Toda luz que toca a las pinturas en los museos no es buena a la larga para ellas. Sin embargo, no hay forma de darle la vuelta, necesitan iluminar las obras para que la gente las pueda apreciar, aunque no sea lo mejor para su preservación.

Cada vez que la luz toca las pinturas, se deteriora y poco a poco cambia de color, perdiendo así, parte importante de su calidad. Por eso, cuando está la presentación de alguna obra maestra, como una pintura de Van Gogh, los curadores, ingenieros y diseñadores de luz trabajan juntos para mantener la exposición a la luz en el mínimo, pero que no se deje de ver bonita la obra.

Para reducir costos energéticos, algunos museos comenzaron a usar LEDs (o ledes, según la RAE), en lugar de las luces incandescentes de antes. Pero, como siempre contactan especialistas para saber qué luces hacen menos daño, se descubrió que los ledes son aun menos dañinos que las que usaban antes. Además, el tipo de luz de éstos no emite rayos ultravioleta, cosa buena porque los UV son de lo más dañino.

El único problema es que si un museo desea poner ledes, deberá mandar a personalizarlos para que pierdan esa luz que una apariencia muy artificial. Para realizar ésto deberán agregar metales o compuestos de metales, a la composición de las lámparas. Por ejemplo, el fósforo puede ser usado para absorber cierto espectro y emitir otro.

No se tendrá el mismo color al que estamos acostumbrados, dicen algunos expertos. Sin embargo, si uno se para y ve la obra iluminada con ledes, no podrá distinguir qué tipo de luz es si no tiene referencia.

A ésto, los ingenieros y diseñadores piensan que si un museo reduce la iluminación general al mínimo y mantiene sólo las obras iluminadas, ayudará aun más, pues la exposición será muy poca. Ahora quizá todos los pasillos de los museos parecerán lugares más solemnes y sin tanta distracción.

fuente Wired

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