Durante finales de los años setenta y parte de los ochenta, la NASA utilizaba grandes collages de imágenes para la investigación espacial.

Los científicos de la agencia espacial creían conocer el sistema solar como la palma de su mano, pero en 1979, gracias a la misión espacial Voyager I, se comenzó a poder apreciar por primera vez, y de manera nítida, fotos de la superficie de planetas distantes, lo que revoluciono la idea que se tenía de los nuestros vecinos espaciales y sus satélites. Los bultos muertos que imaginaban dieron paso a las imágenes reales de los paisajes de la Luna, los cráteres de Marte y, lo que más los sorprendió, la radiante imagen de Io, una de las 67 lunas de Júpiter.

La cualidad principal que sorprendió a los investigadores de la NASA era que Io era un astro joven, por lo que su apariencia era “suave”, tenía grandes marcas de “viruela”, intercaladas entre llanuras y montañas. Por ello las fotografías de este satélite entusiasmaban a los investigadores y los obligaba a armar con las imágenes una especie de rompecabezas a medida que estás llegaban desde la sonda espacial. La imagen de las fotos pegadas por los trabajadores de la NASA pueden parecernos en la actualidad algo sumamente amateur, no obstante estos collages sirvieron para extraer datos muy valiosos sobre nuestro vecindario espacial.

Aunque primitivo para los estándares de las imágenes a todo color que nos traen las sondas de siguientes generaciones, el collage realizado con las fotos del Voyager I permitió a los científicos observar las erupciones volcánicas que ocurrían y con ello elaborar la primera cartografía del planeta, así como para desmentir la idea que tenían originalmente,  que Io era un páramo helado, al descubrir que tenía una actividad volcánica intensa que le otorgaba una superficie altamente caliente.

Hoy en día existen programas capaces de analizar y unir digitalmente las imágenes que mandan las sondas o telescopios espaciales.

vía Gizmodo

fuente NewScientist

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