Uno de los temas más importantes del 2013 fue el ataque a la privacidad de los usuarios de Internet por parte de los gobiernos del mundo, especialmente por el gobierno de Estados Unidos. El escándalo desatado a partir de que se hicieron públicas estas prácticas ha resonado en todas partes y muchos han apelado a su derecho a la privacidad porque todos somos susceptibles de ser espiados. Es imposible dudar de la legitimidad de esos reclamos, pero vale la pena detenernos un segundo y considerar, ¿por qué tanto escándalo con la privacidad?

Sin duda alguna los argumentos legales al respecto son de peso y deben ser tomados en cuenta. Pero antes de correr a los tribunales no sería mala idea pensar, de manera concreta, por qué es importante defender la privacidad de lo que hacemos en internet. Ciertamente que cuando usamos los servicios más comunes en línea aceptamos una suerte de contrato para que las empresas usen nuestros datos personales y los sitios que visitamos a su conveniencia, y también es cierto que en redes sociales compartimos hasta lo que a nadie le interesa. Entonces, si deliberadamente damos nuestros datos a Google, Facebook, Twitter, Apple, etc.; ¿por qué nos preocupamos tanto de que el gobierno también tenga acceso a ellos?

Un concepto relativamente nuevo

La idea de la privacidad no siempre ha existido; ya lo dijo Vinton Cerf, considerado uno de los “padres” internet: “la privacidad es en realidad una anomalía”. No es que los campesinos medievales no tuvieran paredes y no hicieran cosas en secreto; la cuestión es que en ese momento la privacidad no era importante. La defensa de este concepto sólo cobró sentido cuando realmente tenía un valor social. En otras palabras, la vida en comunidades cerradas en la Edad Media y la pertenencia a estratos sociales hacía que lo importante fueran los grupos y no tanto los individuos. De manera que era más relevante saber si alguien era noble, parte del clero o artesano que su vida personal.

A diferencia de lo que ocurría antiguamente, los Estados modernos están inmiscuidos en cada parte de la vida social y su ejercicio del poder es continuado. Piensa en esto: sales de tu casa y lo que ves es una calle pavimentada, una red de energía eléctrica, transporte público, etc. Además, en la sociedad contemporánea nadie duda que los asuntos de gobierno nos conciernen y afectan a todos. Si hay una reforma energética, fiscal o laboral va a impactar en nuestras vidas de alguna u otra manera. Por eso, los asuntos de gobiernos son asuntos públicos, que deben discutirse abiertamente. Al mismo tiempo, en una sociedad mercantilizada como la nuestra, los asuntos económicos de una empresa o incluso una persona pueden impactar en la economía de todos. Por eso los Estados todavía regulan las prácticas comerciales y cobran impuestos; porque las malas prácticas comerciales pueden afectar a todo un país.

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En la medida en que la vida pública fue cobrando importancia, la privacidad también se volvió relevante. ¿Por qué? Pues porque en la vida privada los ciudadanos ejercían su libertad. La base de la sociedad moderna es la posibilidad de que los individuos ejerzan su libre albedrío sin la acción coercitiva ni del Estado ni de ninguna otra institución. Lo que define al sujeto en nuestra época no son los grupos, como en la Edad Media, sino su individualidad. De manera que los ataques a la privacidad son ataques a la libertad y al ser mismo de las personas.

La privacidad marca los límites del poder del Estado. En teoría, los estados no pueden entrar a tu casa y decirte qué hacer, no puede decirte qué pensar ni elegir por ti la forma en que llevas tu vida. De manera que cualquiera de nosotros puede hablar sobre los asuntos de gobierno, pero los gobiernos no pueden administrar los asuntos de nuestra vida privada. Un gobierno que se inmiscuye en la privacidad de sus ciudadanos es un gobierno dictatorial, autoritario y antidemocrático.

Según la Declaración Universal de los Derechos Humanos, en su artículo 12:

“Nadie será objeto de injerencias arbitrarias en su vida privada, su familia, su domicilio o su correspondencia, ni de ataques a su honra o a su reputación. Toda persona tiene derecho a la protección de la ley contra tales injerencias o ataques”

El “valor” de la privacidad

No obstante la privacidad ha sido puesta a prueba desde hace mucho tiempo. En el siglo XVIII, sobre todo en Francia, se volvieron populares algunas publicaciones que escribían los “chismes” de la nobleza. De manera que por las calles de París había hojas impresas que hablaban de las infidelidades de la reina y cómo metía a sus amantes por la puerta de atrás del palacio; o de cómo el rey era impotente e idiota, por lo que era incapaz de gobernar. Los affaires privados de la clase gobernante se hicieron públicos porque si el príncipe resultaba no ser hijo del rey o el que gobernaba era un ministro y no el monarca, entonces se convertía en un asunto que les importaban a todos.

Esas publicaciones informales y que iban de mano en mano descubrieron algo que nunca antes se había visto: la vida privada podía tener un valor comercial. En efecto, los papeles que imprimían el mal comportamiento de la nobleza se vendían como pan caliente y los impresores y escritores se forraban de dinero. El morbo vende, no hay duda. Y poco a poco los asuntos privados de más gente fueron expuestos, incluso de gente que no pertenecía a la clase gobernante. Entre otras cosas, esos papeles son el antecedente de todas esas revistas, programas y páginas dedicadas a los “chismes” de las llamadas celebridades.

Sin duda alguna, con la expansión de los medios de comunicación, exponer la vida privada de las personas se convirtió en un acto de valor monetario. Pero ese valor no se hizo tan grande ni tan importante como con el desarrollo de la publicidad. Ya entrado el siglo XX, a la publicidad le fue interesando cada vez más saber los “hábitos de consumo” de la gente: ¿qué compraban, cómo, cuándo y dónde? Y todos estos hábitos forman parte de la vida privada.

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El colmo de todo esto llegó con la era digital. En la medida en que construimos una vida virtual, la información de lo que hacemos se vuelve más y más relevante. A nadie le importa si compartimos en Facebook la hora en que nos fuimos a dormir, pero si juntamos todos nuestros hábitos y todo lo que hacemos en línea se puede construir un perfil de qué es lo que vamos a consumir, cuándo y dónde. Un anuncio será mucho más efectivo si se conoce toda esa información y eso se logra con datos de nuestra vida privada. Si bien la privacidad de un solo individuo tiene un valor comercial limitado, la información de los millones de usuarios en internet vale muchísimo dinero.

Nadie puede estar atrás de nosotros y seguirnos a donde vayamos para saber qué es lo que consumimos. No obstante, cuando navegamos en internet eso es exactamente lo que hacen muchos prestadores de servicios. Cuando las grandes empresas rechazan el espionaje gubernamental, no defienden la privacidad, sino que señalan que sólo ellos deberían tener derecho a recaudar nuestros datos. Si las empresas en internet se han hecho millonarias es porque recolectan esa información y la venden, ni más ni menos. En términos de derechos de autor, nadie puede obtener beneficios económicos con la información de otro; pero cuando se trata de la vida privada, todos lo hacen, todo el tiempo.

La delgada línea entre lo público y privado

Sin duda alguna, si los gobiernos roban nuestra información privada no hay ningún freno a su poder, no hay límites. Si toleramos que el gobierno de los Estados Unidos tenga la facultad de espiar nuestra información, o la Policía Federal tenga la facultad de geolocalizarnos sin ningún tipo de restricción estamos dándoles un poder que va más allá de lo imaginable. A dónde vamos, qué es lo que conversamos y qué información buscamos es asunto nuestro y de nadie más. No podemos permitir que una instancia del gobierno controle nuestra vida privada, porque entonces estaríamos dejando nuestra libertad en sus manos. La seguridad es un asunto muy importante, por supuesto, pero, ¿debemos entregar nuestra libertad solo porque el Estado falló en brindarnos la seguridad que está obligado a darnos?

Por otro lado el tema de la privacidad en internet rebasa el mero accionar de los gobiernos. Muchas empresas comercian con nuestra información privada día con día sin freno alguno. ¿En qué posición están esas empresas? ¿Debemos exigir que los gobiernos no se metan en nuestras navegaciones, pero permitir a las empresas que lo hagan? Y no hay duda de que las compañías privadas cada vez están más interesadas en dirigir nuestras visitas en línea, de predecir nuestros hábitos y de indicarnos qué ver en internet y qué no ver.

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Internet es un medio que se construye con la participación de los usuarios. De alguna u otra manera, cada vez que estamos en línea compartimos información con otros. En la medida en que nuestras vidas se desarrollan cada vez más en línea, aportamos información sobre la que no tenemos ningún control. Una cosa es escribir conscientemente cualquier frivolidad en un post, y otra muy diferente manipular la información que intercambiamos (incluso cuando no tenemos control de ella) para dirigir nuestro consumo o nuestro comportamiento en general.

En fin, no cabe duda de que la vida privada es un asunto fundamental en el ejercicio de nuestra libertad. La era digital propone nuevos retos a este respecto, porque estamos lidiando con un entorno en el que la información privada cobra un valor distinto, especialmente la información en línea. Existen muchas ventajas en ello, pero también numerosos problemas que como sociedad tenemos que enfrentar si queremos que la red siga creciendo de forma sana e igualitaria.

Hace unos meses, Edward Snowden tocó el tema de la privacidad en su mensaje navideño, en el que lanzó una interesante reflexión sobre la importancia del asunto no sólo para nosotros, sino también para las nuevas generaciones:

“Un niño nacido hoy en día crecerá sin ningún concepto de la privacidad. Nunca sabrán lo que significa tener un momento privado, un pensamiento no grabado, no analizado. Y eso es un problema porque la privacidad es importante, la privacidad es lo que nos permite determinar quién somos y quién queremos ser.”

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