La razón de que nuestro sistema planetario sea un bicho raro en el espacio.

¿Por qué nuestro Sistema Solar es tan distinto a los demás? Esa es una de las preguntas que más ha intrigado a los astrónomos en los últimos años. Y es que a diferencia de otros cientos de sistema planetarios, en el nuestro no hay grandes planetas rocosos cerca del Sol.

Ahora, gracias a una nueva simulación realizada por científicos del Instituto de Tecnología de California y la Universidad de California en Santa Cruz, sabemos que Júpiter pudo haber tenido un papel muy importante en la formación del Sistema Solar. Lo anterior se debe a que el astro habría destruido a los primeros planetas que se formaron en la sección interior del Sistema, para luego desplazarse hasta su órbita actual.

Los científicos explican que en una etapa primitiva del Sistema Solar, Júpiter migró cerca del Sol atraído por su gas y polvo, desplazándose de una distancia inicial de 5 hasta 1.5 UA (unidad astronómica, que equivale a la distancia media entre la Tierra y el Sol). Las perturbaciones gravitacionales que provocó el movimiento del gigante, habría atraído a planetas interiores en formación y a otros cuerpos estelares, los cuales colisionaron entre sí hasta destruirse en pedazos.

Después, gracias a la formación de Saturno, la órbita de Júpiter cambió hasta llevarlo al lugar en el que actualmente se encuentra. Una situación poco común en comparación con otros sistemas con planetas gigantes, donde normalmente este tipo de cuerpos suelen estar más cerca de sus estrellas. En cuanto a los restos que el planeta dejó a lo largo de su destructivo viaje, éstos terminarían por unirse y formar Mercurio, Venus, Tierra y Marte.

Lo anterior concuerda con la evidencia de que los planetas interiores son más jóvenes que los exteriores, además de tener atmósferas más delgadas y escasas en hidrógeno, ya que durante esta “segunda fase” del Sistema Solar, este elemento no era tan abundante como antes. Así que sin el devastador paso de Júpiter, la Tierra nunca hubiera existido, al menos no como la conocemos.

vía Europa Press

fuente PNAS

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