El autor de la controversial novela A Clockwork Orange tenía una relación muy especial con la adaptación cinematográfica de Stanley Kubrick.

Anthony Burgess fue un autor prolífico que llegó a concebir 22 novelas, 25 piezas de no ficción y más de 250 obras musicales. Entre su obra destacan trabajos como The Wanting SeedInside Mr. EnderbyEarthly Powers y, por supuesto, A Clockwork Orange, la que podríamos considerar como su obra más conocida. La novela se volvió tan popular que el propio Burgess se sentía un poco decepcionado de que sus otros trabajos fueran relegados.

Incluso, en un texto publicado en 1986 que sería incluido en las rediciones posteriores de la novela, Burgess manifestaba su inconformidad con la obra:

“Publiqué la novela A Clockwork Orange en 1962, lapso que debería haber bastado para borrarla de la memoria literaria del mundo. (…) Así pues, es altamente probable que sobreviva, mientras que otras obras mías que valoro más muerden el polvo”.

Pero la novela trascendió las expectativas de su autor: escapó de sus manos y se popularizó, primero entre los escritores y artistas emparentados con los movimientos políticos y culturales de la década de los sesenta, para luego hacerlo en el resto del mundo. El propio William Burroghs –miembro de la generación beatnik y autor de Naked Launch aseguraba que era uno de los pocos libros que había logrado leer en los últimos años.

La emblemática portada de David Pelham fue creada 10 años después de la primera edición en una sola noche y el director de arte esperaba que fuera coherente con la versión de Kubrick.

Un remake radical

Seamos honestos, la imagen que tenemos todos de A Clockwork Orange es la de Malcom McDowell (Alex DeLarge) y de su pandilla de “drugos” bebiendo leche en el bar lácteo Korova, junto con Pete, Georgie y The Dim (o el Lerdo), mientras escuchamos el tema principal de la película compuesto por Wendy Carlos.

No podemos negar que la adaptación fílmica que Stanley Kubrick hizo en 1971 es magistral y que, muchos de nosotros, nos acercamos primero ella antes que al libro. Y en un principio el propio Anthony Burgess apreció el trabajo del director. En un artículo publicado en The Listener, en 1972 (a un año del estreno del a película), el escritor nacido en Manchester escribía:

“Fui a ver A Clockwork Orange de Stanley Kubrick en Nueva York, peleando para entrar, como todos los demás. La pelea valió la pena, pensé –una película muy Kubrick, técnicamente brillante, pensante, relevante, poética, que despierta conciencia–. Fue posible para mí ver el trabajo como un remake radical de mi novela, no como una mera interpretación y esto –esta sensación de que no era una impertinencia promocionarla como A ClockWork Orange de Stanley Kubrick– es el mejor tributo que le puedo pagar a su maestría”.

Si bien aquí el escritor demuestra que la película le parecía magistral, no se deja de percibir en la última parte de la cita que Burgess siente que su libro empieza a trasmutarse para convertirse en la película de Stanley Kubrick. Incluso al final del mismo artículo apunta:

“Lo que me gustaría es ver una película de otra de mis novelas, todas las cuales son singularmente no agresivas, pero temo que eso es pedir demasiado. Parece que debo ir por la vida como la fuente y el origen de una gran película y como el hombre que debe insistir, contra todos los que piensan lo contrario, que es la criatura viva menos violenta. Como Stanley Kubrick”.

La vida, por supuesto, es terrible

Pero las cosas cambiarían 22 años después con un texto publicado en 1986, donde Burgess deja ver su desprecio tanto por el éxito de la novela, como por la cinta de Kubrick:

“[La novela] Se resiste a ser borrada, y de esto la versión cinematográfica de Stanley Kubrick es la principal responsable. De buena gana la repudiaría por diferentes razones, pero eso no está permitido”.

Y es que el propio Burgess cuenta que la versión del libro que leyó Stanley Kubrick no era la misma que se editó en otros países como Inglaterra, Francia, Italia, Rusia o Alemania, pues el editor neoyorquino de A Clockwork Orange, había omitido el capítulo 21 de la novela. Entonces, el director de cine sólo conocía la versión de 20 capítulos.

El capítulo 21 que se omitió en la edición norteamericana contaba la transformación de Alex, el protagonista de la cinta, y su paso a la madurez para dejar de lado su comportamiento violento:

“En resumen, mi joven criminal protagonista crece unos años. La violencia acaba por aburrirlo y reconoce que es mejor emplear la energía humana en la creación que en la destrucción…”, decía Burgess.

Malcolm McDowell como Alex DeLArge, al lado de Stanley Kubrick durante el rodaje de la película.

Por supuesto, este final no podría haberle encantado a Stanley Kubrick, pues entre otras cosas, se transformaría en una película aleccionadora con un mensaje moralino. Sin embargo, el escritor afirmaba que admiradores que tuvieron acceso a la versión completa del libro aseguraban que les parecía que la película terminaba prematuramente. Sin embargo, Lo que más parece recordar el escritor con molestia es que:

“Muchos me escribieron a propósito de eso; la verdad es que me he pasado buena parte de mi vida haciendo declaraciones xerográficas, de intención y de frustración de intención, mientras que Kubrick y mi editor de Nueva York gozaban tranquilamente de la recompensa por su mala conducta. La vida, por supuesto, es terrible”.

Incluso en la intención del “nadsat”, el lenguaje que creó Burgess mezclando ruso e inglés, tenía una función de relegar un poco el impacto de la violencia y la pornografía dentro de la novela, haciéndola al mismo tiempo un espacio para una aventura de carácter lingüístico.

“La gente prefiere la película porque el lenguaje los asusta, y con razón”, afirmaba el escritor.

A Clockwork Orange fue el libro que hizo célebre a su autor, quien fue rebasado por la lectura inteligente de un director genial. Pareciera que Burgess sentía que su libro se había vuelto contra él con la violencia propia de su personaje principal, pero la realidad es que también el escritor pareció olvidar que una vez que los libros han sido publicados, las historias toman su propio rumbo.

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