Como una prueba más de la importancia de la viralidad, Lights Out pasó de ser un fenómeno de YouTube a tener su propio largometraje producido por James Wan.

Todos saben que James Wan, hoy en día, es el director de horror favorito de Hollywood. Dejen ustedes las producciones nacionales o internacionales que han impactado, en diferentes aspectos del género, a los críticos del mundo; dejen de lado a The Witch, The Babadook, It Follows, The Invitation o Green Room; para la meca del cine estadounidense, el regreso de Wan al horror (después de Furious 7… ¿por qué no?) con The Conjuring y The Conjuring 2 ha sido la máxima revelación en el género. Y bueno, no podemos negar la enorme capacidad narrativa que tiene este ya experimentado director que saltó al ojo público con la joya gore que fue Saw en 2004. Las dos películas de The Conjuring tienen logros certeros y una cinematografía fluida, consistente e intrigante. A pesar de eso, y siempre lo he dicho, creo que Wan es un buen director con mejor madera de productor. Lo suyo es hacer un amasijo virtuoso de los mecanismos del género para darnos exactamente lo que hemos visto mil veces mezclado de una forma innovadora. Con su debida distancia y respeto, Wan parece un Dr. Dre del horror comercial.

El asunto aquí es que Lights Out ha sido recibida, como buena hija de Wan, con aplausos y emoción por la crítica hollywoodense. Y, normalmente, eso no me molesta: las tendencias críticas de Estados Unidos son, por decir lo menos, caprichosas y sentimentales. Pero esto sí que me sorprendió. Salí del cine totalmente descorazonado: Lights Out no nada más me pareció mala y ridícula sino que la sentí de una llaneza, de una falta de espectacularidad, francamente pasmosa. El sello de Wan está ahí, claro: como buen productor, sabe olfatear las ideas que pueden realizarse efectivamente. Y el corto que le dio vida a este largometraje, dirigido por el mismo director, David F. Sandberg, es una verdadera joya de horror práctico de  bajo presupuesto. Pero una cosa es el ingenio casero para hacer una película corta de horror y otra, muy diferente, tener millones de dólares en la bolsa, el sello de Wan detrás de la espalda y lanzarte a fabricar, como bien se te ocurra, un largometraje. Es aquí en donde la falta de experiencia de Sandberg como director es palpable y es aquí en donde me parecen francamente incomprensibles las críticas positivas a la cinta. Hablemos de esto para desafanar frustraciones: esta película es un horror y, con eso, no me refiero, en lo absoluto, al género.

Una idea original

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Antes de continuar leyendo, estimado y paciente lector, hágase el favor de ver aquí el maravilloso corto que realizó el director de esta cinta hace un par de años. Es muy posible que lo hayas reconocido, tal vez incluso lo compartiste en redes sociales en su momento. Porque sí, no hay nada que decir, esta pequeña joya de tres minutos conquistó varios festivales y se ganó el corazón del caprichoso internet. La idea detrás de este corto de David F. Sandberg es francamente brillante por su sencillez: el monstruo que acecha en las sombras desaparece con la luz pero ¿es la electricidad eterna? ¿Acaso no puede fallar? ¿No son estas luces artificiales de las que tanto dependemos un frágil salvavidas frente a la inevitabilidad de la noche? Con la actuación despavorida y entrañable de Lotta Losten (que también hace un cameo al principio de este largometraje), el corto del director sueco funciona, sin palabras, de forma espectacular.

El diseño de la sombra acechante es una cosa interesante, pero la creación del rostro junto a la mesa de noche es otra maravilla completamente distinta. Tomando pautas de Linda Blair en The Exorcist, ojos en blanco que miran fijamente y una sonrisa de disfrute sádico, esta criatura es verdadero material de pesadillas. Y, claro, están todos los mecanismos que nos regresan al miedo infantil por la oscuridad: correr en el pasillo cuando se apaga la luz; sentir que algo acecha en las sombras; el miedo a estirar la mano fuera de la cama con todo lo que puede acechar debajo de ella; la protección fútil, y aun así vigorosa, de la cobija sobre la cabeza como escudo contra todo mal… En este corto, el sentido pragmático de la oportunidad se une con una de las grandes reglas del horror que todavía no entiende Hollywood: no tienes que explicarlo todo. Es más, hay películas supuestamente hechas para niños que son francamente perturbadoras porque no explican la lógica de sus locuras. Vuelvan a ver Fantasia o Alice in Wonderland (1951), por sólo citar dos ejemplos clásicos de Disney, y verán que la falta de explicaciones y la ausencia de razón pueden ser cosas terroríficas… incluso entre canciones sobre escobas y flores.

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A diferencia de la película, la idea detrás del corto original es francamente brillante por su sencillez.

Pero esta regla se desaprovecha siempre en el horror más comercial de Hollywood. Es por eso que hay pautas de espanto. Al principio de una cinta clásica del esquema hollywoodense actual, hay muchos sustos alternados con pequeños momentos breves de relajación (se hace de día, alguna escena explicativa establece la empatía con los personajes, hay líneas de exposición contextual…). Después hay sólidos momentos de susto prolongado que se extienden, aumentando su intensidad, hasta que llega el clímax detectivesco: uno de los afectados por el fenómeno sobrenatural o un ayudante externo con cierta autoridad (policía, exorcista, demonólogo, cura que perdió la fe, vidente, investigador paranormal o privado…) llega al fondo del misterio y, al explicar lo inexplicable, conjura con la razón las fuerzas oscuras de lo imposible. Al final, hay un gran momento de relajación que pasa por la comprensión del problema inicial: el fantasma obtiene lo que quiere; un demonio es atrapado en sus trampas, el otro adquiere un nombre; la maldición cobra su venganza comprensiva; la posesión se resuelve con economía de traslado; se descubren los ritos detrás de los eventos y las fuentes históricas iluminan, de pronto, la lógica del miedo irracional que al principio nos atormentaba.

Es por la explicación que se conjura el miedo: el horror no lo causa el monstruo sino el hecho de que no se puede negociar con él; el hecho de que no responda a las mismas leyes, de que no provenga de lo racional sino de las pulsiones, de lo inasible y lo inexplicable. Lo que nos aterra es todo aquello que está en la periferia de la razón y en el rabillo del ojo. Es por eso que Hollywood insiste en producir películas que causen una relajación final, porque la explicación nos da la idea de un mundo seguro que funciona según ciertas reglas y un sistema de creencias propio: existe un cielo y un infierno, los demonios responden a leyes, hay una moral absoluta, los malos serán castigados, los adolescentes que fuman y tienen sexo premarital corren más riesgo, los negros mueren primero y demás joyas clásicas que conocemos bien en los mecanismos ideológicos del horror estadounidense. Eso es, por ejemplo, lo que revierte burlonamente Cabin in the Woods y lo que entienden muy bien las películas más originales del nuevo horror extremo o las joyas indie que citamos más arriba. Y eso era lo que funcionaba tan bien en el inexplicable corto de Sandberg… hasta que llegó a Hollywood y todo se fue al catre.

Una adaptación maltrecha

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La historia de Lights Out se centra en una familia que parece estar acechada por una entidad femenina que se oculta en la casa materna. Nadie parece estar a salvo de esta presencia malévola que tiene una relación íntima con la madre, Sophie (interpretada por una decente Maria Bello) y que alejó al padre ausente y a la hija rebelde, Rebecca (actuada espantosamente por Teresa Palmer). Ahora, el hijo más pequeño de Sophie, el pobre Martin (interpretado en un fallido intento de Haley Joel Osment trivial), observa, entre las sombras, a esta celosa presencia que platica con su madre y se hace llamar Diana. Regresando a la casa materna para salvar a su medio hermano de la locura de su madre y revivir viejos traumas de infancia, Rebecca debe desenmarañar el misterio detrás de Diana para salvar a su familia de esta terrible maldición.

Y sí, en medio esta trama predecible, tenemos muchos momentos que repiten el mismo mecanismo de espanto del cortometraje: focos que se prenden y se apagan en el pasillo; juegos con linternas, velas, luces negras, faros de coche; momentos de suspenso con el brillo intermitente de un neón; el miedo por la noche que se avecina y la fragilidad de lo eléctrico; la relajación en los momentos pacíficos del día; cosas que se ocultan a la sombra de las cortinas… Todos estos mecanismos –que son solamente una ampliación del maravilloso espanto que causaba el cortometraje–, comienzan a perder, después de un rato, su encanto. Si hay algo que caracterizaba, en comparación, a las películas dirigidas por Wan (especialmente las dos partes de The Conjuring) es la mezcla de varios mecanismos de horror. Incluso, como señalé en algún momento, es lo que hace de The Conjuring 2 una recopilación virtuosa de variados tipos de espanto comunes del horror en Hollywood: el motivo de la posesión, de los mundos oníricos paralelos, de la lógica demoniaca, de las formas caprichosas de juegos infantiles robadas de The Babadook, etc. Pero aquí, Sandberg se decidió por explotar un mismo mecanismo una y otra vez en todas las ocurrencias que le llegaron a la mente. Es una decisión creativa válida como es también válido estar harto de estos juegos después de 45 minutos infumables.

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Pero aquí, Sandberg se decidió por explotar un mismo mecanismo una y otra vez en todas las ocurrencias que le llegaron a la mente.

Por supuesto, para acabar de mitigar la sorpresa gastada de estos mecanismos, hay toda una explicación para racionalizar al monstruo en turno, para volverlo lógico y coherente y para lograr una resolución final que deje al espectador con un sentido unificado del mundo y una lección moral. El caso aquí es que Diana era una vieja conocida de Sophie cuando pasó un tiempo internada, de niña, en un hospital psiquiátrico. La perversa Diana tenía una rara condición dermatológica que le causaba severa fotofobia y que, ¿por qué no?, la dotaba de poderes psíquicos de control mental. Los doctores intentaron darle un tratamiento experimental echándole toda la luz posible en el cuerpo (porque ciencia) y crearon, entonces, a un ente que vive en las sombras y que depende psíquicamente de la pobre Sophie. Este ser celoso es posesivo con su amiguita de infancia y, por eso, quiere matar a todo aquél que se interponga entre ella y su juguete humano favorito. Hasta aquí la explicación, hasta aquí también cualquier interés.

El monstruo no nada más se explica en su totalidad con esta serie de conjeturas que no tienen ningún sentido, sino que se expone su historia de la manera más patéticamente conveniente: Rebecca encuentra, como siempre sucede en estos casos, unas grabaciones del hospital psiquiátrico sobre lo que sucedió con Diana, perfectamente rebobinadas y editadas para su escucha, en el estudio de Sophie. Porque claro, cada vez que un paciente deja el hospital psiquiátrico le regalan, como buen detalle de despedida, las cintas en las que se grabaron las torturas a las que sometieron a su mejor amiga. Salud mental a la vieja escuela. Y todo esto, por supuesto, se remata sobre un giro moral. Porque la explicación siempre tiene que contener una moraleja en Hollywood. La moraleja aquí es que no puedes abandonar a tu familia: por más enfermos, terriblemente controladores, desestabilizados o dementes que estén tus familiares, debes luchar contra tu egoísmo y tu miedo para salvarlos de ellos mismos. Ningún hombre se queda atrás en la guerra, ningún hermano se abandona a su suerte, ninguna madre se deja sola en su locura. La familia permanece unida, la sociedad mantiene sus cimientos, el mundo tiene sentido, todos salen felices del cine.

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Siempre llana, repetitiva y previsible, esta cinta no logra, ni siquiera, el desconcierto momentáneo de otros horrores.

Todos claro, salvo yo. A mí me siguen pareciendo particularmente ridículos y molestos este tipo de emplazamientos narrativos del horror: pagas tu diversión en sustos por la promesa de una relajación final en la que el mundo encuentra su sentido a través de una moral familiar fácil. ¿Qué tiene eso de apelativo? ¿En qué se compara al maravilloso y desconcertante miedo irracional del cortometraje? En nada. Ésta es una cinta más en una larga historia de bodrios de terror hollywoodense que se pelea el puesto de peor blockbuster en el género con la espantosísima Before I Wake. Y digo, esa película fue una completa basura, con un guión que parecía escrito por tres labradores con retraso mental y las peores actuaciones que uno se pueda imaginar. Al final de esta terrible cinta, la resolución de los miedos del niño resulta en que el monstruo, The Kanker Man, era una proyección del cáncer de su madre (¿toparon eso? El niño leyó Kanker en vez de Cancer. Apabullante giro de la trama y más. Bien hecho labradores impedidos). Pero, al menos, esa película intentó hacer algo visualmente distinto; trató, con la máxima estupidez posible, de lograr algo original. Lights Out, aunque es significativamente mejor que ese bodrio, no tiene la misma inventividad ni las mismas ambiciones. Siempre llana, repetitiva y previsible, esta cinta no logra, ni siquiera, el desconcierto momentáneo de otros horrores.

Es por eso que, cambiando al monstruo único del cortometraje por una copia barata de la niña Medeiros en REC, transformando lo inexplicable del material original en un cuento moralino y volviendo absolutamente banal un mecanismo efectivo pero repetitivo, esta cinta no logra nada y deja poco para la memoria. El corto es icónico y tremendo, esta cinta es anecdótica y pasajera. La soltura de algunas persecuciones, el tono cómico que, por momentos, llega a funcionar y el carisma traumado de Maria Bello, no logran salvar la falta de experiencia del director y sólo cautivan a un público y a una crítica que ya decidió complacerse en la repetición de lo mismo. Y digo, está bien, uno va al cine para divertirse con algo fácil, digerible y esquemático. No hay ningún reproche por ese lado. Lo que sí me sorprende es que la crítica siga recibiendo con aplausos la más absoluta falta de originalidad sin siquiera cuestionar las formulas detrás de nuestros gustos adormilados. Como espectador puedo disfrutar tan bien como el de junto este tipo de bodrios. Digo, los veo todos con un bote de palomitas y la felicidad de una sala ruidosa de adolescentes calientes en viernes por la noche. Pero de ahí a aceptar que este tipo de usos formuláicos del género se lleve las palmas de la crítica, hay un largo trecho. Tal vez ser tan exigente es algo terriblemente aburrido. Lo que sí es que prefiero ese aburrimiento que se complace con las maravillosas sorpresas de una nueva camada de directores de horror indie estadounidense y europeo, que seguir aplaudiendo lo mismo hasta que mis manos sean dos fríos muñones sangrante en un cuerpo vencido por el aburrimiento y la costumbre.

Lo bueno
  • Que le da nueva vitalidad al maravilloso cortometraje.
  • Algunos momentos contados de la actuación de Maria Bello.
  • Algunos sustos efectivos.
  • Que salvó al director de una deuda… y, pues, bien por él.
Lo malo
  • Que repite la misma fórmula una y otra vez.
  • Las espantosas actuaciones.
  • La dirección inexperimentada y poco inspirada.
  • Que siento que he visto esta película un millón de veces.
  • Las explicaciones morales que cansan a muerte.
  • La llaneza poco ambiciosa de la cinta en general.
  • Que, gracias a esto, Sandberg va a dirigir Annabelle 2. El señor nos ampare.
Veredicto

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Uno de los puntos que tiene a favor esta película es que, al menos, no te receta toda una retahíla de creencias religiosas para justificar su trama. Ésta es pura ficción sobrenatural sin sentido que no se basa en símbolos bíblicos gastados. Sin embargo, eso no quita que no tenga una moraleja barata sobre la unión familiar y la entrega que requiere el acompañar a nuestros seres queridos, en su locura, hasta que decidan liberarnos y suicidarse. Con una dirección complaciente que olvidó los origines del horror en el cortometraje que le dio vida, con actuaciones espantosas y una trama risible, Lights Out es un ejemplo perfecto de la complacencia de Hollywood en materia de horror.

Como es de esperarse, tal vez tengamos una enorme saga de secuelas que termine por destrozar el poco interés que esta cinta puede guardar en la memoria despreocupada de un espectador casual. Digo, con Wan ya llegamos a Saw: Legacy que es la octava entrega en la franquicia. Háganme el favor. Y así se puede ver el ciclo repetitivo de las fórmulas exitosas en Hollywood: ni siquiera Wan, con toda su audacia original y su gusto por mezclar mecanismos de horror, apostó por una historia arriesgada, que fuera más allá de lo previsible. Esta película no será madera de culto, no tendrá un redescubrimiento glorioso futuro y lo único bueno de su absoluta llaneza es que no regresará en la memoria como una representante de lo que puede ser el cine de horror de esta era. Hay mucho más allá afuera y hay que darse cuenta de que no tenemos que seguir viendo la pintura secarse en el mismo muro repetitivo y uniforme de la complacencia hollywoodense.

https://www.youtube.com/watch?v=6LiKKFZyhRU

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Título: Lights Out.

Duración: 81 min.

Director: David F. Sandberg.

Elenco: Maria Bello, Teresa Palmer, Gabriel Bateman, Billy Burke.

País: Estados Unidos.

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