hollywood. En realidad poco importa si Miller es en verdad una persona bastante íntegra y recelosa de su producción en cómics, tampoco importa que haya querido probar un nuevo medio después de que le insistieran mucho, la imagen que dejó no fue la mejor y tampoco ayudó la terrible –TERRIBLE- impresión que causó su incursión al cine con The Spirit. En todo caso, se le criticó desde antes de la adaptación de 300, por la novela gráfica misma que, a pesar de todo, fue multipremiada y se considera un clásico contemporáneo. Se le criticó, en particular, por tomar una premisa histórica y contarla a su modo novelesco y estetizado. Bueno, hasta el gran Alan Moore se metió a la bronca culpando a Miller si no de homofobia, sí de falta de investigación y seriedad a la hora de retratar las diferencias entre los machos espartanos y los boy lovers atenienses.

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Frank Miller

Y me permito diferir de todas estas opiniones. Moore es digno de todo el respeto y la admiración del mundo por haber hecho algunas de las novelas gráficas más tremendas de la historia. Nada que decir al respecto. Pero también me parecía completamente inútil que se le criticara por la falta de precisión histórica de From Hell o por la idea que tomó del Guy Fawkes real en V for Vendetta. ¡Por todo lo sagrado, estamos hablando de ficción! Cada vez hay más novelas autobiográficas, en forma de crónicas vividas o incluso históricas y eso está muy bien, ¡Pero no se le critica a Moby Dick por no comprobar los registros de nacimiento de Ishmael! Son dos cosas distintas, con dos pretensiones distintas en marcos genéricos distintos. Moore no quiso resolver el acertijo que representa Jack el Destripador según una versión coherente que fuera a satisfacer a historiadores y desempolvadores de carbono-14. Tampoco Miller quiso recrear un hecho histórico tan distante, tan mitificado y tan enigmático. Digo, ni Heródoto, el “padre de la historia”, alguien más próximo al hecho, tenía completa certeza sobre lo que pasó en la batalla de las Termópilas.

Es aquí en donde encuentro todo el mérito de Miller: cuando se le acusó de producir una novela propagandística él respondió que sí, en efecto, lo suyo era pura propaganda. En realidad la serie empieza con un cuento alrededor de la fogata entre guerreros, el cuento del niño y del lobo, el cuento de Leónidas. Este cuento, como toda la novela, está contado por Dilios, el compañero de armas del rey espartano que es finalmente descartado de la batalla gloriosa de los trescientos por su capacidad para recrear historias. Y en efecto, al final, el ahora capitán Dilios cuenta la historia del sacrificio espartano frente a una enorme armada griega en Platea. Miller dice que su cómic es propaganda porque lo escribió desde el punto de vista de los espartanos, en la forma de un relato de hoguera, un relato entre guerreros, una historia para envalentonar y resaltar los valores y el valor de los espartanos antes de la batalla.

En este sentido, Miller trata de darle voz a las historias guerreras de los espartanos según él las comprende, en nuestro milenio, en nuestro siglo, después de que se situara polémicamente este hecho histórico como un pilar de la civilización occidental. Lo que hace Miller, y es ahí en donde me parece genial, es tomar una historia que se ha ido mitificando durante siglos por su importancia reconstruida –como el momento en que el occidente resistió al oriente para que pervivieran sus ideales, concepción ya bastante problemática- y la mitificó aún más. Como dijo Snyder, no tomó un mito y le dio tintes de realismo –como ya hizo en su locura Mel Gibson- sino que tomó un hecho histórico impreciso y mitificado y lo reconstruyó como su propia historia de ficción.

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Leónidas, en una captura de la novela gráfica

Lo que creo que escandaliza tanto es una relación un poco neurótica que tenemos con la representación de la realidad. No nos molesta, en general, darle cualidades referenciales o características realistas a un mito, porque es una forma de acercarlo a la realidad que nos representamos como cercana y concreta. En cambio, arrebátale algo a la historia, a la “escritura de lo real verificable” y se arma la de Dios es padre. Porque la ficción aparece poderosa, como si su mero influjo, su presencia pudiera desestabilizar las bases de lo que conocemos, destruir fundamentos que se sustentan en su referencialidad. Porque todos estos fundamentos reales, históricos, están también sujetos a la capacidad infinita de producción de ficciones, porque las historias también se cuentan y se van inventando, porque ese asidero a una realidad lejana no es tan firme como parece. Y uno se pregunta, ¿qué importa que Miller cree personajes utilizando nombre históricos? ¿Qué importa que cuente su versión mitificada de un hecho histórico que nadie puede explicar en absolutos?

Ahora, si me dicen que se trata de otra producción cultural americana que sirve para realzar el militarismo, la abnegación por la patria y el sacrificio, yo les digo que puede ser utilizada de esa forma, sí; o como la exaltación del suicidio, de la perfección física al punto de sacrificar bebés y de donar vírgenes para ser violadas por la causa de la superstición. Todo mito puede interpretarse a la conveniencia del interpretante; esa es una cualidad del mito y, fuera de él, está lo que le presta la voluntad ideológica del interpretante. Así que, en lo que a mi concierne, no me parece más que blaconear sus propios prejuicios el darle una interpretación única a una obra de ficción admitida como tal. Por decirlo de otra forma, no hay que buscar culpar a Miller por nuestros propios traumas.

Habiendo hecho mi apología de la novela gráfica –en este sentido, porque se le pueden criticar otros- puedo pasar al asunto de la primera película. En este sentido Snyder, primero, sí respeta la novela gráfica. El narrador en off en la película es Dilios y todo se resume a una historia contada al final frente a los soldados de Platea. El error de Snyder es el haber metido otras subtramas que se escapan al poder narrativo de Dilios, simplemente porque no las presenció o porque no podía saber de ellas: el asunto político de Gorgo con el consejo, la relación íntima de Leónidas con su esposa, en general, todo lo que no concierne directamente el relato guerrero que sirve para encandilar a los que van a estar sacándose las tripas en unos instantes. Al meter estos elementos a la película, se pierde un poco el tema mítico de la propaganda guerrera que se logra en la novela gráfica y parecen entonces desproporcionadas todas las añadiduras en rinocerontes, gigantes, inmortales deformes y demonios con cabeza de cabra que tocan la flauta como en toquín de Tatooine. Todo lo que permitía estas divertidas exageraciones era, justamente, la imaginación exaltada del narrador soldado frente a enemigos desconocidos. Sin esto, se convierten en las figuras de la imaginación exaltada de Zack Snyder, y eso, que me disculpen, no es tan divertido. Y no es que la película no me parezca merecedora de cierta alabanza: técnicamente fue un hito en la adaptación del comic a la pantalla y, más que nada, se convirtió en un referente cultural hace ya 8 años que divirtió enormidades con su brutalidad épica y patética.

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Fotograma de 300

En todo caso, la primera película de 300 tuvo sus logros y sus desatinos, se mantuvo, bien que mal, en nuestra imaginación como referente y llevó a la pantalla un clásico controvertido de la novela gráfica. El problema ahora con su continuación es que se siente como que Miller se quiso disculpar. 300: Rise of an Empire se basa también en una serie limitada de Miller que aún no ha sido publicada y que se creó después del revuelo lanzado por la primera película. Digo, hasta el gobierno de Irán alzó la voz para denunciar un retrato inexacto y despectivo de una de sus prominentes figuras históricas: el gran rey Xerxes I. Entre las críticas de Moore, de los historiadores, de sus seguidores y de Teherán, esta nueva adaptación parece una forma apresurada de disculpas y reconciliación por parte de su creador.

Por un lado, la serie se llama Xerxes y parece querer contar la historia desde otro punto de vista. Se observa más la abnegación y el honor de los persas, sus capacidades para la guerra y se justifica un poco la figura afeminada del rey dorado con la aparición viril e imponente de su padre Darius y la tremenda presencia de Eva Green como guerrera fiel. Por otro, quiere reconciliar las ideas de virilidad de Esparta con la imagen de los atenienses fundadores de civilización, guerreros y políticos que hacen otra cosa más que seguir la imagen homofóbica que da de ellos Leónidas. Y, en efecto, los griegos aparecen viriles y fuertes, soldados y razonadores; dejando, sin embargo, algunas pretendidas tensiones homoéroticas muy difuminadas en miradas y desapareciendo completamente a las mujeres atenienses del mapa –frente a la presencia fuerte de las mujeres espartanas. Como si quisiera disculparse de la homofobia representada por los espartanos dejando de forma demasiado velada una referencia histórica real, algunos guiños al amor entre hombres común en la antigüedad. Todo sin sacar mucho de onda a nadie. Son menos las criaturas demoniacas y sobrehumanas –que no la fealdad deforme de los esclavos persas- y todo se centra en las batallas libradas por los griegos en el mar contra los persas, para llegar a Salamina y regresar, en evocación, al final de la primera película con la derrota definitiva de Xerxes en Platea.

La película, sorprendentemente, teje de forma orgánica las conexiones narrativas con la primera entrega, cediendo el protagonismo a los atenienses y en particular a la figura central de Temístocles. En este sentido, la trama transcurre de manera fluida y la tensión se mantiene, sobre todo, por la rivalidad entre el general griego y la tremenda interpretación lujuriosa y malévola que hace Eva Green de una poderosa comandante persa. Con todo esto y en el lujo visual exagerado de la película, nos volvemos a divertir como lo hicimos con 300: harta sangre en combates coreografiados ahora sobre el mar, sensualidad exótica y discursos épicos declamados a gritos.

El problema de esta secuela es que todo esto sigue pareciendo como un intento mal logrado de Miller por enmendar las críticas que se le hicieron desde el 98 y que regresaron, más violentas, en el 2006. Trata de presentar ahora el punto de vista de los atenienses pero también dar una visión más cercana de los persas, crear una tensión más proporcionada entre fuerzas, regresar la virilidad tanto a invasores como defensores y, dentro de todo esto, se pierde la verdadera fuerza propagandística de la primera novela que ya la película anterior había violado. Continúa la voz en off pero es difícil identificar de donde proviene –fuera del principio y el final en donde narra la reina Gorgo- lo que resulta en una declaración propagandística no ya de un personaje, de un mito repetido entre guerreros, sino del mismo autor o director o guionistas o de todos juntos. En realidad, esto termina por tirar por la borda lo logrado en la primera novela en cuanto a la convención subjetiva del narrador, además de mostrar que Miller quiso arrepentirse apresuradamente y que falló completamente en su intento.

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Fotograma de 300: Rise of an Empire

Todo acaba mal cuando al final de un elogio de estetizada antigüedad guerrera suena para correr créditos la poderosa pero fundamentalmente pacifista y moderna War Pigs de Black Sabbath. Digo, no nos representaron a Temístocles tras su escritorio en Atenas ordenando la construcción de máquinas de guerra. Lo cual, hasta eso, no hubiera sido tan lejano de versiones históricas. En todo caso, habrá que esperar la publicación de la novela gráfica para comprender con certeza qué fue lo que salió mal en esta empresa. O bueno, para señalar con el dedo a Miller o culpar de la adaptación al guión de Snyder y Johnstad (mismos guionistas de la primera entrega) o al no tan experimentado director Noam Murro. Porque al final, si no es Dilios el que cuenta la historia, nos podemos preguntar con toda justicia, ¿al servicio de quién se exaltan las ideas de libertad, democracia, honor y abnegación guerrera?

Y es ahí donde todo se vuelve muy confuso y lo que quiso enmendar Miller puede acabar descreditándolo completamente: en vez de defender la construcción de sus ficciones como relatos centrados en un punto de vista, parece regresar al asunto histórico defendiendo su propio punto de vista. Queriéndolo o no, las críticas podrán ahora dirigirse específicamente a su persona y no al machismo guerrero de espartanos ficticios. Y ahí sí está en problemas Miller porque se le puede reclamar toda su visión retorcida de la historia como una melcocha confundida de ideologías americanas prácticas: ¿Por qué no hacerle decir a Temístocles, el político radical griego, la frase de Emiliano Zapata utilizada por el Che Guevara: “es mejor morir de pie que vivir arrodillado”?  Don Frank, con todo respeto, tal vez debió hacerle caso a su cita desplazada.

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