Primero viene una cacofonía de gongs, y luego un  repicar de campanas, a continuación el sonido melódico y profundo de la llamada de una ballena, así son los sonidos del primer instrumento musical impulsado por la biotecnología.

La música viene de una caja negra en el laboratorio casero de Josiah Zayner, un biofísico de la Universidad de Chicago. Dentro de la caja, luces azules son los pulsos vitales de las proteínas que activan los sonidos. Zayner lo llama el cromocordio. “Cromos ” se refiere a las luces de colores y “acordes” se refiere a las cuerdas de un instrumento musical.

El cromocordio se basa en las proteínas de plantas que responden a la luz solar, conocidas como LOV (Light, Oxygen y Voltaje-sensing). La luz del sol hace que las proteínas en las hojas y tallos se expandan, lo que desencadena una cascada de señales celulares que permite que las plantas crezcan hacia una fuente de luz. Zayner aisló las proteínas LOV de la avena, que  reaccionaban de manera diferente a la luz azul.

El primer prototipo de cromocordio tenía una interfaz de botón pero resultaba pesado y fastidioso cuando se tocó por primera vez en una conferencia de física en Berlín. En su lugar Zayner quería crear un dispositivo más portátil y fiable, por lo que se asoció con el compositor Francisco Trigueros Castillo para una segunda versión. Los dos se conocieron después de que Zayner envió un correo electrónico masivo a los compositores en el conservatorio local. “Francisco fue el único que respondió” dice Zayner . Trigueros escribió la música y Zayner la tradujo en impulsos de luz automáticos y construyó la máquina.

Los dos hacen una pareja sorprendente: Zayner tiene un piercing en el labio y un gran tatuaje cruz en el pecho, mientras que Trigueros lleva suéteres con cuello en V y camisas, a menudo se confunde con el científico.

El instrumento en sí contiene muestras de proteínas diseñadas para responder un poco diferente a la estimulación de la luz. Cuando la luz azul incide en el interior del instrumento mide las reacciones de la proteína. El dispositivo transmite entonces los datos al software que está programado para convertir la información en sonidos . Por supuesto, las propias proteínas en realidad no hacen ruido, Zayner traduce sus reacciones a los estímulos de luz en música.

El siguiente plan de Zayner y Trigueros es crear otro instrumento musical, esta vez utilizando células y sonido, en lugar de luz. Tienen la esperanza de exponer a las bacterias y células humanas a la música y medir cómo responden. Cuando las ondas sonoras golpean los canales iónicos de las células, un excedente de iones inundan la célula y provoca una respuesta que puede ser traducida en nueva música.

Según explica Zayner:

“Los científicos encuentran belleza en un experimento bien diseñado. El cromocordio permite otro tipo de gente a experimentar esa belleza.”

vía The Verge

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