Todo comenzó con un reto que le hice a Leonel Luna, delegado en Álvaro Obregón por Twitter:

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Y hubiera quedado ahí si el funcionario público me hubiera contestado lo que fuera, menos lo que contestó. Aquí su respuesta:

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Sí… la respuesta no fue: “gracias”, o “no, gracias”, o “aquí le dejo un enlace para que conozca el programa de repavimentación que estamos haciendo” o ya en última instancia “comparto su frustración sobre el estado de las banquetas de la delegación”. La respuesta fue “lugar”. Así… “lugar”.

Y bueno… .no me mal entiendan. No quiero decir con esto que la gente tenga que ser súper-extra-amable en redes sociales, ni que deban responder siempre positivamente. Eso sería absolutamente irreal y hasta indeseable. Pero lo que sí es un hecho es que si un político decide entrarle a redes sociales debe seguir ciertos principios. ¿El primero? No contestar de tal forma que parezca enojado por un simple cuestionamiento, una pregunta sencilla, un intento por dialogar por parte de las personas a las que debe representar, a quienes gobierna y a las que debe rendir cuentas.

Después de recibir “lugar” como respuesta, decidí darle otra oportunidad al delegado para entablar una conversación pro positiva en torno a un asunto que –asumía– era de interés común.

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En esta ocasión, @leonel_luna ya no respondió nada. Ni “lugar”. Nada.

Twitter, lo he comprobado desde hace algunos años, es una herramienta poderosa de comunicación, de debate y de diálogo entre ciudadanos y autoridades. Sobran ejemplos de buenas prácticas y casos documentados en México, en los que una conversación por esta red social, llevó a encontrar una mejor solución a un problema de carácter público o, por lo menos, a conocer los distintos puntos de vista al respecto.

¿Para qué estar en Twitter si uno no está convencido de su eficacia para acercarse a la ciudadanía? ¿Para utilizarlo como una herramienta de propaganda política? ¿Porque todos están, entonces cómo no voy a estar ahí? Puede ser, pero hacerlo de esta forma no tiene ningún sentido en el largo plazo. Cuando un político, como en este caso el delegado de la Álvaro Obregón, utiliza sus redes de forma reactiva y hostil (aunque no sea la intención), sus interacciones no generan más que frustración y enojo. Una herramienta que podría servirle para crear una base de seguidores fieles –electores potenciales algunos, pregúntenle si no a Barack Obama y a tantos otros políticos que han aprovechado la plataforma de forma espectacular– termina desperdiciándose irremediablemente.

Pero mi historia con el delegado no termina ahí. Unos días después del banqueta-affaire, noté que la tradicional barda verde del enorme Parque Ecológico Las Águilas estaba siendo pintada primero de blanco y después de amarillo, casualmente el color del partido político al que pertenece el delegado. Me surgió entonces una pregunta: ¿Por qué pintarla de blanco y después de amarillo? ¿Por qué no ahorrar miles de litros y mejor volverla a pintar de verde? ¿No suena mejor esa opción? ¿Cuánto nos costó a los contribuyentes todo esto? ¿Quién lo decidió?

Fue entonces que regresé a Twitter y le hice una simple pregunta al delegado:

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Sencillo. ¿Cierto? Algo que fácilmente podría haberse resuelto con un tuit, una cifra, un enlace.  Pues no. A casi un mes que le pregunté por primera vez, algunas de las más brillantes respuestas del delegado son las siguientes:

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“Vaya”, fue la respuesta. Insistí:

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La respuesta que obtuvimos esta vez un tuitero que decidió sumarse a la conversación y yo reflejó precisamente otro de los grandes “NO” en el uso de redes sociales: “Si te preguntan algo directamente, responde”, o lo que es lo mismo: “No evites responder algo claro y sencillo, sobre todo cuando es evidente que es claro y sencillo”:

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Las comunicaciones después de ese día han seguido la misma lógica: yo pregunto cuánto costó, el me pide mi correo electrónico, se lo doy, no recibo nada, le vuelvo a preguntar, me lo vuelve a pedir… ya entendieron más o menos la dinámica, ¿cierto?

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“No tengo su correo”… está bien, va de nuevo:

 

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Nada, por supuesto. Ni en mi correo, ni como sería lo más deseable en la página de la Delegación, en donde todos y cada uno de los ciudadanos que quisieran pudieran consultarlo. La página, por cierto, es también un desastre de comunicación: alejada completamente del ciudadano, sin herramientas de interacción, aburrida… y sí … amarilla.

El desastre de la interacción de @leonel_luna en Twitter –no sólo conmigo, basta con ver su TL– refleja un profundo desconocimiento de lo que Twitter podría ayudarlo a hacer como político. Uno supondría que ganar influencia y espacios –digitales, en este caso– sería precisamente el objetivo de cualquier persona que buscara participar en política. Una verdadera pena que la desperdicie de esta forma. Él y la Delegación Álvaro Obregón tienen varias cuentas en activas en redes sociales. Todas ellas inútiles. ¿Para qué lo hacen, entonces? Los reto a que le pregunten, a ver si les contesta algo más que un monosílabo incoherente.

Es claro que la batalla ciudadana por mayor transparencia y rendición de cuentas se tiene que dar en otros ámbitos también. Exigir la apertura de datos, es uno de ellos. Utilizar las herramientas de acceso a la información, otro más. En eso estamos. También en el desarrollo de iniciativas de participación cívica que terminen por hacer imposible que nuestros políticos se “escapen” con un “vaya”.

Yo, por lo pronto, sigo con mi pregunta: ¿cuánto costó pintar la barda del Parque Ecológico Las Águilas de amarillo, sr. Delegado @leonel_luna?

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