El elusivo número irracional revela un poco más de sus secretos.

Desde hace algunos años, el 14 de marzo es conocido oficialmente como el Día de Pi (π), en el que se celebra a una de las constantes más importantes –y fascinantes– en las matemáticas. Pi es un número que indica la relación entre la longitud de una circunferencia y su diámetro. Es un número irracional que se emplea frecuentemente en matemáticas, física e ingeniería.

Pi es infinito, pero eso no ha detenido la incansable carrera de los científicos por seguir calculando su extensión,  dígito tras dígito. El récord actual es muy reciente, y pertenece a Peter Trueb, un estadista suizo experto en computación y físico de partículas, quien logró la hazaña apenas en noviembre del 2016. Ahora, por si tienes la intención de escribir todos los números conocidos que forman Pi, oficialmente se conocen 9 billones de dígitos adicionales después del punto decimal. En concreto, Trueb encontró 22,459,157,718,361 números posteriores al punto decimal completamente verificados.

El récord anterior databa del 2013, y Trueb comenzó su misión personal de destrozarlo en junio, cuando logró que su idea fuera apoyada por Dectris, la compañía tecnológica en la que trabaja desde hace años. Para lograr su récord, Trueb tuvo en funcionamiento una potente computadora diseñada por Dectris, trabajando a toda marcha durante 105 días. La computadora que se utilizó es un servidor Dell PowerEdge 930 con cuatro CPU Intel Xeon de 18 núcleos, 24 unidades de disco duro de 6 TB cada una, y memoria RAM de 1.25 TB.

Dectris se dedica a diseñar supercomputadoras y equipos de almacenamiento, por eso decidieron patrocinar la idea de Trueb, quien se apoyó del programa γ-cruncher (obra del matemático Alexander Yee) para romper el récord. Trueb también trabaja en Dectris en proyectos relacionados con la física de las partículas. Si eres un fan de Pi, puedes descargar una copia –ligeramente reducida– del número en este enlace, o solicitar una copia completa directamente a Trueb a  [email protected]

fuente New Scientist

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